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La escuela se redacta a sí misma

La escuela se redacta a sí misma

Un día de mi adolescencia, en mi casa del pueblo, la escuela entró con corbata y maletín. No era exactamente la escuela, sino un vendedor de ordenadores, manuales y promesas. Hablaba de memoria RAM, de prestaciones, de futuro y de oportunidades laborales con un vocabulario que apenas entendíamos, pero que sonaba demasiado importante para ser discutido. En muchas casas de pueblo, lo que venía de fuera se recibía todavía con una mezcla de respeto, pudor y desconfianza: al forastero se le hacía sitio y casi se le pedía perdón por no saber lo que él decía saber. Aquel ordenador apenas sirvió para nada. Los libros quedaron allí, en una caja, como una promesa impresa que nadie volvió a abrir. No vendía solo una máquina: vendía una forma de superioridad.

El mecanismo no era nuevo. Cambia el producto —un ordenador, una revisión del gas, una hipoteca, un formulario administrativo, una innovación pedagógica—, pero no cambia la escena de fondo: alguien llega desde arriba, habla en una lengua que parece técnica y convierte el pudor ajeno en obediencia. Primero se fabrica la distancia; después, la necesidad; por último, la firma. Quien firma no siempre lo hace porque cree, sino porque no se atreve a decir que no entiende.

"La estafa del lenguaje no consiste solo en hablar oscuro. Consiste en hacer que quien no entiende crea que el problema está en él"

La estafa del lenguaje no consiste solo en hablar oscuro. Consiste en hacer que quien no entiende crea que el problema está en él. Hay palabras que aclaran y palabras que separan; palabras que hacen más visible la realidad y otras que la cubren con una autoridad prestada. No todo lenguaje difícil es impostura. Hay saberes complejos que necesitan precisión, conceptos que no pueden reducirse sin perder sentido. El problema empieza cuando la dificultad deja de servir al pensamiento y empieza a servir al rango.

Y la escuela no ha quedado fuera de ese mecanismo. Al contrario: lo ha refinado. Donde antes bastaban una corbata, un maletín y unas palabras técnicas, ahora basta un documento lleno de términos pedagógicos, una charla de especialistas o un enunciado diseñado con tanta solemnidad que nadie se atreve a preguntar qué significa exactamente. La niebla no cae siempre directamente sobre el alumno: antes envuelve al profesor, a la familia, al equipo directivo, al inspector, al formulario. Pero el alumno acaba respirándola.

La escuela contemporánea ya no solo enseña, evalúa o corrige: también se redacta, se justifica, se evidencia y se archiva a sí misma. Cada curso produce planes, programaciones, memorias, rúbricas, indicadores, protocolos, actas, informes y documentos de mejora. Algunos son necesarios; muchos no mejoran la enseñanza, solo certifican que se ha producido lenguaje sobre ella. El daño aparece cuando la institución confunde esa producción verbal con pensamiento educativo.

"Mientras se discute cómo nombrar una práctica, queda en segundo plano lo decisivo: si el alumno entiende, si lee mejor, si escribe con más precisión"

Ahí se ve con una claridad incómoda. Se habla de competencias, desempeños, situaciones de aprendizaje, indicadores, rúbricas, perfiles de salida, descriptores operativos y funciones ejecutivas como si nombrar mucho equivaliera a enseñar mejor. El papel aprende vocabulario nuevo. El aula, por suerte, no siempre le obedece. Todavía hay profesores que explican, corrigen, leen, hacen escribir, ordenan una frase, aclaran un texto y sostienen el aprendizaje real lejos de esa niebla. Pero la maquinaria verbal sigue funcionando: ocupa reuniones, documentos y programaciones, y a menudo desplaza la atención de lo esencial.

La jerga no impide que un buen profesor enseñe, pero permite al sistema fingir que piensa cuando muchas veces solo redacta.

Mientras se discute cómo nombrar una práctica, queda en segundo plano lo decisivo: si el alumno entiende, si lee mejor, si escribe con más precisión, si aprende algo que antes no sabía. La pregunta parece pobre frente al esplendor de ciertos documentos, pero es la única que debería importar. Una escuela puede tener un vocabulario impecable y, al mismo tiempo, no saber ya qué hacer con un alumno que no comprende un párrafo.

En un aula real, todo acaba siendo más simple y más duro: un alumno lee y no entiende; escribe y no ordena; escucha una explicación y no sabe qué hacer con ella. Ninguna rúbrica sustituye ese instante. Ningún descriptor operativo enseña por sí solo a atravesar una frase difícil.

"La paradoja es que, en medio de tanta nomenclatura, no siempre se aprende más"

La paradoja es que, en medio de tanta nomenclatura, no siempre se aprende más. A veces se aprueba más, se documenta más y se reclama con más herramientas, pero no se comprende mejor. El sistema ha aprendido a proteger cada decisión con una capa de lenguaje: una medida, una evidencia, una adaptación, una recuperación, una ponderación. El profesor puede acabar rodeado de papeles que prometen precisión y, sin embargo, no tener claro qué ocurrirá cuando una familia reclame, cuando un alumno no alcance lo mínimo o cuando la realidad del aula contradiga la limpieza del formulario.

También se ha confundido, demasiadas veces, escuchar al alumno con retirarle de antemano cualquier forma de exigencia. Escuchar es necesario; nadie enseña bien contra la realidad de quien aprende. Pero escuchar no debería significar absolverlo de toda dificultad ni convertir cada tropiezo en una responsabilidad exclusiva del profesor, del método o del documento. Una escuela que escucha mucho pero exige poco no se vuelve más humana: se vuelve más borrosa.

"El problema no es que falten palabras. Sobran. Lo que falta, demasiadas veces, es verdad"

No se trata de rechazar toda palabra técnica ni toda innovación, sino de no confundir el vocabulario con la enseñanza. Tampoco de defender una escuela nostálgica, áspera o muda, como si enseñar consistiera solo en repetir viejas formas. El lenguaje educativo puede ser necesario cuando ilumina una dificultad, ordena una intervención o permite nombrar con precisión lo que ocurre en un aula. Pero se vuelve sospechoso cuando deja de mirar al alumno y empieza a proteger al sistema.

No necesitamos una escuela que hable más bonito de sus dificultades. Necesitamos una escuela que vuelva a hacerse responsable de lo que los alumnos entienden y de lo que no entienden. Porque enseñar no es producir documentos ni administrar vocabularios. Enseñar es aclarar. Ordenar. Dar herramientas. Nombrar bien.

El problema no es que falten palabras. Sobran. Lo que falta, demasiadas veces, es verdad. Y cuando una escuela necesita demasiadas palabras para explicar que enseña, quizá ha empezado a dejar de enseñar.

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