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Los curas amados

Los curas amados

La salud del Papa Francisco se encuentra visiblemente quebrantada. Nada nos extraña. La Iglesia va a acabar con sus días de argentino vitalista por la cantidad de disgustos que le dan. Le han echado encima el problema de la homosexualidad en algunos sectores de la Iglesia, y no sé si se acordarán nuestros lectores asimismo aquel asunto promovido por ciertas mujeres italianas que estaban enamoradas de curas, modernas “maría magdalenas”, y deseaban seguir enamoradas sin alterar, por disciplina, tan agradable situación.

¿Cómo puede la máxima autoridad de la Iglesia resolver un problema de amor entre curas y feligresas? La Naturaleza actúa de una forma implacable porque los frenos son insuficientes, además de que el espíritu está pronto, pero la carne es débil. Analicémoslo con objetividad y recordemos cómo fue aquél disgusto serio y de difícil solución.

Un grupo de 26 mujeres escribió en el mes de junio de 2015 una carta al Papa Francisco para pedirle una revisión de la disciplina del celibato eclesiástico, ya que han vivido, o están viviendo aún, una relación sentimental con un sacerdote y querrían mantenerla sin enmendarla y sin ocultarla.

" En la Iglesia Católica de rito latino, el celibato eclesiástico, es decir, la renuncia al matrimonio y la promesa de castidad, es obligatorio y viene del II Concilio de Letrán"

Vaya por delante que las mujeres son italianas y residentes en Roma, donde la abundancia de curas es superior a la media de cualquier gran ciudad cristiana y el riesgo de que las mujeres se enamoren de curas es potencialmente probable y verosímil.

Las firmantes lamentan que las alternativas a la situación que padecen sean dos: O el abandono del sacerdocio por parte de sus amantes, o la mantenencia placentera, aunque de tapadillo, como marca la tradición. La propuesta que hacen estas mujeres consiste en que los amados sacerdotes —o dicho en puridad, los sacerdotes amados— pudieran seguir con su vocación, sirviendo a la comunidad cristiana, pero conservando amores y amoríos, según vayan viniendo las cosas, no teniendo hijos (a ser posible, aunque sin hijos el amor es incompleto) y no dando motivos de escándalo en ningún momento. En la Iglesia Católica de rito latino, el celibato eclesiástico, es decir, la renuncia al matrimonio y la promesa de castidad, es obligatorio y viene del II Concilio de Letrán, celebrado en 1139.

Ahora, aquellas dos docenas largas de mujeres pusieron en un brete al Papa Francisco, quien no tuvo más remedio que manifestar que el celibato no es dogma de fe y, por tanto, deja la puerta abierta para una posible modificación, notable y quizá escandalosa, del sacerdocio.

No sé cómo estará el asunto en nuestros días, pasados ya nueve años desde la redacción de la carta al Papa Francisco, pues no tengo motivos para seguir el caso con algún interés, ya que ni soy italiano, ni soy cura, ni siquiera una monja está de mi enamorada, que sería la comparanza.

"Otras veces, el pecado es de prolongada trascendencia, y en lugar de quitar la vida, la da"

Este asunto, planteado por escrito por estas mujeres italianas, es muy antiguo por su naturaleza, y las relaciones amorosas entre un cura y una feligresa ha sido el pan nuestro de cada día de toda la vida de Dios, no solo en Roma, sino en nuestros viejos reinos, pongamos al Arcipreste de Hita y a Lope de Vega por testigos y cronistas, y al cardenal Mendoza, que tuvo tres hijos con dos feligresas de su confianza. A la reina Isabel la Católica le encantaban estos mozalbetes y solía denominarlos como “los lindos pecados del cardenal”. Las madres fueron reconocidas, así como los hijos, y se llamaban Mencía de Lerma e Inés de Tovar; esta segunda madre eclesiástica le dio la alegría al cardenal mientras él se encontraba en Valladolid vigilando y pagando la construcción del hoy palacio de Santa Cruz, sede del Rectorado.

Las armas que la mujer utiliza para encandilar al hombre son las mismas en todos los tiempos, y tan fuertes e irrenunciables que hasta un hombre consagrado a Dios puede caer en la tentación del llamado —por ellos— “pecado de la carne”.

En el discurrir de los tiempos, el hombre ha sido normalmente (quiero decir por norma) el cazador cazado por las redes tendidas y las satisfacciones ofrecidas por la mujer. El hombre, civil o eclesiástico, sucumbe a los encantos femeninos con idiocia de mansueto y puede caer hasta en el mayor de los pecados: el crimen. Terrible consecuencia que lo complica todo.

Otras veces, el pecado es de prolongada trascendencia, y en lugar de quitar la vida, la da. No he conocido a ningún hijo de cardenal (los tiempos han cambiado y la castidad es inalterable), pero sí he conocido a un hijo de cura. Los hijos de cura, generalmente no salen buenos, aunque tienen una apariencia saludable. Conocí hace años a este que digo, hijo de cura y ama, que salió bizco, pero de complexión robusta y de inteligencia equilibrada. Se conoce que la abstinencia prolongada del padre, da fuerza, pero el fruto de ese amor contenido y transitorio, sale con alguna marca.

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