Madame Tellier es la propietaria de un burdel muy popular en Normandía. Pero un fin de semana decide cierra el local a irse de excursión con sus chicas. Cuando llegan al pueblo, los habitantes reciben la comitiva impresionados por tan respetables señoras…
En Zenda ofrecemos las primeras páginas de La casa Tellier (Nocturna), de Guy de Maupassant.
***
I
Se acudía cada noche, a eso de las once, igual que se iba al café.
Luego, todos regresaban a sus casas para acostarse antes de la medianoche. Los jóvenes se quedaban algunas veces.
La casa era familiar y hogareña, pequeñita, pintada de amarillo, en la esquina de una calle tras la iglesia de Saint-Étienne; desde las ventanas se distinguía la dársena llena de navíos que descargaban, la gran salina apodada «la Comedida» y, detrás, la cuesta de la Virgen con su vieja capilla completamente gris.
Madame, oriunda de una buena familia campesina del departamento del Eure, había asumido esta profesión con la misma naturalidad que si se hubiera dedicado a modista o a lencera. El prejuicio y la mácula de deshonra asociados a la prostitución, tan arraigados y virulentos en las ciudades, no existen en el campo normando. El campesino dice: «Es un buen oficio». Y envía a su retoño a regentar un harén de chicas como lo mandaría a dirigir un pensionado de señoritas.
Esa casa provenía, por lo demás, de la herencia de un anciano tío que fue su dueño. El señor y la señora, que antes fueron hospederos cerca de Yvetot, liquidaron de inmediato su albergue al heredarla, convencidos de que el negocio de Fécamp les resultaría más ventajoso. Y así llegaron una buena mañana a tomar las riendas de una empresa en franco declive por la falta de patrones.
Eran buena gente que enseguida se hizo con el aprecio y el afecto de todo su personal y del vecindario.
El marido murió de una apoplejía dos años después. Como su nueva profesión lo habituó a la molicie y al sedentarismo, había engordado mucho y la buena vida terminó por asfixiarlo.
Tras su viudedad, a la señora la deseaban en vano todos los clientes habituales del establecimiento; pero se decía que era absolutamente casta, hasta el punto de que ni siquiera sus pupilas lograron descubrir nada acerca de ella.
Era alta, entrada en carnes, agradable. Su tez, empalidecida en la oscuridad de aquella vivienda siempre cerrada, relucía como bajo una capa de untuoso afeite. Un pequeño y alocado postizo de rizos artificiales rodeaba su frente y le otorgaba un aspecto juvenil que contrastaba con la madurez de su figura. Invariablemente alegre y receptiva, bromeaba de buena gana, con sin embargo una pizca de comedimiento que sus nuevas ocupaciones no habían conseguido aún hacerle perder. Las palabrotas seguían chocándole un poco; y cuando algún chico maleducado llamaba por su nombre real al establecimiento que dirigía, se enfadaba, indignada. Tenía, en fin, un temperamento delicado, un alma pudorosa; y, aunque tratase de amigas a sus mujeres, solía repetir con frecuencia que no estaban en absoluto «cortadas por el mismo patrón».
A veces, entre semana, tomaba un coche de alquiler con parte de su tropa; se iban a retozar sobre la hierba, a orillas del riachuelo que fluye en las profundidades de Valmont. Y eran entonces excursiones de internas haciendo novillos, locas carreras, juegos infantiles, toda una alegría de reclusas embriagadas por el aire libre. Comían charcutería sobre el césped mientras bebían sidra y regresaban al anochecer con una deliciosa fatiga, un muelle enternecimiento; y dentro del coche besaban a la señora como a una madre muy buena, complaciente y llena de mansedumbre.
La casa tenía dos entradas. En la esquina, una suerte de mísero cafetucho abría a las noches para la gente del pueblo y los marineros. Dos de las mujeres encargadas de dicha zona del negocio se dedicaban a las necesidades de esa parte de la clientela. Servían, con la ayuda del camarero llamado Frédéric —un rubito imberbe y fuerte como un toro—, los cuartillos de vino y las botellas de cerveza sobre los renqueantes veladores de mármol y, con los brazos al cuello de los bebedores e instaladas sobre sus rodillas, los incitaban al consumo.
Las tres otras damas (no eran más que cinco) formaban una especie de aristocracia y se reservaban para la clientela del primer piso, a menos que se las requiriese abajo porque arriba estuviera vacío.
El salón de Júpiter, donde se reunían los burgueses del lugar, estaba empapelado de azul y ornado con un gran dibujo que representaba a Leda tendida debajo de un cisne. Se accedía allí mediante una escalera de caracol, culminada por una estrecha puerta de aspecto humilde que daba a la calle, encima de la que brillaba durante toda la noche, tras un enrejado, un farolillo como los que todavía se encienden en ciertas ciudades a los pies de las vírgenes de oratorio encastradas en los muros.
El edificio, húmedo y viejo, olía levemente a moho. Los efluvios de agua de colonia se adueñaban por momentos de los pasillos, o bien una puerta entreabierta abajo dejaba resonar por toda la vivienda, como el estallido de un trueno, los gritos populacheros de los hombres instalados en las mesas del rellano, gritos que provocaban en las caras de los señores del primero inquietas muecas de desagrado y repugnancia.
Madame, íntima de sus clientes, no abandonaba nunca el salón y se interesaba por los rumores y chismes de la ciudad que ellos le transmitían. Su charla seria contrastaba con el parloteo inane de las tres mujeres; era como un descanso de las gracietas subidas de tono de los tripudos individuos que cada noche se entregaban al simple desenfreno, honrado y mediocre, de tomarse una copa de licor en compañía de mujeres de la vida.
Las tres damas del primero se llamaban Fernande, Raphaële y Rosa la Mala.
Como el personal era escaso, se había intentado que cada una de ellas fuese como una muestra, un resumen de tipología femenina, para que cada consumidor pudiese hallar allí, al menos aproximadamente, el cumplimiento de su ideal.
Fernande encarnaba a la rubia guapetona. Era alta y fuerte, casi obesa, una campesina de pecas que se negaban a desaparecer y cuya pelambrera estropajosa, rala, clara y descolorida, semejante al cáñamo peinado, le cubría insuficientemente el cráneo.
Raphaële, una marsellesa flaca, fulana de puertos de mar, desempeñaba el indispensable papel de la bella judía, con sus salientes pómulos embadurnados de colorete. Su cabello negro, lustrado con tuétano de buey, caracoleaba sobre sus sienes. Los ojos habrían resultado hermosos si al derecho no le hubiese afeado una nube. Su nariz aquilina sombreaba una pronunciada barbilla, donde un par de dientes superiores postizos desentonaban y contrastaban con los inferiores, que con el paso del tiempo habían ido cobrando una coloración de madera vieja.
[…]
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Autor: Guy de Maupassant. Título: La casa Tellier. Traducción: Juana Salabert. Editorial: Nocturna. Venta: Todos tus libros.


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