Un pub, todos lo sabemos, es mucho más un pub. En un pub se dirime el destino del mundo cualquier día a partir de las nueve; en un pub se aclara alguien la garganta antes de declararse, y ser rechazado de nuevo; en un pub se cierran los mejores negocios del año en el tiempo que duran dos rondas, y se arruinan los proyectos más entusiastas; a un pub se va llorado o a llorar, según; en un pub puedes entrar circunflejo y salir crucificado.
Mala hora las cuatro y media, es el comienzo del fin; si a esa hora no pagas, estás perdido. Empezarás recordando cómo te enchufaron, en qué gastaste tu primer salario, seguirás —ya con el segundo whisky— con el recuerdo algo patoso de Nieves y luego vendrá tu oscuro ascenso, el cambio de departamento…
He visto en un pub cómo desplumaban la casa de un tipo sin pestañear, cómo ese probo hombre se levantó sin decir palabra y salir por la puerta con su Stetson como si fuera Lord Mountbatten en una recepción oficial. Yo mismo he consolado a quien ha sufrido mal de amores y hemos seguido y seguido por otros pubs no muy elegantes de la zona —porque no hay tregua para el vencido— hasta tartamudear, patéticos, “puedo escribir los versos más tristes esta noche”.
Todo esto viene a cuento por la simpática Blue Moon (ahora en Movistar), película de Richard Linklater que transcurre, toda ella, en un pub. Un soberbio Ethan Hawke interpreta al letrista Lorenz Hart durante una noche aciaga donde se mezclan el autoengaño, la gloria perdida, la soledad y confesiones desgarradoras de un tipo amargado —pero qué repleto de ingenio— en el declive de su carrera.
En ese pub, el mítico Sardie’s de Nueva York, el contrapunto es el camarero; con su impoluto uniforme blanco, su paciencia y su no menor sabiduría popular. Mientras prepara cócteles escucha el monólogo interminable de Hawke / Lorenz con la parsimonia de quien ha visto y oído demasiado. Cómo no recordar aquel impagable diálogo de Pasión de los fuertes (John Ford, 1946):
—Mac, ¿nunca has estado enamorado?
—No, yo he sido camarero toda mi vida.
Qué hubiera sido de la humanidad sin los camareros. Un camarero de ley se empeña en que vuelvas a casa en un taxi (que ya ha pedido) si te ve perjudicado, te invita una a partir de la tercera, no te presta dinero —más de la cuenta—, sabe escuchar sin oírte mientras repasa el mismo vaso con el celo de un mayordomo británico, da conversación sobre tu equipo preferido, toros o política, que para eso está al cabo de casi todo, con parecida destreza y tiene siempre a mano unas lascas de jamón cuando más lo necesitas y aún no lo sabías.
En un pub se han escrito los mejores (Dylan Thomas), y peores (el resto), poemas que puedan imaginarse. En un pub se ha detenido el mundo hasta tres veces en la misma noche. Me refiero, claro, a los pubs de cuando se podía fumar, esos con cuero abullonado y tachuelas doradas en la bara. Uno echa de menos, y no poco, Balmoral, con esa foto de un jinete —¿era un gaucho?— descendiendo con una mano al aire y otro fija en el fuste de la silla por una imposible pendiente dejando una estela de polvo blanquecino.
Un pub ha de ser silencioso, discreto, con poca luz y nunca ha de estar lleno. Se agradece el murmullo de los clientes, los butacones bajos y mullidos, no molestan las escenas de caza en los cuadros y ha de contar con cierta flexibilidad en los horarios; es decir, llegada la hora se baja la persiana y aquí paz y después gloria.
En un pub, ya metidos en harina, no hay distinciones sociales; en realidad es un espacio donde uno habla y otro escucha con paciencia. Esto va por turnos; un día tú das y al siguiente recibes. Y si no estás para nadie, te acodas en una esquina y miras el espejo del botellero que te devuelve la imagen de un hombre desconsolado y solitario. A esa misma hora, un compañero de taburete vuelve a repasar por quinta vez las páginas del periódico, ese breviario de la vida donde se da cuenta de las vidas ajenas, países lejanísimos y crímenes de Cuenca.
Un pub como Dios manda ha de tener una puerta trasera o al menos un ventanuco a un patio interior por donde salir por piernas en caso de necesidad y no tener días de cierre, excepto en Nochebuena pues dónde iría si no esa patulea de desalmados, sería un peligro público y no es cuestión. Un pub pub ha de contar, siempre, con varias barajas precintadas a las que echar mano para dirimir diferencias en vez de salir a la calle a cuerpo gentil.
Convendría, puestos a pedir, que hubiera una habitación al fondo, semi clandestina para los menesteres que pudieran presentarse. Hasta allí se colocó un taurino, faca en mano, donde le espetó a otro con la tranquilidad de quien sabe que no existe el perdón: “¡Tú estás comiendo fruta prohibida!”. Le despintó al bies la cara de chulito con zapatos acharolados por airearse con la mujer del prójimo. No volvió a saberse de él.
Blue Moon es una película triste porque dibuja el haz y el envés de un hombre ya sin fortuna, ese que sabe que no tiene nada nuevo que contar excepto repetir historias sin testigos de un pasado brumoso, ese que espera en calma su final irreversible, lento, implacable, y él parece no darse cuenta, o es consciente de todo y por eso se deja llevar como un corderillo, manso y casi ciego, para no traicionar el guion de su vida que alguien escribió hace años.
“Sabes que te quiero Harry, pero no de esa forma”, le comenta una y otra vez Magaret Qualley / Elizabeth Weiland. Lástima, esa rubia de bote de veinte años fue su última bala, la última posibilidad de volver a estar de pie en la vida, de tener una esperanza de empaque; bueno, en realidad sólo era una ilusión más que se había creado para poder acudir un día tras otro al barbero. No queda claro en la película ni en la vida real si Ethan Hawke le dedicó una canción a esa muchacha con ansias de triunfo y una madre como carabina. No nos importa su final, incluso nos sobra su nombre, sólo sabemos que fue una sirena resplandeciente en el Nueva York de 1943 como aquellas jovencillas risueñas de las fiestas de Jay Gatsby.
En los pubs los desengaños se abandonan hasta caer en el limo de la indiferencia. Se desencajan. Estaban al límite y allí se deshilachan. Todo se aclara o se nubla. El mundo se arregla o se despeña. Tantas posibilidades había para lo uno como lo otro, lo mismo para salvarnos que para precipitarnos. En un pub todo tiene su solución, basta con afinar el lápiz, de dar la vuelta al calcetín; otra cuestión, y no menor, es el día siguiente.
Las siete. En dos horas me presento en el Milford y que sea lo que Dios quiera.


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