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Las aventuras de Huckleberry Finn conocen su primera edición estadounidense

Las aventuras de Huckleberry Finn conocen su primera edición estadounidense

El siglo XX fue el siglo del cine; el XIX, el de la novela. La centuria decimonónica fue un auténtico festín literario, en el que conocieron su edad de los prodigios las narrativas de varios países. Tras el ocaso del romanticismo en los primeros 25 años que sucedieron a 1800, el realismo surge vigoroso en la figura de Honoré de Balzac, quien quiso competir con el Registro Civil y ser más realista que la realidad misma en La Comedia Humana, 94 obras interconectadas que, publicadas a partir de 1830, quisieron ser la crónica de la Francia que se fue entre el fin del Primer Imperio y la Monarquía de Julio (1815-1830). No obstante, puede que fuera Gustave Flaubert quien, al referirnos en Madame Bovary (1857) cómo el amor puede llegar a ser tan miserable como el resto de los sentimientos humanos, derribó definitivamente esa idea del amor del romanticismo, un aspecto en el que también fue incidir el español Leopoldo Alas Clarín en La Regenta (1884). Naturalismo fue a llamarse el exacerbado realismo de otro francés, Émile Zola, pórtico de toda esa novela social tan celebrada en el siglo XX.

En Rusia, el realismo adquirió dimensiones gigantescas, ora bajo el prisma humanista de Tolstoi, ora por la profundidad psicológica de Dostoievski, siempre a cuestas con las tormentas interiores, con las dudas, refiriendo las complejidades anímicas de sus personajes.

Sin embargo, si hubo una literatura que destacó por su vigor entre tanta excelencia, esa fue la estadounidense que, plena de esa fuerza que solo da la juventud, irrumpió con su propia edad de oro en aquella edad de los prodigios de la novelística que fue la segunda mitad del siglo XIX.

"El más grande de los personajes que hayan navegado las aguas del Misisipi, creación del gran Mark Twain, llegó a las librerías estadounidenses el 18 de febrero de 1885, hace hoy 131 años"

No faltarán lectores —o lectoras— que defiendan que el abanderado de la edad de oro de la novela norteamericana fue una abanderada: la Hester Prynne de La letra escarlata (Nathaniel Hawthorne, 1850). Otros, bastantes más, probablemente, si tuvieran que elegir, se decidirían por el capitán Ahab de Moby Dick (Herman Melville, 1851). Pero si fuera yo quien se viera en el brete de tener que decantarse por el heraldo de aquella novelística, que fue, de hecho, la primera gloria de trascendencia internacional, no ya de las letras, de toda la cultura estadounidense, no dudaría en darle el honor al gran Huckleberry Finn.

El más grande de los personajes que hayan navegado las aguas del Misisipi, creación del gran Mark Twain, llegó a las librerías estadounidenses el 18 de febrero de 1885, hace hoy 131 años. Al parecer, Las aventuras de Huckleberry Finn, la novela en cuestión, había sido impresa por una editorial canadiense afincada en Montreal con el nombre de Dawson. Que la inglesa, dada a la estampa, por Chatto & Windus (Londres) fuera puesta a la venta unas semanas antes —el 10 de diciembre de 1884— es un dato meramente anecdótico: nos indica que los derechos de autor en Estados Unidos eran mucho más lasos. Los escritores estadounidenses preferían que sus ediciones príncipe fueran impresas en Londres y proteger así su obra de copias no autorizadas. Pero Las aventuras de Huckleberry Finn está considerada la primera obra escrita en la lengua vernácula estadounidense; es decir, en el inglés que, en aquella sazón, se hablaba en Estados Unidos. Y para muchos lectores de las páginas de aquellas latitudes, la primera gran novela estadounidense, esa quimera, buscada con tanto denuedo por los narradores de aquellas latitudes.

"Las aventuras de Tom Sawyer son un clásico de la literatura juvenil. Las de Huckleberry Finn no tanto. De hecho, cuando se publican en colecciones para adolescentes, suelen estar expurgadas"

En sus artículos y ensayos, el cubano José Lezama Lima defiende que hay que escribir como habla la gente si la gente habla bien. Hablen bien o hablen mal, el oído de Twain para recoger la cháchara del paisanaje que puebla el paisaje que describe es sobresaliente. Estamos, pues, ante otro de esos territorios míticos tan frecuentes en la literatura —St. Petersburg (Misisipi) en este caso— que siempre son trasunto de un lugar verdadero —Hannibal (Misuri), solar natal de Twain—, cartografiado en los mapas al uso y accesible por cualquier medio de transporte.

Leídas con avidez desde que la novela se puso a la venta —Twain ya era un autor muy consagrado desde su entrega anterior, Las aventuras de Tom Sawyer (1876)—, se convirtieron en las favoritas de los jóvenes lectores a ambos lados del Atlántico. Pero las de Huck, un personaje mucho más grave que Tom, el gran amigo de Finn, el muchacho que mejor peleaba en St. Petersburg, el eterno enamorado de la pelirroja Becky Thatcher, al cabo, eran poco más que las andanzas de un travieso.

"Mark Twain fue el precursor del gótico sureño, cuya esencia es el cuestionamiento de la desigualdad racial y la dignificación constante de cuantos sufrieron aquellas atrocidades"

En cambio, Huck —hijo de la derrota y el alcohol— es todo un ácrata del Misisipi: lucha una y otra vez contra la norma —la ley incluso, cuando navega el río junto a su amigo Jim, el esclavo fugado— y cuando la ley le vence, el gran Huck se levanta y vuelve a luchar contra ella. Las aventuras de Tom Sawyer son un clásico de la literatura juvenil. Las de Huckleberry Finn no tanto. De hecho, cuando se publican en colecciones para adolescentes —inolvidable aquella edición de la Colección Historias, de la impagable editorial Bruguera, que tanto deleite procuró a los niños lectores de la España de los años 60—, suelen estar expurgadas. Pero Huck, el ácrata del Misisipi, nos interpela —como dicen los políticos más nefastos de nuestro infausto tiempo— sobre la libertad, la ética y las tensiones raciales con una honestidad nunca leída con anterioridad en la entonces vigorosa narrativa estadounidense. Nada que ver con la perorata moralista de los corruptos de nuestro abominable siglo.

En cuanto al debate que suscitó ese inglés hablado entre la peor patulea del Misisipi —vulgar hasta escandalizar a unos, auténtico y vivaz para los otros—, como lo de que la edición príncipe tuviera un pie de imprenta de Londres, es un mero accesorio. Y en cuanto a quienes, incluso ahora, acusan al gran Twain de racista, por todo el florilegio de palabras y expresiones injuriosas para los afroamericanos, que se incluyen en las 362 páginas de sus primeras ediciones, habrá que hacer notar que Twain no es Margaret Mitchell, Thomas Dixon Jr. y el resto de los apologetas del Ku Klux Klan que ha conocido la novela estadounidense.

"Hace 131 años la humanidad vivió uno de sus momentos estelares: en las páginas del gran Mark Twain nació Huckleberry Finn. En realidad, ya le conocíamos de Las aventuras de Tom Sawyer"

Muy por el contrario, Mark Twain fue el precursor del gótico sureño, cuya esencia, pese a describir la brutalidad de la esclavitud, la posterior segregación y el racismo estadounidense, es el cuestionamiento de la desigualdad racial y la dignificación constante de cuantos sufrieron aquellas atrocidades. Desde William Faulkner, aventajado discípulo de Twain, hasta la gran Carson McCullers, desde el gran Truman Capote a su amiga Harper Lee, pocos autores han cuestionado la decadencia de su solar natal como ese gótico de más allá de la antigua línea Mason-Dixon, aquella que, al estallar la Guerra de Secesión (1861-1865) separaba la Unión de la Confederación.

Hace 131 años la humanidad vivió uno de sus momentos estelares: en las páginas del gran Mark Twain nació Huckleberry Finn. En realidad, ya le conocíamos de Las aventuras de Tom Sawyer. Juro por estas líneas que esta noche navegaré con Huck hasta el delta para escuchar allí el mejor blues del mundo. Gloria al ácrata del Misisipi y a su creador, el precursor del gótico sureño.

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