Leyendo (con cuarenta años de retraso) la novela La insoportable levedad del ser, del escritor checo Milan Kundera, me acordé de la canción “Cleaning Windows”, del cantante belfastiano Van Morrison. En la novela, el protagonista, Tomás (al menos en la traducción de Tusquets que manejo) es cirujano en un hospital de Praga, pero después de que los tanques de la Unión Soviética aplastaran los tiernos pimpollos democráticos de la Primavera de Praga es degradado sucesivamente, hasta que termina limpiando ventanas.
El aroma de la panadería cruzando la calle
Me inundaba la nariz
Mientras cargábamos nuestras escaleras calle abajo
Entre las verjas de hierro forjado de las casas.
Me iba a casa para el almuerzo y escuchaba a Jimmie Rodgers,
Compraba cinco cigarrillos en la tienda de la esquina
Y me volvía al curro.
Sam trabajaba arriba
Y yo abajo sujetando la escalera.
A la hora del té hacíamos un descansito
E íbamos a la tienda a por limonada y unos bollos.
Limpiaba el tragaluz por fuera y por dentro
Y me encargaba de cobrar a la dueña.
Los fines de semana tocaba el saxofón
En un garito del barrio.
Así es como me gano la vida:
Soy feliz limpiando ventanas.
No tengo prisa,
Nos veremos cuando nuestro amor madure.
Pero, cariño, no te descuides:
Soy un currante en mi mejor momento.
Limpiando ventanas (…).
Parece bastante idílico ¿verdad? Una especie de paraíso perdido. Esta canción la grabó en 1982 para su disco Beautiful Vision, cuando llevaba casi veinticinco años dedicándose a la música, primero en el grupo Them y posteriormente en solitario. El éxito comercial lo alcanzó con “Brown Eyed Girl”, y la consagración definitiva con su disco Moondance, del que vendió un millón de copias, y no lo ha abandonado (con los lógicos altibajos) hasta la fecha. Actualmente, con más de sesenta años de carrera a sus espaldas, sigue grabando discos y ofreciendo conciertos (acaba de tocar en Madrid). Y eso es importante.
Echar un vistazo al pasado desde la atalaya del éxito quizá contribuyera a ese relato nostálgico y feliz de su época de limpiacristales. El ritmo alegre y vacilón del tema (mérito de la guitarra de Mark Knopfler y de los animados metales) junto al despreocupado mensaje de la letra generan muy buenas vibraciones al oyente. Van Morrison era feliz limpiando ventanas y tocando el saxofón los fines de semana en una banda local por los tugurios de Belfast, a ver quién se lo niega (con el mal genio que gasta).
Tomás, el protagonista de La insoportable levedad del ser, es degradado por haber escrito un artículo contra el establishment comunista imperante. Como se niega a retractarse, el sistema lo castiga. Pasar de ser un cirujano brillante y reconocido a un reconocido abrillantador de cristales al principio lo hunde y lo asusta, pero, superada la desagradable sorpresa inicial, comprende “de repente que le habían tocado unas largas vacaciones”.
Descubre la inesperada alegría de la despreocupación, la ligereza de estar empleado en un trabajo del que puede olvidarse en cuanto termina la jornada. Cuando era cirujano se llevaba el trabajo a casa y, si algo no salía bien, “se desesperaba y no podía dormir”. Sin embargo, como limpiacristales, andando por las elegantes calles de Praga con la pértiga al hombro, de repente se siente pletórico.
Van Morrison no perdió el tiempo en su época de limpiacristales y aprovechó para formarse personal y musicalmente. Mientras limpiar cristales le daba de comer, alimentaba su alma con discos de blues, libros sobre filosofía oriental y novelas de la generación beat:
Escuchaba a Leadbelly y a Blind Lemon
En las calles del barrio donde nací.
A Sonny Terry, a Brownie McGhee,
A Muddy Waters cantando «I’m A Rolling Stone»
Me iba a casa y leía el libro de Christmas Humphreys sobre el zen;
Ya sabes, la curiosidad mató al gato…
“Los vagabundos del Dharma” y “En el camino” de Kerouac.
Así me gano la vida,
Soy feliz limpiando ventanas.
Para Tomás, trabajar de limpiacristales es una fiesta. A menudo llaman a su empresa antiguos pacientes para que les limpie las ventanas, pero en realidad lo que quieren es charlar y tomar unas copas con él. Tomás sale borracho de esos trabajos y va dando eses por las calles de Praga, con la agradable sensación de la ebriedad. Pero de lo que de verdad disfruta en su nueva situación es de que regresa a su época de soltero: “Tenía dieciséis horas para sí mismo y aquel era un ámbito de libertad inesperadamente conquistado. Todo ámbito de libertad significaba para él, desde su temprana juventud, mujeres”. Tomás es un mujeriego y un infiel impenitente, tiene un talento especial para seducir a las mujeres y, hasta el final de la novela, no se resigna a dejar de lado la práctica de ese talento.
Van Morrison limpiaba ventanas en Belfast allá por 1964 y Tomás limpiaba ventanas en Praga allá por los años setenta. Los separaban unos 1460 kilómetros y aproximadamente una década, pero en cierta forma son colegas de profesión y compañeros de fatigas. Los podemos imaginar caminando alegres, el uno junto al otro, por las calles de sus respectivas ciudades: Van Morrison lleva la escalera y Tomás la pértiga; van felices los dos, cada uno por sus razones, pero ambos despreocupados y pletóricos.
Afortunadamente, el tradicional oficio de limpiacristales a pie de calle parece blindado ante el avance de la Inteligencia Artificial (al menos, de momento). Se encuadra en los oficios manuales de destreza, inasequibles para las máquinas por la complejidad impredecible del mundo físico. La Inteligencia Artificial no va a sustituir a los limpiacristales, pues desarrollar un robot con la agilidad anatómica que se precisa resultaría infinitamente más caro que contratar a un humano. Así de sencillo.
Me he sentido mejor sabiendo lo felices que eran Van Morrison y el protagonista de La insoportable levedad del ser, cada uno por sus circunstancias y con sus razones, limpiando ventanas. Ante los funestos vaticinios sobre la escabechina que la inteligencia artificial va a hacer respecto a los llamados empleos de “cuello blanco”, es agradable saber que limpiar cristales no solo es un trabajo tan digno como el que más, sino que además es gratificante y ofrece oportunidades de desarrollo personal. Seremos felices limpiando ventanas.


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