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La edición genética llama a la puerta

La edición genética llama a la puerta

En el último capítulo de uno de mis libros, El poder de la ciencia (2007), una sección se titulaba “La era de la Biotecnología e Ingeniería Genética: el ADN recombinante”. Utilicé el término “era” porque pensaba que así lo justificaban unos avances en el campo de la biología molecular que tuvieron lugar en torno a 1970 y que permitían cortar y unir tramos de cadenas de ADN de diferentes especies. Basándose en esas técnicas fue posible producir seres “transgénicos”, nuevas formas de vida. En 1985 la Oficina de Patentes de Estados Unidos otorgó una patente para la primera planta diseñada mediante ingeniería genética, y en 1987 concedió el derecho a patentar animales domésticos transgénicos, esto es, creados mediante ingeniería genética.

En algunos sentidos estaba justificado utilizar el término “era”, pero aunque muchos no fuéramos conscientes de ello, las técnicas de ADN recombinantes tenían límites importantes; se podía, es cierto, manipular segmentos de cadenas de ADN y trasplantarlas de una especie a otra, pero con ellas no era posible hablar de “edición genética”, intervenir en secuencias de ADN. La solución, imprevista, a esta cuestión vino de la mano de un descubrimiento —al que ya me referí en estas mismas páginas— que realizó Francisco Mojica a comienzos de la década de los noventa mientras estudiaba un tipo de arquea (organismo unicelular sin núcleo) existente en unas salinas marítimas diez veces más saladas que el océano.

"Aquello fue el comienzo de una gran historia, una que, ahora sí, puede cambiar el devenir de la humanidad"

Sin entrar en detalles, lo importante de su hallazgo fue que en el ADN de aquella arquea observó secuencias que se repetían —que él mismo bautizó con el acrónimo CRISPR— y que estaban separadas por segmentos de ADN que coincidían con los del virus que podía atacarla. Y resultó que lo mismo sucedía con otras bacterias, que parecían poder recordar qué virus las había atacado en el pasado para desarrollar un sistema que las inmunizase.

Aquello fue el comienzo de una gran historia, una que, ahora sí, puede cambiar el devenir de la humanidad. Una historia plural, tanto en protagonistas como en los escenarios en los que se desarrolla, científicos, por supuesto, pero también económicos y éticos. Una historia que exigió mucho más que el descubrimiento pionero de Mojica. De todos estos ámbitos caleidoscópicos y multidimensionales, de las muchas personas que han intervenido en el desarrollo de la ciencia y de las aplicaciones del método CRISPR, de las colaboraciones, enfrentamientos, ambiciones o generosidades, trata el nuevo libro de Walter Isaacson, El código de la vida (Debate 2021), subtitulado “Jennifer Doudna, la edición genética y el futuro de la especie humana”, libro al que muy poco antes había precedido uno de la propia Doudna, en colaboración con Samuel Sternberg, Una grieta en la creación: CRISPR, la edición génica y el increíble poder de controlar la evolución (Alianza, 2020). Es debido a estas publicaciones que vuelvo sobre este asunto.

En colaboración con Emmanuelle Charpentier, Doudna publicó en 2012 el trabajo más importante en la revolución asociada al CRISPR, estrictamente CRISPR/Cas9 (Cas9 es una enzima fundamental en el procedimiento que desvelaron). No es sorprendente que por ello recibieran el Premio Nobel de Química correspondiente a 2020, “por el desarrollo de un método para la edición genómica”. En España no faltaron voces que se quejaron de la ausencia en este galardón de Francisco Mojica; ciertamente su mérito es indudable pues abrió el camino de CRISPR —en 2017 la Fundación BBVA le otorgó, junto a Doudna y Charpentier, el IX Premio Fronteras del Conocimiento en la categoría de Biomedicina, “por hacer posible la revolución biológica creada por las técnicas CRISPR/Cas9—, pero tal vez sea posible entender la decisión del jurado del Nobel si se tiene en cuenta que se trata del Premio Nobel de Química, campo que Mojica apenas visitó.

"El fantasma de la eugenesia, de Hitler y de novelas distópicas como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, aparece inevitablemente"

No es el de Isaacson un libro breve —tiene 621 páginas—, pero en mi opinión no solo es fascinante sino que debería ser leído con atención por todos aquellos preocupados por el futuro de nuestra especie. Digo de “nuestra especie” porque aunque durante tiempo las técnicas CRISPR se ejecutaron en tubos de ensayo o placas de Petri, no hace mucho que se demostró que es posible aplicarlas a humanos. Y ahí aparece un problema, el gran problema, pues se puede aplicar, o mejor, no tardará en ser una realidad el que se pueda aplicar con seguridad no solo para combatir enfermedades, o para corregir mutaciones genéticas que provocan defectos terribles (la enfermedad de Huntington, la anemia falciforme…), sino también para modificar características heredables, esto es, para intervenir en la herencia y, subsiguientemente, acaso en las características de la especie humana a nivel global. Algo que haría de la evolución a la manera de Darwin un mero recuerdo de pasados remotos.

El fantasma de la eugenesia, de Hitler y de novelas distópicas como Un mundo feliz, de Aldous Huxley, aparece inevitablemente. Sobre los peligros, poco nuevo se puede decir, pero ¿y de lo positivo? “De hecho —escribe Isaacson—, ¿no estaríamos obligados moralmente a cuidar del bienestar de nuestros hijos e hijas y de los seres humanos del futuro en general?”. Para el profesor de Ética práctica de Oxford, Julian Savulescu, no procurar que nuestros descendientes dispongan de los mejores genes sería inmoral. Esta es una de las grandes cuestiones a la que la humanidad se tendrá que enfrentar a no tardar mucho. Decidir cómo manejar la edición genética germinal si, como es muy probable, termina implantándose.

Explica también el libro de Isaacson cómo las técnicas asociadas a CRISPR se han aplicado recientemente a la lucha contra la Covid-19. Así podemos entender, por ejemplo, que el ARN haya tomado en este caso un protagonismo que su “hermano mayor” el ADN había acaparado; al igual que la aparición de vacunas genéticas, que ya nunca nos abandonarán. Por todo esto, libros como el de Isaacson y el de Doudna y Sternberg son tan necesarios. Debemos estar preparados para un futuro que está llamando a la puerta.

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Artículo publicado en El Cultural.

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