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Las estrellas negadas

Ayer me encontré con una negadora de estrellas. La reconocí por su mirada sombría y sus gestos esquivos. Apoltronada en un rincón mugroso del paseo marítimo, observaba de soslayo a la gente al pasar y se frotaba las manos con una sonrisa de la que colgaban hilos de baba ponzoñosa. Su mente no estaba allí, sino en otro lugar. Uno que no tiene tierra ni mares ni montañas ni cielos. Un lugar que habita lo incognoscible e inabarcable. Sus ojos, perdidos en el horizonte calmo del Mar Menor, surfeaban esas aguas para mecerse en sus brazos y hundirse en ellas mientras la luna asomaba con su sonrisa triste y la plata de sus hilos decoraba con esquirlas el mar oscuro, casi negro. Sus dedos se cruzaban entre sí, mezclándose, traspasando su piel, su carne y sus huesos. Era deformación profesional. No en vano, negar tiene mucho que ver con la censura. También con su carácter amargo. La hiel que habita en su corazón no hace sino pudrirla por dentro. Su búsqueda interior hace eones que llegó a un callejón sin salida, herida de muerte, abocada al fracaso y la miseria. Su único alimento es el de contagiar su pena desde la cobardía que le proporciona el anonimato. Nadie conoce su nombre, pero ella sabe cuál es su mal. Del mismo modo que sabe que, tarde o temprano, aquellos vientos que siembra le traerán tempestades. Ya hay discordia en su mundo. Ya la humanidad, en silencio y a voces, la desprecia. Ella misma se critica frente al espejo y se apuñala con aquel odio que la envenena, con la envidia insana que le constriñe las venas y agarrota los dedos. Esos mismo dedos que se hunden y emergen como si toda ella fuese una masa inconsistente, informe.

"Cuando la vi allí sentada, la reconocí enseguida. Por mucho que oculte su rostro, no es capaz de obviar sus intenciones. Su espalda encorvada y su plexo solar cóncavo, sus dientes apretados y su ceño fruncido"

Es esa persona la que pasa las noches en vela frente a la pantalla del ordenador o escroleando en su móvil, buscando publicaciones a las que negar su validación positiva, pulsando con insidiosa maldad la única estrella que puede dar como menor puntuación. Es ella la que critica bajo la capucha, tras la máscara, aquellos platos que más fama tienen en los restaurantes de moda, los sitios que visita de pasada pero en los que no se queda porque su acritud le hace supurar bilis y no soporta las sonrisas de los demás. Es ella la que lee todo aquello que no le gusta solo para poder sacudirse la soberbia de los hombros y reír ante su malicia. La negadora de estrellas no sabe, no obstante, que su negación es vana, porque, al fin y al cabo, termina por pisar aquellos terrenos que desdeña y humilla, es ella quien, sin apercibirse de ello, abona el estiércol de su propia tumba. No es de esas que se dicen «vive y deja vivir», sino de las que creen que su dedo amartilla el botón de «descenso a los infiernos» con el que puede decidir quién merece estar en un lugar o en otro. Todos los pecados capitales anidan en ella. Quienes han enfrentado su mirada pueden afirmar que han hallado mundos en ella, pero tan perdidos en el caos, tan sumidos en la inmundicia, que el único destino posible es la destrucción. Nada puede habitar esos lugares malditos.

"La gente que paseaba a esas horas bajo el nocturno júbilo estival, siendo consciente de que aproximarse a ella no trae sino desgracia, obvió su presencia"

Cuando la vi allí sentada, la reconocí enseguida. Por mucho que oculte su rostro, no es capaz de obviar sus intenciones. Su espalda encorvada y su plexo solar cóncavo, sus dientes apretados y su ceño fruncido. El pelo lacio y sucio rozándole las mejillas mientras la nocturnidad la devora y las estrellas que no puede negar surgen en la bóveda celeste y titilan para recordarle que hay lugares a los que no puede llegar. También le recuerdan que, aquellos a los que cree llegar, no existen. Solo en su mente. Por eso está consumida. Cree que su opinión capciosa tiene validez, cuando no sirve sino para quedar en evidencia ante aquellos que sí saben «ver», los que no desean la muerte del prójimo ni habitan en un narcisismo tan tóxico que les corrompe el alma. No siendo un monstruo de los que habitan la otra dimensión, es el peor monstruo de todos. Porque, algún día, creerá que su daño es insuficiente y querrá golpear con mayor fuerza a su oponente. Un enemigo ficticio que solo existe en su cabeza, porque en la del enemigo ella es nadie. No existe. Por eso se deshace. Por eso sus carnes blandas se entremezclan sin que ella se de cuenta.

La gente que paseaba a esas horas bajo el nocturno júbilo estival, siendo consciente de que aproximarse a ella no trae sino desgracia, obvió su presencia. Algunos gatos bufaron al pasar a su lado y los perros ladraron en su dirección. Los niños se aferraron a las faldas de sus madres y, los más pequeños, rompieron a llorar de repente. El halo que desprendía era un hedor inodoro, proveniente de las cloacas de su pecho. Supe que era ella en cuanto la vi buscándome con ansiedad mientras se mordía la lengua. Yo, que nunca he deseado ningún mal a nadie, me sentí profundamente turbado. Rebusqué en las celdas de mi confianza y abrí los candados para liberar aquello que sentía me faltaba en ese instante y debilitaba mi energía. Inhalé tan fuerte como pude y exhalé con la idea de limpiar de veneno todo mi organismo, de imbuirme el ánimo necesario para repeler aquel ataque. El escudo que llevaba años forjando en la fragua de mi psique hizo que el odio resbalara, que la única estrella que la negadora me había otorgado me diera más poder del que ella creía. Su rostro comenzó a desvanecerse, su carne a derramarse contra el muro ruinoso en el que tenía apoyada su espalda. Lo último que vi de ella fueron sus ojos ladinos perdiéndose como cuando una luz se apaga en el cielo y su sonrisa truncada en un rictus de aflicción y rabia. Puede negar estrellas al mundo. Lo que no puede hacer es arrebatar la luz. Su palabra, vacía, no alcanza más que para sepultarse a sí misma.

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