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El exorcista, de William Peter Blatty

El exorcista, de William Peter Blatty

El exorcista es una de las novelas más controvertidas jamás escritas. Inspirándose en una historia real sobre un caso de aparente posesión demoniaca infantil, el autor consiguió aterrorizar a toda una generación. La adaptación al cine fue el remache.

En Zenda reproducimos las primeras páginas de El exorcista (Nocturna), de William Peter Blatty.

***

1

Como el destello maldito y fugaz de las explosiones solares que solo se graban vagamente en los ojos de los ciegos, el comienzo del horror pasó casi inadvertido. De hecho, quedó olvidado en el fragor de lo que vino después, y quizá no se lo relacionó de ningún modo con aquel horror. Era difícil de juzgar.

La casa era alquilada. Acogedora. Hermética. Una casa de ladrillo colonial cubierta de hiedra, en la zona de George­town, en Washington D. C. Al otro lado de la calle había una franja del campus perteneciente a la Universidad de Georgetown; al fondo, un terraplén escarpado que descendía en una pendiente hasta la bulliciosa calle M y, más allá, el fangoso río Potomac. El 1 de abril, de madrugada, la casa estaba en silencio. Chris MacNeil se hallaba incorporada en la cama, repasando el texto para grabar al día siguiente; Regan, su hija, dormía al final del pasillo y, en la planta baja, los sirvientes, Willie y Karl, ambos de mediana edad, también dormían en una habitación contigua a la despensa. Aproximadamente a las 12:25 de la noche, Chris apartó la mirada del guion y frunció el ceño desconcertada. Oía ruidos extraños. Eran raros. Amortiguados. Una serie de sonidos rítmicos. Un código desconocido de golpecitos producidos por un muerto.

«Qué raro».

Escuchó durante un momento y luego dejó de prestar atención, pero como los ruidos proseguían, no se podía concentrar. Arrojó el guion sobre la cama.

«¡Dios, qué fastidio!».

Se levantó para investigar. Salió del cuarto y miró a su alrededor. Parecían provenir del dormitorio de Regan.

«Pero ¿qué estará haciendo?».

Caminó lentamente por el pasillo y, de pronto, los golpes se oyeron más fuertes, más rápidos. Al empujar la puerta y entrar en la habitación, cesaron de improviso.

«¿Qué diablos pasa?».

La preciosa niña de once años dormía abrazada a un gran oso panda de peluche de ojos redondos. Se llamaba Pookey. Estaba descolorido tras años de achuchones, y de cubrirlo de tiernos besos húmedos.

Chris se acercó al lecho en silencio y se inclinó sobre él.

—Rags, ¿estás despierta? —murmuró.

La respiración era rítmica. Pesada. Profunda.

Chris paseó la vista por el cuarto. La débil luz del pasillo llegaba mortecina y se fragmentaba sobre los dibujos que había pintado Regan, sobre sus esculturas, sobre otros animales de peluche.

«Está bien, Rags. Tu madre ya está mayor para estas cosas. Dilo: “¡Inocente!”».

Y, sin embargo, Chris sabía que ese comportamiento no era propio de Regan. La niña era de talante tímido y reservado. Entonces ¿quién era el bromista? ¿Una mente somnolienta que trataba de imponerse sobre el repiqueteo de las tuberías de la calefacción o de las cañerías? Cierta vez, en las montañas de Bután, había pasado horas y horas contemplando a un monje budista que meditaba acuclillado en el suelo. Al final creyó verlo levitar. Quizá. Cuando le contaba la historia a alguien, siempre añadía: «Quizá». Y quizá ahora también su mente, esa incansable narradora de ilusiones, había exagerado los golpes.

«¡Y una mierda! ¡Los he oído!».

De repente, lanzó una mirada al techo. ¡Allí! Unos leves rasguños.

«¡Ratas en el altillo, Dios mío! ¡Ratas!».

Suspiró. «Eso era. Colas largas. Pum, pum». Se sintió extrañamente aliviada. Y luego notó el frío. La habitación estaba helada.

Avanzó despacio hasta la ventana. Comprobó si estaba cerrada. Tocó el radiador. Caliente.

«Venga ya, ¿en serio?».

Desconcertada, volvió hasta la cama y puso la mano  sobre la mejilla de Regan. La tenía suave, como de costumbre, y ligeramente sudorosa.

«¡Debo de estar enferma!».

Miró a su hija, su nariz respingona y su cara pecosa y, en un arrebato de ternura, se agachó y la besó en la mejilla.

—Te quiero mucho —susurró; luego regresó a su dormitorio y al guion.

Lo estudió durante un rato. La película era una nueva versión de la comedia musical Caballero sin espada. Le habían añadido una trama secundaria acerca de las revueltas universitarias. Chris era la protagonista. Hacía el papel de una profesora de psicología que estaba de parte de los rebeldes. Y odiaba ese papel. «¡Es una estupidez! ¡Esta escena es absolutamente estúpida!». Su mente, aunque no cultivada, no confundió nunca los eslóganes con la verdad y, como un arrendajo curioso, picoteaba incansable entre la palabrería para encontrar la reluciente verdad escondida. Y, por eso, para ella la causa revolucionaria era «estúpida». No tenía sentido. «¿Cómo es eso? —se preguntaba—. ¿Brecha generacional? Absurdo. Yo tengo treinta y dos. ¡Es una estupidez pura y dura, es…!».

«Calma. Una semana más».

Habían completado el rodaje en interiores en Holly­wood. Lo único que faltaba era unas cuantas escenas exteriores en el campus de la Universidad de Georgetown, que empezarían al día siguiente. Como eran las vacaciones de Pascua, los estudiantes se habían ido a casa.

Estaba empezando a amodorrarse. Le pesaban los párpados. Pasó una hoja curiosamente desgarrada. Distraída, sonrió. Su director inglés. Cuando estaba muy nervioso, arrancaba una tirita estrecha del borde de la hoja que tuviera más cerca y luego la masticaba poco a poco hasta que se convertía en una pelota en su boca.

«¡Querido Burke!».

Bostezó y miró tiernamente los bordes de las hojas del guion. Las páginas parecían mordisqueadas. Se acordó de las ratas. «¡Qué ritmo tienen las condenadas!». Tomó nota mental para decirle a Karl que pusiera trampas por la mañana.

Se le relajaron los dedos. El guion resbaló entre ellos. Lo dejó caer. «Estúpido. Es estúpido». Tanteó con una mano para encontrar el interruptor de la luz. ¡Listo! Suspiró. Durante un rato se quedó inmóvil, casi dormida; luego se quitó de encima la sábana con un movimiento perezoso de la pierna. «Qué calor tan insoportable».

Unas lágrimas de rocío se adherían con suavidad y ligereza a los cristales de la ventana.

Chris se durmió. Y soñó con la muerte, con todos sus asombrosos detalles, con una muerte como si aún no se hubiera oído hablar de ella mientras algo sonaba, mientras ella contenía el aliento, se disolvía, se hundía en la nada, mientras pensaba una y otra vez: «Desapareceré, voy a morir, no estaré, por los siglos de los siglos, ¡ay, papá, no lo permitas, ay, no dejes que lo hagan, no dejes que me convierta en nada para siempre!». Y mientras se desvanecía, se desmoronaba, se oyó un timbre, el timbre…

«¡El teléfono!».

Se incorporó en la cama. El corazón le latía violentamente. Tenía la mano en el teléfono y el estómago, vacío, un núcleo sin peso, y el teléfono sonaba.

Descolgó. Era el ayudante de dirección.

—En maquillaje a las seis, querida.

—Claro.

—¿Cómo te sientes?

—Si voy al baño y no salgo ardiendo, creo que estaré bien.

Él se rio.

—Hasta luego.

—De acuerdo. Gracias.

Colgó. Y durante un rato permaneció sentada, inmóvil, pensando en el sueño. ¿Un sueño? Se parecía más a un pensamiento en la semiconsciencia del despertar. Esa terrible lucidez. El fulgor de la calavera. El no ser. Irreversible. No se lo podía imaginar. «¡Dios, no puede ser!».

Reflexionó. Y, al fin, inclinó la cabeza. «Pero sí lo es».

Se dirigió al baño, se puso el albornoz y bajó rápidamente a la cocina, a la vida que la aguardaba con el jugoso tocino.

—Ah, buenos días, señora MacNeil.

Willie, canosa, encorvada y con ojeras violáceas, exprimía naranjas. Tenía cierto acento extranjero. Suizo, como el de Karl. Se secó las manos en un trozo de papel de cocina y se acercó al fogón.

—Yo lo haré, Willie.

Chris, siempre tan perceptiva, había notado su mirada cansada y, mientras Willie se dirigía con un gruñido hacia el fregadero, la actriz se sirvió café y se retiró al rincón donde siempre tomaba el desayuno. Se sentó. Y sonrió afectuosamente al mirar el plato. Una rosa color rojo encendido. «Regan. Mi ángel». Muchas mañanas, cuando Chris trabajaba, Regan se levantaba de la cama en silencio, bajaba a la cocina y le ponía una flor junto al plato; luego volvía a tientas, con los ojos llenos de legañas, para dormirse de nuevo. Chris, apenada, sacudió la cabeza al recordar que estuvo a punto de llamarla Goneril. «Por supuesto, muy acertado. Prepárate para lo peor». Chris sonrió ante el recuerdo. Sorbió el café. Cuando su mirada cayó de nuevo sobre la rosa, su expresión se tornó triste por un momento y sus grandes ojos verdes parecieron apesadumbrados con la mirada perdida. Se acordaba de otra flor. Un hijo. Jamie. Había muerto a los tres años, hacía mucho tiempo, cuando Chris era una corista de Broadway, muy joven y desconocida. Había jurado no volver jamás a entregarse tanto a nadie como lo había hecho con Jamie, como lo había hecho con su padre, Howard MacNeil. Desvió la mirada de la rosa y, mientras su sueño sobre la muerte se elevaba en una nube desde el café, encendió un cigarrillo. Willie le llevó zumo y Chris se acordó de las ratas.

—¿Dónde está Karl? —preguntó a la sirvienta.

—¡Estoy aquí, señora!

Apareció con una agilidad felina por la puerta de la alacena. Imponente. Respetuoso. Vigoroso. Servil. Con un pedacito de servilleta de papel pegado en la barbilla, porque se había cortado al afeitarse.

—¿Sí? —jadeó junto a la mesa. Era corpulento, de ojos brillantes, nariz aguileña y calvo.

—Hola, Karl. Hay ratas en el altillo. Habría que comprar algunas trampas.

—¿Dónde hay ratas?

—Acabo de decirlo.

—Pero el altillo está limpio.

—Bueno, está bien. ¡Tenemos ratas limpias!

—No hay ratas.

—Karl, las oí anoche —dijo Chris con paciencia, pero imperativa.

—Quizá sean las cañerías —Karl sonrió—, tal vez los tablones.

—¡Tal vez las ratas! ¿Va a comprar las malditas ratoneras y dejar de discutir?

—Sí, señora. —Salió disparado—. ¡Ahora mismo!

—¡No, ahora no, Karl! ¡Las tiendas están cerradas!

—¡Están cerradas! —lo reprendió Willie.

—Voy a ver.

Se fue.

Chris y Willie intercambiaron miradas; luego Willie hizo un gesto con la cabeza y volvió al tocino. Chris sorbió el café. «Qué hombre tan extraño». Al igual que Willie, era trabajador, muy leal, discreto. Y, aun así, algo en él la inquietaba un tanto. ¿Qué era? ¿Su aire sutil de arrogancia? ¿De desafío? No. Otra cosa. Algo difícil de definir. Hacía seis años que la pareja trabajaba para ella y Karl seguía siendo un enigma: un jeroglífico no traducido que hablaba, respiraba y le hacía los mandados con las piernas rígidas. Sin embargo, detrás de la máscara, se movía algo; Chris podía oír su mecanismo latiendo como una conciencia. Apagó el cigarrillo; oyó el chirrido de la puerta de la calle, que se abría y luego se cerraba.

—Están cerradas —dijo Willie entre dientes.

Chris mordisqueó el tocino; después volvió a su habitación, donde se vistió con el jersey y la falda del vestuario. Se echó una rápida mirada en el espejo, observando con atención su pelo corto rojizo, que siempre parecía despeinado, y la explosión de pecas en su cara pequeña y limpia. Luego se puso bizca y sonrió como una idiota. «¡Hola! Pero ¡qué encanto de vecina! ¿Puedo hablar con su marido? ¿Con su amante? ¿Con su amiguito? ¡Oh!, ¿su amiguito está en el hospicio? ¡Llaman de Avon!». Se sacó la lengua a sí misma. Al instante perdió el ánimo. «¡Por Dios, qué vida!». Cogió la caja de la peluca, bajó las escaleras arrastrando los pies y salió a la alegre calle arbolada.

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Autor: William Peter Blatty. Título: El exorcista. Traducción: Raquel Albornoz. Editorial: Nocturna. Venta: Todostuslibros.

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