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Lujuria

LOS TRECE ESCALONES, LXI: LUJURIA

[Imagen: Inés Valencia]

Los Tamayo habían sido siempre unos golfos legendarios. Desde el bisabuelo Andrés, que sembrara la provincia entera de bastardos de ojos grises, hasta Jaime, el último del clan, aleccionado desde niño en la idea de que una cara como la suya no acepta un “no” por respuesta. No se podía negar, eran bien parecidos, todos. Siempre lo habían sido. Presumían de ello sin pudor alguno. El abuelo Germán, a decir de muchos, logró la hazaña de seducir a seis mozas el invierno de La Nevadona, incluyendo la mujer y la hija del alcalde. Alguno se sorprendió de que tan esforzado galán no apareciera en el río con las tripas por fuera. Adolfo, su primogénito, lo explicaba a cualquiera que quisiera escucharle.

—No hay cojones en este pueblo de cornudos —bramaba—. El que saca la navaja está confesando su deshonra. Por eso se callan todos. Sobran muchos y faltan machos.

Lo cierto era que, en torno a los Tamayo, flotaba una nube de maleficio, hasta el punto de que las mujeres les creían irrevocables. Era tan grande su leyenda, tan repetidas sus proezas, que cada muchacha crecía resignada a ellos, como parte de un destino que no se podía esquivar. Antes o después, solteras o casadas, adolescentes o ya matronas, todas terminaban pagando el tributo, cumpliendo con aquella suerte de rito iniciático. Ni siquiera se lo cuestionaban ya, porque hasta el Padre Venancio, que era un santo y un bendito, se había rendido hacía tiempo, convencido de que sus sermones contra los pecados de la carne provocaban más risa que temor en aquel pueblo de sátiros.

—La lujuria de esos cabrones no conoce límites —murmuraban los otros, entre admirados y resentidos—. Ninguna se libra, guapa o fea, con luces o sin ellas. Nada les frena. Es como si en este pueblo hubiera derecho de pernada.

—Lo que hay en este pueblo es mucho cobarde —protestaba Juana, acodada en el mostrador de la cantina con sus brazos de estibador—. Cómo se nota que el dinero y las tierras son de ellos. Se creen con derecho a todo y aquí nadie les tose.

—¡Pero si la culpa es vuestra, que os ofrecéis sin más! —replicaban los parroquianos, disimulando su inquina—. ¡Si sois todas iguales!

—Todas, no —recalcaba ella, sacando pecho—. Aquí hay una que no pasó por el aro.

—¡Porque a ti no te quieren ni los Tamayo, desgraciada!

La discusión terminaba siempre entre risotadas crueles, con Juana lanzando platos y con su marido, Damián, abochornado en un rincón. Era tal el miedo a aquellos caciques libertinos, tal la resignación a que hicieran su voluntad, que la única mujer que los había enfrentado no era digna de respeto, sino de burla. Para Damián, que Juana fuera una excepción no constituía motivo de orgullo. Era una vergüenza con la que debía cargar, casi una afrenta personal. La constatación de que su mujer no valía nada. Juana tuvo que vivir muchos años soportando chanzas y comentarios llenos de lástima. Señalada, como si padeciera una terrible deformidad. Ella fue la única, la diferente. Al menos, hasta que pasó lo de Liliana Olmedo.

Liliana era bonita, eso lo sabían todos. Tenía la piel blanca y hermosa, sin defecto alguno, el pelo negro como el carbón y unos ojos verdes que enamoraban. Además, era risueña y tranquila, como lo son las criaturas que nacen sin malicia.

—Es cortita —musitaba su abuela, con pena.

—Es inocente —corregía el abuelo, que no podía quererla más.

A Liliana era imposible no quererla. Porque canturreaba siempre, como los ángeles despistados, porque acunaba a los niños hasta dormirlos, abrazaba a los ancianos tristes, amansaba a las bestias con sus caricias, y encontraba las flores más bonitas para la Virgen de la Ermita. La madre había muerto en el parto, y el padre, mirando a aquella chiquilla de semblante sereno, sólo podía rogarle a Dios que creciera despacio, o que no creciera.

—Ojalá no fuera guapa —musitaba a veces, con un temblor en la barbilla.

—Como si eso la fuera a librar —suspiraba la abuela, sin lágrimas.

Liliana floreció a los quince años como un cerezo, y, desde ese día de finales de abril, todo San Esteban empezó a elucubrar cuál de los Tamayo se cobraría su virtud. Jaime, que contaba entonces veintisiete inviernos, la reclamó como suya. Y empezó el asedio. Sólo que, una y otra vez, sus galanterías, obsequios y exigencias se dieron contra un muro de absoluta indiferencia, igual que una ola que rompe sin descanso sobre un dique. La obsesión de Jaime fue en aumento, y, cosa insólita hasta la fecha, perdió el sueño, el humor y el apetito.

—¿Cuándo se ha visto tanta gazmoñería? —le increpó Adolfo, humillado—. Si tanto te gusta, la tomas por la brava, que para eso son las hembras. ¿Qué se ha creído, la atontada esa? A un hijo mío ninguna presumida le hace ascos. Y, menos aún, la hija de un cabrero.

Liliana desapareció a finales de verano, y, el primero en buscarla, fue Lisandro. Aquellos dos habían nacido con apenas tres días de diferencia, hijos de madres mellizas. La de Lisandro, por fortuna, no había corrido la misma suerte que la de Liliana, sobreviviendo al parto con buena salud y sin mayores secuelas. Sólo que el azar, a menudo, se empeña en tejer con hilos macabros. En casa de los primos, la parca respetó a la mujer, pero no al marido, que, teniendo su vástago apenas un par de meses, se despistó en la niebla y acabó sus días despeñado en un barranco. Aquel cúmulo de desgracias compartidas unió con lazos indestructibles a los dos chiquillos, cada uno huérfano de un progenitor. Lisandro, que, para compensar la candidez de su prima, era avispado como un zorro, se juró que la cuidaría siempre. Por eso cuando, tras una semana de búsqueda, el Padre Venancio apareció en la puerta de los Olmedo retorciéndose las manos, Lisandro entendió que había faltado a su palabra más sagrada. Y supo, además, que no alcanzaría la sangre de todos los Tamayo para vengar la muerte de Liliana.

La pena cayó sobre el pueblo como una mala sombra. Aparte de eso, nadie dijo nada. Lisandro, que no había soltado ni una lágrima, esperó. Esperó, paciente y frío, a que los Tamayo se confiaran. A que dieran por sentado que, una vez más, ni un alma les iba a plantar cara. Y, entonces, salió en plena noche, con la vieja escopeta de su padre al hombro y los cartuchos de posta lobera en el bolsillo. Sabía muy bien dónde encontrar a Jaime.

Le guio una especie de poder sobrenatural. Un vago olor a lirios, que flotaba en el aire. En la cabaña de Juan el Zurdo, bien apartada al otro lado del río, un farol titilaba acusador en la tiniebla. Cuando Lisandro entró, Jaime tenía a la mediana de los Arriaga tirada de bruces sobre el heno, con la falda remangada y el espanto en los ojos. Le estaba tapando la boca con su manaza, y tan metido en faena que ni le sintió llegar. Ella sí. Ella le miró, suplicante. El chasquido de la escopeta alertó a Jaime. Soltó a la muchacha y se puso en pie, tratando a la vez de recomponerse la ropa y de levantar los brazos. Lisandro le hizo un gesto a la chica.

—Vete —ordenó.

Ella no se hizo de rogar.

—Rosa… —rogó Jaime, temblando—. ¡Rosa! Pide ayuda… ¡Rosa, por tu madre!

—Ni por su madre ni por la tuya, cabrón —masculló Lisandro, mirándole con sus mismos ojos grises—. No va a decir nada. Empieza a rezar, porque te queda un minuto.

Jaime cayó de rodillas, sollozando sin pudor.

—Por favor… te lo suplico —balbuceó —. Yo la quería. Te juro por Dios que la quería. Es este… fuego de Satanás que nos come las tripas. A veces uno pierde el control, aunque no quiera. Tú me entiendes, seguro, porque ya eres un hombre. Yo sólo… yo sólo quería besarla. Te lo juro, Lisandro. Pero ella no… ella no paraba de empujarme y de gritarme “no, no, no”, y entonces… creo que perdí los nervios. Ni me di cuenta de que le estaba apretando el cuello. ¡Fue un accidente! Pero de verdad que la quería, te lo juro. La quería de verdad, más que a ninguna. Le dibujé un corazón en el pecho, así, con los dedos, ¿ves? Yo la quería, tienes que creerme… Te juro que…

El disparo sonó como un estruendo en el silencio del bosque. La cabeza de Jaime Tamayo estalló, igual que una sandía madura. Lisandro ni siquiera pestañeó. Se acercó al cuerpo, contemplándolo sin remordimiento. Soltó una risa amarga entre dientes y escupió en el suelo. Los sesos desparramados de Jaime también habían dibujado un corazón.

Volvió a colgarse la escopeta y salió. Aún tenía que localizar a los otros seis, repartidos a buen seguro entre pajares y huertas. Sólo dejaría con vida a Adolfo, para que rabiara de dolor enterrando a toda su estirpe. Al menos, a la legítima. Lo que pasara después, le daba igual. Se iría por el monte hasta Castrollano, y, con suerte, lograría subir a un barco. Había muchos pueblos por el mundo. Buscaría uno bien lejos, rodeado por la selva. Un pueblo verde. Como los ojos de Liliana.

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