Odio las muletas. No aguanto ese tic-tac al apoyarse en el suelo de casa, de la calle, ese mal diapasón que me acompaña al subir y bajar —más peligroso— las escaleras. Voy anunciando al mundo que se acerca un lisiado, un impedido, pidiendo espacio; y ante la musiquilla, los viandantes me dejan paso como a Moisés las aguas del Mar Rojo.
El ciudadano que se ha girado ante la molestia de las muletas caídas se pregunta qué me habrá pasado para calibrar la molestia. Porque no es lo mismo —ante una cicatriz de 44 grapas— si te han operado por una caída mientras esquiabas en Les Diablarets o por un absurdo accidente de tráfico. Pocos me preguntan en alto la causa, te miran de arriba abajo y siguen a lo suyo.
Tiene, esto de las muletas, también sus ventajas: te cuelan en las colas adormiladas de Atocha, aprendes a vivir en la lentitud del ya llegaré y llevas con resignación ese bofetón de la vida que te pone en tu sitio, sin saberse bien cuál es, ni ahora ni nunca.
Un cojo de muletas, ese cojitranco circunstancial, se aburre por la mañana y por la tarde. Te quedas guardando la casa mientras los demás chapotean en la piscina o hacen el muerto panza arriba en el mar; te cansas de leer, de ver la televisión, de hacer solitarios, de hacerte trampas al solitario, de intentar acabar un crucigrama; no acabas de dormir una siesta aseada, miras otra vez el reloj, y el móvil, te hartas de seguir la caía de las hojas del ficus en un tremolar indiferente y fijarte en los silenciosos ejércitos de hormigas que amenazan con trepar hasta la cama en noches de absoluto insomnio.
Eso sí, no me había fijado muy bien en la elegante lentitud con que los gatos se pasean a las siete de la tarde de un jueves de julio. Isabel te ha dicho “¿sabías que los gatos posan sus patas traseras exactamente sobre las patas delanteras?”. No. ¿Y? Nada, vuelve la abulia.
“Peor hubiera sido tener que usar muletas en días de lluvia”, te consuelas. “Ya, y aún peor con nieve o granizo”. Ojalá una pequeña brisa aliviara mi pesar, pero no.
Y no digamos el engorro de contestar los mensajes de bromas tan sagaces tipo “¿cómo andas?”, “vaya mala pata”, “qué tal, Cojo Manteca”. Así que silencias todo con la autoridad que te otorga ser un hombre… defectuoso.
Las muletas son unas piernas prestadas. Has de calzártelas para ir al baño en la oscuridad de la noche con miedo a tropezarte con unas sandalias, con una pata de la cama, con la puerta cerrada o, desnortado, con una pared. Cumplido el objetivo te dejas caer sobre las sábanas ardientes, exhausto, totalmente despierto y con la seguridad de que no cogerás el sueño interrumpido, ese en el que te dejas llevar pendiente abajo en una bicicleta verde Orbea con las piernas abiertas y el flequillo alborotado, la mejor metáfora que conozco de las vacaciones adolescentes.
Y después vendrá el bastón. Vi uno precioso, fino, de época, hace una semana en un mercadillo de antigüedades en Vila Real de Santo António. 385 me pedían. No tuvo piedad. El feriante no se apiadó de mí, postrado como estaba en una silla de ruedas. “Se puede negociar”, añadió conciliador. Ni le contesté, claro. Pero a menudo me acuerdo —antes del primer resplandor del día, en la cola de la pescadería, en la barra de un bar mirando cómo tiran una cerveza helada— su empuñadura de plata con forma de una muy noble cabeza de dragón y con dos colmillos de marfil (¿tenía dos rubís como ojos?).
“Sería otro”, me digo. Un bastón así te convierte en alguien con cierto porte, en un enigma, en un sabio de la vida. Y me acordé de la estampa de Antonio Saura en mitad de una calle de Prosperidad hace muchos años, solo, como esperando algo o a alguien, ensimismado, al trasluz, sin ser dueño de sí, contemplando el pasado desde el futuro.
Pero la realidad es más prosaica. ¿Ponerte un pantalón? Ha de ser corto, por supuesto, para que cicatrice la cornada, con muchos bolsillos y amplio; y para calzártelo has de sentarte al borde de la cama, tirarlo al suelo, acercártelo con la contera de una muleta e introducir como un mago el pie izquierdo con la paciencia del santo Job. Y, mientras, te sientes un poco Daniel Day-Lewis en Mi pie izquierdo. En otra película, ésta en blanco y negro y de la que apenas recuerdo alguna escena, un grupo de chavales, tras una fechoría, corría riéndose calle arriba orgullosos de su desmán. Detrás, algo alejado, iba un muchacho rengo con dos muletillas, a trancas y barrancas, jadeando y gritando entrecortado “¡esperadme, esperadme!”
Ya sólo me quedan cuatro semanas, en principio. Ya estoy echando de menos los desvelos de Isabel y hasta el aburrimiento de este verano aburrido, el sofá, la mesa redonda de piedra, las hojas de las acacias, el jazmín que hace de umbral en la puerta, los cinco escalones que he de ganar hasta allí, los cantos absurdos de las tórtolas africanas y “con mi pensamiento sigo el movimiento / de los peces en el agua”.
Ya solo quedan diez días para tirar al mar una muleta, como algunos peregrinos arrojan en los acantilados de Finisterre sus botas tras culminar el Camino. Y cuando termine, si esto acaba alguna vez, seré un cojo imaginario que en la noche busca a ciegas la ilusión de la luz.
—¿Cómo vas?
—Ahí le ando.


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