El espíritu revolucionario y la oscuridad fascista que recorrieron Europa entre 1914 y 1936 se materializaron en la Guerra Civil española. Pero aquella confluencia no fue fortuita, sino el resultado de influencias europeas de toda índole que llegaron a la península y que importaron el ambiente bélico que se respiraba en el Viejo Continente.
En Zenda ofrecemos el arranque de la Introducción de El cielo y las ruinas: Guerra, fascismo y revolución (de 1914 a la guerra de España), de Juan Andrade (Akal).
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Cielo y ruinas
En 1914 arrancó la Gran Guerra, un cataclismo de proporciones hasta entonces desconocidas. El camino a la contienda pudo sortearse, pero luego no se encontró terapia a sus secuelas. En 1917 estalló en la Rusia de los zares una revolución social que prometía un horizonte de igualdad y emancipación. Tras una guerra civil devastadora, aquella revolución se acabó haciendo Estado. Como toda revolución, tuvo causas endógenas y singulares, pero fue también la manifestación de un fenómeno global. De 1918 a 1921, una oleada revolucionaria se extendió por Europa, anegando países derrotados en la Gran Guerra. Fue aplastada, contenida o drenada, según los lugares. No llegó a tumbar la arquitectura de aquellos Estados, pero se filtró a sus instituciones y amenazó con volver. Su reflujo abrió espacio a un nuevo movimiento político, el fascismo, que idealizaba la guerra y prometía acabar con la revolución social para siempre. Se propuso, además, acabar con los derechos y libertades fundamentales; a sus ojos, una oportunidad para la corrupción y una vía expedita a la revuelta. En un contexto de crisis el fascismo prometió su propia revolución: el renacimiento de la nación por medio de la fuerza. Sin embargo, tanto en Italia en 1922 como en Alemania en 1933, llegó al poder por medio de pactos con las derechas tradicionales. En España, en el verano de 1936, una parte del ejército se sublevó contra el régimen constitucional de la República con el respaldo de las derechas viejas y nuevas. Desencadenaron una revolución y provocaron una guerra que ganaron gracias al apoyo de Hitler y Mussolini, mientras construían un régimen que se fascistizaba sobre la marcha. En la guerra de España intervino también la URSS, el Estado surgido de la revolución de 1917, y a España llegaron miles de voluntarios «a luchar contra el fascismo». Muchos habían combatido en la guerra del 14, habían protagonizado las revoluciones de posguerra y se habían exiliado de países fascistas. Como tantas veces se ha dicho, la guerra de España reprodujo a escala un conflicto global y fue, a la vez, su principal escenario. En España, entonces, se concentró el mundo. Como se ha señalado con menos frecuencia, a España llegaron las experiencias de los últimos 25 años. En España, entonces, se condensó una época.
El libro no aborda los fenómenos de la guerra, el fascismo y la revolución en su integridad, sino en sus relaciones y contrastes. Tampoco es una síntesis de los años 20 y 30, un periodo crucial de la contemporaneidad sobre el que se han escrito grandes síntesis. El libro no busca la totalidad ni la síntesis, sino que propone una trama. Decía Paul Veyne que la historia consiste en construir un entramado de lo que nos ha llegado inasible en su inmensidad y dispersión. Decía también que esa trama cobra forma en la narración: que en historia la narración no es solo la forma expositiva y divulgativa de una verdad hallada antes en un plano empírico o abstracto; sino el trenzado de esos hilos del pasado, una parte del procedimiento indagatorio en el que cristalizan explicaciones y significados. Por eso este libro tiene una inclinación narrativa. Por eso y por la conciencia de que en historia las fotos fijas son deformantes y que los agentes solo adquieren una fisionomía verosímil en su dinamismo; por la convicción de que la experiencia necesita ser narrada.
Este libro es una historia de agentes colectivos y nombres propios, una historia de vidas atravesadas por la historia y de personas que atravesaron la historia. Las personas que hemos seleccionado van apareciendo en todos esos escenarios europeos hasta llegar a España. El libro, sin embargo, no se estructura a partir de sus vidas, sino que sus vidas surgen una y otra vez en el curso de la acción. Me inspira una idea de Bertolt Brecht, un personaje de este libro. En sus reflexiones sobre la novela negra el dramaturgo alemán abogaba por aquellas obras donde «la acción no se desarrolla a partir de los personajes, sino al contrario, los personajes a partir de la acción». Mi intención con ello no es deshumanizar a los personajes, sino al contrario, humanizar la historia, sin reducirla, por otra parte, a estas personas que no siempre fueron representativas. Estas personas fueron militares, militantes, obreros, periodistas, artistas e intelectuales, y, en algunos casos, casi todo eso a la vez. Fueron protagonistas de la acción que narro, testigos privilegiados o analistas lúcidos, y, en algunos casos, todo eso a la vez. Me sirven de fuente que someter a ejercicio crítico y de nudo carnal para trenzar la trama.
El libro pretende abordar estos procesos desde una perspectiva que interrelaciona sus dimensiones sociales y, especialmente, políticas. De acuerdo con mi trayectoria tiene una inclinación por la historia intelectual entendida en tres sentidos: el de la historia de las ideas, el de la historia de los intelectuales y el de la apuesta por una práctica historiográfica consistente en movilizar ideas y conceptos. En este sentido, el libro es un ensayo histórico. Decía Ortega y Gasset que «el ensayo es la ciencia, menos la prueba explícita». Este ensayo, sin embargo, explicita sus pruebas, es decir, las fuentes empleadas, primarias, diversas. Van saliendo en el cuerpo del texto en forma de citas literales e imágenes. Son tratados, discursos, manifiestos e informes políticos. Hay crónicas periodísticas y, sobre todo, diarios y memorias de los protagonistas. He incorporado además una perspectiva cultural que saca a colación novelas, poemas, obras de teatro, arquitecturas, lienzos y fotografías.
El libro contiene vidas, datos, conceptos… y algunas metáforas. El cielo y las ruinas. Dos imágenes para ilustrar la guerra, el fascismo y la revolución. Dos metáforas de significados múltiples y ambivalentes con que asir esta triada. Están en nuestra mente y están en boca de los protagonistas de esta historia, «prestos a asaltar los cielos». El cielo como imagen de la ambición de los proyectos utópicos, y también como lugar habitado durante el éxtasis revolucionario. El cielo sirve de imagen al idealismo fascista, a su objetivo megalómano y a su mística. Es el lugar desde el que divisa a los inferiores y el destino que promete a la nación en crisis: la resurrección tras la decadencia. En los discursos belicistas el cielo es la recompensa para quienes sacrifican su vida: la trascendencia en su sentido religioso o la gloria póstuma cultivada por el Estado. Pero en la guerra moderna el cielo es realmente el lugar del que caen las bombas, de donde llega la muerte. Y, sin embargo, el cielo siguió siendo el lugar al que miraban en un momento de calma los soldados y revolucionarias de esta historia, un punto de fuga de las trincheras y barricadas, el sosiego de la naturaleza frente a la voracidad de la historia, un anhelo de normalidad.
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Autor: Juan Andrade. Título: El cielo y las ruinas. Editorial: Akal. Venta: Todos tus libros.


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