Foto de portada: Daniel Mordzinski
Poesía completa II (2004-2018): Solo escombros tus ríos es el segundo volumen de la poesía completa del escritor chileno Raúl Zurita (Santiago, 1950) que ha publicado el sello editorial Visor, dentro de su colección Atentado Celeste.
A continuación reproducimos el prólogo a esta obra, escrito por José Carlos Rovira.
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Las dos fechas que acompañan al título La Vida Nueva en esta edición corresponden a los dos momentos editoriales previos que la obra ha tenido, 1994 (en Editorial Universitaria, de Santiago de Chile) y 2018 (en Lumen, también de Santiago). Es extraño que un libro tenga dos fechas de publicación diferentes —entendemos que corresponden a la primera edición—, pero un subtítulo que decía Versión final en la de 2018 indicaba que algo importante había ocurrido en la obra, en la que podíamos comprobar efectivamente su considerable ampliación, sus modificaciones y la reescritura de su construcción última.
Los documentos y manuscritos, fotografiados por Santini, sirvieron para que el poeta se plantease que, puesto que había quedado insatisfecho con la edición de 1994, ya que, por razones editoriales, tuvo que reducir bastante el proyecto inicial, al revisar materiales y recuperar parte de los mismos, podía reelaborar algunos fragmentos y preparar lo que consideró Versión final en 2018, que es la que, también con variaciones y variantes, se edita aquí.
Esta historia textual forma parte de un proceso de escritura que el propio autor ha considerado work in progress y que determina la parte de su obra desarrollada en La Vida Nueva, para convertirse en un procedimiento extendido a su creación posterior.
El resultado final es el de una obra nueva en relación a la escritura de las creaciones iniciales, manteniendo este un tercer título «dantesco» que sigue a Purgatorio y Anteparaíso, pero que determina una perspectiva poética diferente a pesar de la posibilidad de considerarlas una trilogía. La obra de ahora abre recursos nuevos, como si desde el título quisiese remitir a una experiencia amorosa, biográficamente renovada, que nos lo vincularía al sentido de La vita nuova de Dante Alighieri; y efectivamente la obra contiene algunos de los más bellos poemas de amor de Zurita, como «Entonces guárdame en ti».
La novedad principal, sin embargo, creo que tiene que ver más con un tropiezo con la realidad, con realidades que van a determinar el contenido. La obra se abre con un encuentro emocional con sueños de los pobladores de un campamento llamado «Raúl Silva Enríquez» (nombre del cardenal arzobispo de Santiago que creó la Vicaría de la solidaridad contra la represión de la dictadura pinochetista), recordado por una fotografía presente en la edición realizada por la norteamericana Helen Hughes, que Zurita encontró veinticinco años después del episodio y ante la que pensó que los dos, la fotógrafa y él, habían plasmado lo mismo. Los pobladores fueron movimientos de ocupación de tierra por la escasez de las mismas y de la vivienda, y estamos sobre todo ante un encuentro con sus sueños, en poemas que se llaman con el nombre indígena de algunos de quienes los relatan.
Inmediatamente pasamos a la parte más extensa, que constituye lo que se llamó «Canto de los ríos que se aman» —publicado como libro exento en 1997—. Aquí desaparece el título de la sección y el primer poema homónimo, que se mantiene solo como fragmento en la composición de algunos versos, pero con variaciones de disposición nos encontramos con un material textual que es entrada por un lado a la naturaleza chilena —materia ya de Purgatorio y Anteparaíso, sobre todo en el desierto de Atacama— y además penetramos en un nuevo mundo cultural que Zurita está aprendiendo desde 1984, cuando una beca le permite vivir unos meses en el sur, en la provincia de Aysén, en la región de los Ríos, donde conoce a un botero (conductor de embarcación en los ríos) del Futaleufú, Aladín Ibáñez, cuyos relatos míticos, de mitología mapudungun, se convierten en materia narrativa y poética de la obra. Del contacto inicial con el botero Aladín Ibáñez, de las historias que recibe de él, entretejidas con una nueva vivencia de la naturaleza y una nueva interpretación sin duda de la misma, surge la narración de la historia familiar de los Ibáñez, pobladores del río Espolón, en la Patagonia chilena. El relato sostenido inicialmente por Aladín Ibáñez es la historia del poblamiento de la región por la familia, el incendio del río, de toda su ribera, y la huida familiar a la zona del río Futaleufú. Es el sueño el que continúa la historia familiar, las migraciones, los poblamientos, las subidas del río que hacen que corriente abajo el mundo sea cada vez más pequeño. El sueño le descubre un gran lago transparente y calmo y, en medio de él, una torre altísima, hermosa e iluminada hacia la que se dirige con fuerza y nunca alcanza, hasta que el sueño se interrumpe y se reanuda en el mismo momento en el que se detiene. Hay bastantes presencias temáticas de la saga familiar de los Ibáñez en La vida nueva, pues Aladín, el que era real y fue narrador de parte de la historia, se hace acompañar en el relato, aparte de por Antonio, por Miguel, Blanca, Lidia, Gabriel: «…y hoy de la rama de los Ibáñez somos / tantos nombres como nombres tienen los miles de brazos, / afluentes, desagües, cauces y ríos». La historia de la familia se recupera en otros momentos y se resuelve al final de la obra.
Significa este motivo la entrada del poeta a la mitología y al mundo mapuche, que acrecienta, ya en otra estancia en 1988 en la misma región, a través de un creador como Leonel Lienlaf, al que edita, y también de Elicura Chihuailaf.
La naturaleza (mares, ríos, fiordos, desiertos, lagos, quebradas, volcanes, glaciares, nevados, cordillera, valles, etc.) se ve convertida en paisaje y otras veces se transmuta en mito, paisajes de la desolación a veces con atisbo de esperanza, ríos que sufren, aman y hablan, mientras otras veces se transforma en mito mapudungun, como el del Wenuleufú, la Vía Láctea o el río del cielo, recolector de los ríos de la tierra que suben corriente arriba en vez de descender. Una lección mítica se entronca con elementos cotidianos, con relatos aprendidos en la vida, con fragmentos históricos.
La obra incorpora a continuación el Canto a su amor desaparecido, sin el título ahora, sustituido por otro que dice «Restos encontrados en el precipicio del mar». La obra, anticipada editorialmente en 1985, asume una ficción rodeada por una trágica realidad, la de los desaparecidos en la dictadura. Zurita, víctima de la detención y la tortura desde el mismo 11 de septiembre de 1973, cuando comenzó el golpe de Estado, crea un libro que, como recuerda siempre, nunca hubiera querido escribir. La ficción narrativa establece un diálogo con una amada muerta: «Fue el tormento, los golpes y en pedazos nos rompimos. Yo alcancé a oírte, pero la luz se iba. Te busqué entre los destrozados y hablé contigo. Tus restos me miraron y yo te abracé. Todo acabó. No queda nada. Pero muerta te amo y nos amamos, aunque esto nadie pueda entenderlo».
Junto a una reconstrucción de aquella historia, mediante imágenes gráficas de galpones, almacenes que son nichos que se llaman como países, la naturaleza asume un contenido trágico, recibe los cuerpos precipitados desde las alturas del odio durante aquella represión:
Todo mi amor está aquí
y se ha quedado pegado
a las rocas, al mar y a las montañas…
…y el canto individual se convierte en voz colectiva de aquella historia, la de los miles de nombres que construyen el Memorial del Detenido Desaparecido en el cementerio de Santiago. Aunque la voz individual persiste en la determinación de la tragedia: «con la cara toda bañada canté de amor y los muchachos me sonrieron. Más fuerte canté, la pasión puse, el sueño, la lágrima». Creo que Raúl Zurita ha conseguido otra vez en la poesía, como algunos creadores que se llamaron Pablo Neruda o Miguel Hernández ante otros momentos históricos, hacer desde lo individual un canto social determinado por una tragedia concreta y contemporánea.
Hay retornos míticos para las fundaciones urbanas, como en «Nueva Nueva», que es el espacio de poblamiento en el futuro, de fundación de ciudades, con la creación de un área y un proceso atraído por el pasado americano («Nueva» como identificación de un establecimiento urbano que existía), pero que ahora aparece reduplicado, en un futuro que es sin duda el de otro milenio.
El relato de «Nueva Nueva» y sus fundaciones se entrelaza con una historia mapuche, que seguramente procede de las guerras llamadas de pacificación del XIX y que le contó Leonel Lienlaf: es el extraño motivo del «hombre que hablaba con su cintura», un violento castigo que los soldados chilenos realizan en una batalla con los indígenas, en la que matan a un joven y con la piel confeccionan una bandera y su cabeza la cuelgan en la cintura de su padre. El relato estremece, pues el hombre habla con la cabeza de su hijo y se van estableciendo imágenes en las que podemos identificar cosmovisiones indígenas como «Los ríos del Paraíso», el título de toda la sección en la que el río del cielo «se despeña reventándose en infinitas espumas», y se establece un génesis indígena en el que aparece, junto al primer Lienlaf, la mujer, y juntos crearán un hijo para no estar solos, y este al nacer se golpea con las aguas de la oscuridad, por lo que queda aturdido. Cuando la madre lo despierta poco a poco surge de la frente el cielo, de los párpados el día y la noche, de los ojos el sol, la luna, las estrellas; de las lágrimas, los ríos, los de la región, el Futaleufú, el Yelcho, el Toltén…; de las mejillas, los valles, las llanuras, las lomas, los cerros; de la boca, el mar y los lagos; de la nariz los vientos; de los hombros las cordilleras y los acantilados; de otras partes del cuerpo, los animales de la tierra y los pájaros, hasta que la madre ve surgir desde el cuerpo casi despierto las nubes, las nevadas, las lluvias y los arcoíris, por lo que piensa que se ha terminado la creación y se aleja, una creación del universo desde un cuerpo que despierta, pero que finalmente sigue dormido porque la madre olvida despertarle el corazón «y el corazón tuvo que despertarse solo», y de ese despertar dificultoso surge el primer hombre, por lo que sigue medio dormido: «Por eso es la única criatura de la creación que no entiende y está condenada por siempre a pensar y a temerle a la muerte».
El relato plantea una serie de indicios que identifican al principio y al final las figuras del padre y el hijo con las de Zurita y su propio padre, como forma última, atemporal, onírica quizá, de asumir la narración indígena a la que sin duda añade el poeta fantasía e invención.
Hay también un conjunto de imágenes visuales a lo largo de la obra. Son dibujos del propio autor, tratados luego digitalmente desde la primera edición, que responden a figuras humanas, rostros sobre todo, que aparecen sobre un fondo azul celeste, a los que un texto en la parte inferior identifica con boteros, con personajes de relatos establecidos fragmentariamente en el texto, y con ríos en la última serie de imágenes, como el Futaleufú, el Fuy, el Bio Bío y el Báker. Son eso, esencialmente, como dice el título del poema previo a la primera serie: se trata de «quienes ven sus caras en el cielo». Zurita intentó desde el principio, y ha seguido hasta ahora mismo proyectándolo, construir imágenes y palabras en la naturaleza. Lo había hecho en aquel cercano 1982 cuando trazó en el cielo de Nueva York, con el humo de avionetas, los versos de un poema que se llamaba precisamente «La vida nueva», episodio reproducido fotográficamente en Anteparaíso. Al configurar el nuevo libro, la performance o instalación pretendida adquiría un carácter nuevo: figuras celestes que responden en esta obra a unos versos del poema «Nacían sus cuerpos»:
…Somos nosotros los que dibujamos vuestras
caras los cuerpos finales del abovedado horizonte
refutan los torrentes horadándose entre las nubes
como fechas engendrándonos desde sus espumas
En la primera versión de la obra, el motivo aparecía en expresión aislada ante las imágenes:
como los cargados cielos que
nos trazan, empapados
dibujándonos entre las nubes.
En un manuscrito con representaciones pictóricas de esta perspectiva se ofrecía un texto significativo: «Es preciso esculpir el cielo como si fuera mármol, grabar allí las figuras y lo rostros de los que amamos, tal como el florentino lo hizo en la bóveda. El cielo es el mármol y los hombres deberían de extraer de él el cuerpo que encierra (…). Todo esto es desvarío o necedad o cosa sin importancia. Pero esas esculturas sobre las montañas viven ya en mi corazón y se harán algún día». Una Capilla Sixtina en la naturaleza, en la bóveda celeste, un arte americano ya que no existen allí las grandes catedrales de Europa, un Miguel Ángel de los pobres, nos concreta, una nueva dimensión del arte que es, a partir de aquí, una elaboración poética y ensayística que Zurita ha intentado resolver con propuestas en las que la palabra es imagen y la imagen, palabra en la naturaleza.
Como en las páginas finales del libro donde, de nuevo, aparece una construcción de palabras en la naturaleza, pero esta vez se trata de una fotografía de la realidad, en la que leemos: «ni pena ni miedo», en una inscripción en piedra de más de tres kilómetros —3.140 metros exactamente—, realizada en el desierto de Atacama, a 56 km al sur de Antofagasta, en 1993. La obra, en la que cada letra mide 250 metros, está realizada con retroexcavadoras sobre surcos de 40 metros de ancho y una profundidad de 1,80 metros. Aunque tuvo el apoyo oficial del primer gobierno de la Concertación, en los inicios de la democracia que empezaba a cerrar la dictadura tras el Plebiscito de 1988, fue sufragada mediante una subasta de pinturas de once artistas muy reconocidos.
He considerado siempre que era la obra de un poeta, que estudió Ingeniería Civil en la Universidad Federico Santa María de Valparaíso, y que esbozó en planos y cálculos aquella proeza poética. Fueron sueños, como demuestran manuscritos y diseños de la época, iniciados en 1983, en un proyecto que pudo realizar diez años después. Creo que es un símbolo permanente de los tiempos en los que, seguramente con prudencia obligada, se iniciaba una democracia que tenía que dar fin a una dictadura construida con desapariciones y con la destrucción de un orden social que quiso construir una sociedad más libre y justa en Chile. «Ni pena ni miedo» es sin duda una propuesta emocional para el nuevo tiempo que debía configurarse.
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Autor: Raúl Zurita. Título: Poesía completa II (2004-2018): Solo escombros tus ríos. Editorial: Visor. Venta: Todos tus libros.



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