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La delicadeza del límite

En Los latidos contados (Mahalta Poesía), Federico Gallego Ripoll (Ciudad Real, 1953) construye un libro atravesado por la conciencia de la finitud. La cita de Carlos Manuel Álvarez que abre el volumen funciona como umbral entre la estrechez de la palabra y la anchura del silencio. En ese intersticio se sitúa una escritura de respiración elegíaca y discurso meditativo, atenta al rastro sensorial de las cosas, dentro de una trayectoria de más de cuatro décadas en la que la obra avanza como una construcción orgánica.

El poema inicial establece una poética de la sustracción. El sujeto reconoce la acogida de lo mínimo, pero registra la asimetría entre deseo y realidad: «ese ser que señala el horizonte / sin lograrlo alcanzar». La imagen del corazón con los «latidos contados» imprime al volumen una temporalidad testamentaria.

"La llave contiene un recuerdo muscular: el cuerpo reconoce antes que la conciencia, y ese saber preverbal del retorno comprime una biografía entera en dos versos"

La primera parte, Azuer, introduce el territorio de la memoria bajo una referencia geográfica: el Azuer, río manchego. La Mancha comparece con un peso que desborda lo biográfico. Su horizontalidad y desnudez es uno de los fundamentos de la sensibilidad del poeta. En Fragmento de memoria, la infancia aparece como promesa vulnerada: «el temblor de esa niña, de ese niño, que ignoran / a qué mundo han venido a perder con sus alas / su posibilidad de abril». Más eficaz aún resulta el gesto mínimo: «Ay, otra vez la llave / acierta a la primera». La llave contiene un recuerdo muscular: el cuerpo reconoce antes que la conciencia, y ese saber preverbal del retorno comprime una biografía entera en dos versos.

La segunda parte, Escribir nieve, desplaza el centro hacia la palabra. En Hilván, el yo que escribe se diferencia del yo que vive: «El que piensa que soy / escribe, / y la escritura / no tiene miedo, no depende / de límites». Uno de los momentos más visuales surge en Razón: «Regreso en ella hacia el primer instante / de lucidez que tuvo esa paloma / que defecó en mi hombro ante la catedral de Siena». La paloma incorpora el humor y «la escueta verdad del mundo»: la materia animal equilibra el sublime estético con un solo gesto. En Labores de edición la reflexión encuentra su imagen: «Todos somos el afán de escritura, / lo blanco del papel, la tinta, / el tiempo de la espera, / y esa duda que tiembla como el agua, / casi a punto de hervir». La precisión de estas imágenes recuerda la dimensión del trabajo plástico de Gallego y su minuciosidad.

"La técnica del mosaico hecho con cerámica permite leer esta sección como una suma de restos que aspiran a una figura mayor sin disimular la fractura"

En El aire entre tus dedos, parte tercera, comparece el amor. El poeta lo aborda desde la permanencia de las palabras, la pérdida y la espera; el vínculo amoroso es huella, resto o imposibilidad. En Palabras, el poeta corrige el tópico: «no es verdad que las palabras se las lleve el viento, / no del todo, no algunas, no las más dolorosas; / algo nos deja siempre sus uñas sin limar». En Por si acaso los pájaros, el gesto amoroso se vuelve enigmático: «Por si acaso los pájaros, / sigo llenando de agua tus pisadas». Hay un rito íntimo: cuidar la huella del ausente para que algo, los pájaros, pueda servirse de ella. El amor adopta una imaginería de reconstrucción en Cuando acabe la guerra: «sembraremos el campo de maíz, / y tras sumar los huecos / de las estrellas muertas, / soñaremos un lecho de mazorcas».

La cuarta parte, Trencadís, adopta desde su título una poética del fragmento. La técnica del mosaico hecho con cerámica permite leer esta sección como una suma de restos que aspiran a una figura mayor sin disimular la fractura. En el apartado Donde arde el alma, la reflexión se vuelve espiritual: «¿Hasta dónde / puede el alma suicidarse en el cuerpo? /… / quizá morir solo sea / dejarse dar alcance por el alma». La fórmula heideggeriana se reescribe aquí con una torsión: morir adopta la forma pasiva. En el apartado Decidios veniales, la cuestión de Dios se aborda desde la domesticidad: «Para el mundo cansado, / Dios es como una cama recién hecha». La comparación funciona porque rebaja la abstracción teológica al objeto cotidiano. También resulta muy lúcido Cantueso: «Escrito así, / en minúsculas, / no da dios / tanto miedo». La grafía modifica la relación con lo sagrado, en una operación que entronca con el «dios» en minúscula de Juan Ramón.

"Los poemas parten de obras de Francis Bacon, Caravaggio o Antonio López, que se convierten en detonantes de una reflexión sobre la violencia, la podredumbre, la historia, el cuerpo y la culpa"

La quinta parte, Autorretratos, reúne aproximaciones al yo: el sujeto se mira en la distancia, en la calma, en la naturaleza, en la cultura visual, en formas de abandono. La identidad se sostiene sobre una sucesión de imágenes que apenas logran fijarla. En Autorretrato en calma, el yo se define desde la escucha: «Hace falta atención, / mucho silencio, / para oír cómo el alma de la tierra / genera un nuevo anillo / en el centro del árbol». El autorretrato se desplaza hacia una temporalidad vegetal, casi imperceptible. Mirar equivale aquí a conceder duración, a permitir que lo real revele una profundidad que la prisa cancela.

La sexta parte, Los alquilados, plantea un diálogo político con la pintura cuyo título acusa ya una condición: la del cuerpo y la del tiempo arrendados. Los poemas parten de obras de Francis Bacon, Caravaggio o Antonio López, que se convierten en detonantes de una reflexión sobre la violencia, la podredumbre, la historia, el cuerpo y la culpa. El poema asume una identificación con víctimas o figuras dañadas: la ballena sometida al arpón, el intento de poema, el niño palestino. El yo poético se desplaza por una serie de muertes ajenas y exige una conciencia ética y social.

"Los latidos contados trasciende la elegía para construir una poética de la resistencia, donde la delicadeza formal se erige como el reverso de su hondura moral"

En su última parte, El plural de la noche, la muerte se instala como tema central: «Cuánta delicadeza, muerte, / en tus ritos diarios. / No sé por qué te tengo tanto miedo, / si nadie me ha cuidado como tú». La ironía final invierte el lenguaje del cuidado materno y lo transfiere a la muerte, en un gesto que dialoga con la tradición rilkeana de la propia muerte y con cierta ars moriendi medieval donde morir era oficio que se aprendía. El poema deja al miedo en contacto con una extraña forma de cuidado, y esa ambivalencia sostiene la temperatura moral del libro.

Los latidos contados trasciende la elegía para construir una poética de la resistencia, donde la delicadeza formal se erige como el reverso de su hondura moral. Sus mejores poemas surgen cuando la abstracción se encarna en gestos y objetos concretos, infundiendo espesor a la experiencia vital. La fuerza del volumen sostiene una conciencia: la de quien sabe que lo que ama, escribe o recuerda pertenece al orden de lo contado. Gallego escribe con una serenidad trabajada, hecha de memoria, inteligencia y una rara confianza en la materia humilde del mundo. Todo cuanto habita estos poemas parece medido por el conocimiento de su fragilidad, y precisamente por eso adquiere más valor. El poeta entrega un libro hondo, de gran madurez expresiva, capaz de convertir la cercanía de la pérdida en una radiante manera de estar vivo.

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Autor: Federico Gallego Ripoll. Título: Los latidos contados. Editorial: Mahalta. Venta: Todos tus libros.

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