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En los primeros días del Cerco de Asmat, cuando el Ejército Rojo amenaza la ciudad desde el río Nadia, el director del orfanato toma una decisión desesperada: ocultar a los menores más pequeños en el Hospital Infantil y en una ermita medieval oculta en el bosque. Liv debe despedirse de sus hermanos Boris y Margarita sabiendo que podría ser para siempre.
Este fragmento que reproducimos de La ciudad de los girasoles (Berenice), de Marta Solano, capta el momento en el que la guerra fragmenta una familia y la infancia se quiebra bajo el peso de las decisiones imposibles.
*****
El último adiós en la ermita
En medio de dos continentes, con un gran río y un mar caliente, mi país parecía tenerlo todo: era rico en tierras de color negro y en minerales, y era también un importante cruce de caminos de gran valor estratégico. Vivíamos de nuestros campos de cereal y girasol, y la mayor parte de la población tenía las manos curtidas y agrietadas. La naturaleza había sido generosa con nosotros, sí, pero a cambio de mucho sufrimiento. Durante siglos habíamos conocido de manos foráneas la esclavitud y el hambre. La historia había hecho de nosotros una especie distinta, capaz de resistir como muy pocos pueblos.
Apenas había pasado un mes de la última gran batalla. Nuestros soldados habían expulsado al Ejército Imperial, el temible Ejército Rojo, hasta la orilla este del río, en lo que calificaron como una «victoria heroica». El Gobierno de la República había ordenado la voladura de tres de los cuatro puentes de la ciudad. En una ofensiva sorpresa, nuestros soldados colocaron explosivos en la base de las estructuras y aguardaron el momento preciso para hacerlas volar por los aires, justo cuando los blindados enemigos avanzaban a mitad del puente. Pese a estar en inferioridad numérica y de armamento, la operación resultó un éxito. En segundos, las modernas pasarelas quedaron reducidas a un amasijo de hierros y cascotes de cemento. El crujir de los materiales se mezcló con el sonido de la artillería que retumbaba en los edificios tras cada detonación.
En cada voladura, los cimientos del orfanato se sacudieron. Al principio pensamos que era un temblor de tierra o el alarido de un animal tocado por la muerte, hasta que por las ventanas vimos los tanques del Ejército Rojo precipitarse, a cámara lenta, hasta hundirse en el río. Junto a ellos, decenas de soldados enemigos chapoteaban intentando mantenerse a flote, lastrados por el peso de sus uniformes. El Nadía se había convertido en su trampa mortal. Lo que ocultaron las crónicas de ese día es que muchos de nuestros artilleros también murieron, saltando por los aires con las estructuras, dejando a nuestro ejército diezmado.
La ermita de Asmat se encontraba camuflada por una frondosa muralla vegetal de fresnos y arces. Allí no había rastro de proyectiles ni de misiles. Parecía una pintoresca postal navideña en mitad de la guerra. La nieve cubría todo de principio a fin. Destacaba por su color nacarado y sus adornos reales, como el escudo imperial en su fachada. Frente a la ermita había una escultura del príncipe Grigory con una leyenda que recordaba sus grandes gestas. Un pequeño sendero nos mostraba la entrada principal, donde ya nos esperaba el padre Pavel, de aspecto retraído.
—¡Pisad, sin saliros del sendero! Bajo la nieve puede haber bombas —nos advirtió con un hilo de voz.
El párroco era de complexión débil, cuello estirado y ojos bondadosos. Llevaba una sotana negra, parcialmente cubierta por un abrigo y unos guantes oscuros para protegerse del frío.
Nos detuvimos a dos pasos de él. El aire era puro. Le seguimos hasta la parte trasera del templo, desde donde se accedía al sótano de la ermita. Enfundó sus manos en los bolsillos y, de uno de ellos, sacó una llave de gran tamaño para abrir el cerrojo. Limpió la nieve que ocultaba la cerradura y, con cuidado de no resbalar, nos mostró el escondite que nos tenía reservado.
Era un pequeño sótano al que se accedía por una escalera que se perdía entre las sombras. Enseguida entendimos que no había sitio para todos, solo para los más pequeños. El padre Pavel fue el primero en bajar. Miramos alrededor por temor a ser descubiertos cuando el sacerdote regresó con unas velas para iluminar el camino. Las señoritas Nastia y Karina trataron de calmar a los pequeños, que nos miraban aterrados. Ellos aún no sabían lo que era la fe, y la naturaleza humana siempre ha sido débil.
Danylo y Zorik hacían tareas de vigilancia y nos pidieron que nos diéramos prisa. Margarita y Boris aguardaban su turno al final de la fila, aferrados a mi falda. Mi hermana temblaba y Boris la abrazó en un gesto protector que me enterneció. Quería echar a correr con ellos, lejos de allí, pero no podía. Mis pensamientos me trastornaban y pedí a Dios que me perdonara por ser tan débil.
—Liv, ¿cuándo acaba el juego de espías? Tengo miedo —Margarita exhaló un profundo suspiro y su voz sonó como nunca antes la había oído. Se entrecortaba con el llanto transformado en hipo.
—No te preocupes, cariño, ya está terminando. Tenéis que esperar aquí en silencio, como cuando jugamos al escondite, y hacer caso al padre Pavel, ¿me lo prometéis? —contesté precipitadamente.
—Sí, Liv, te lo prometo —se adelantó Boris, con sus ojos chispeantes de hermano mayor.
Había entendido el papel que se esperaba de él. Le acaricié el pelo en un gesto cómplice.
—¿Te marchas? ¿Cuándo vendrás a buscarnos? —preguntó Margarita inquieta, deslizando la mirada.
—Pronto, y volveremos a la granja —musité pensando en la fragilidad de una mentira.
—¿Con Baba? ¿Y papá? —Las lágrimas empezaron a brotar de los ojos de la pequeña, que no entendía nada, y tuve que cogerla en brazos.
—Papá es un cosaco del Ejército Azul y pronto estará con nosotros —dijo un emocionado Boris.
Mientras abrazaba a mis hermanos, cogí aire y enjugué el llanto sin que se dieran cuenta. Se instaló entre nosotros un silencio imperfecto. Olí el pelo perfumado de Margarita una vez más y le arreglé la coleta despeinada, como siempre hacía. Todavía tenía esas notas florales inconfundibles a champú de pomelo que tanto me gustaban. Boris me regaló uno de sus abrazos mágicos llenos de ternura. Deseaba congelar ese momento; no necesitaba nada más para ser feliz.
—Tenemos que irnos, es peligroso seguir aquí. Podrían vernos —nos interrumpió Zorik, que odiaba las despedidas.
Para él, aunque tratara de ocultarlo, tampoco era fácil decir adiós. Les dio un último abrazo y un beso antes de volver con Danylo.
—Escuchadme bien los dos, tenéis que ser valientes, sé que lo sois. Como nos dijo papá, somos cosacos, no lo olvidéis, y nunca nos rendiremos. ¡Volveremos a por vosotros! ¡Os quiero mucho! —traté de tranquilizarles.
Las huellas de mis hermanos pequeños procesionaron rumbo al sótano de la ermita. Margarita descendió primero con su muñeca Lucy en brazos y su pequeña mochila de princesas; después bajó Boris, al que Zorik despidió en la lejanía con un saludo militar, que él repitió como hacía cada noche antes de dormir.
Al cuidado de los pequeños se quedó el padre Pavel; no cabía nadie más. Las señoritas Nastia y Karina salieron del sótano muy afectadas y el sacerdote hizo tres veces la señal de la cruz antes de pronunciar un escueto:
—Que Dios os bendiga.
A continuación, cerró la puerta por dentro y apagó las velas.
El silencio regresó a la ermita de Asmat, que empezaba a cubrirse de nieve.
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Autor: Marta Solano. Título: La ciudad de los girasoles. Editorial: Editorial Berenice. Venta: Todostuslibros.
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