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Making of de «Julia está bien»

Making of de «Julia está bien»

Siempre me he considerado más lectora que escritora y creo que, aunque pueda sonar paradójico, fue así como surgió la idea que cimienta Julia está bien, precisamente porque soy lectora. Cuando digo que soy lectora me refiero a que soy lectora editorial. Esto es: la que es mi actual editora, Carmen, me enviaba manuscritos y, a cambio, yo le devolvía informes de lectura valorando los pros y los contras de la obra en cuestión. Algo tuvo que encontrar Carmen en aquellos informes para que un día me invitase a comer. La idea de escribir una novela nació durante aquel par de horas delante de unos platos que ni siquiera recuerdo. El vino se me quedó algo más grabado, era tinto.

Como he mencionado en el párrafo anterior, yo nunca me había planteado ser escritora. De hecho, de pequeña quería ser veterinaria, o rica, lo que antes sucediese. Sin embargo, me marché de aquella terraza con la cabeza ligera a causa del Ribera del Duero, lo que propició que, durante aquel paseo, la idea de escribir una novela se instalase en mi cerebro. Se coló por un rincón con escasa vigilancia, para, pocos meses más adelante, adueñarse por completo de él, si bien yo seguía sin tener claro que pudiese escribir algo un poquito más digno que la lista de la compra. Esa sí que se me da bien: dos pilares perfectos cuyos ladrillos son nombres de alimentos y bienes escritos en caligrafía médica y siempre dejando un hueco al lado para poder poner una equis cuando el producto en cuestión está en el carrito. Lo clavo.

"Por primera vez me arriesgué, por primera vez iba a hacer algo que no sabía si sería capaz de hacer bien: escribir una novela"

A ver, centrémonos: a un lado teníamos a una editora de una reputada editorial, quien, además, editaba las obras de algunos de los autores más respetados (y vendidos) del panorama actual y, en el otro lado, estaba yo, cuyo único contacto con las letras eran los libros que leía y los informes que escribía… Como currículum lo veía flojo, pero la susodicha editora creía que tenía algo que contar y, aún más importante, creía que podía hacerlo bien. Por lo menos tenía que intentarlo. Si no era capaz de rellenar los suficientes folios con una historia que mereciese la pena ser leída, siempre podría seguir adelante con mi vida como si nada hubiese sucedido. Al fin y al cabo, mi ego no estaba en juego, porque, como ya he dicho, nunca me había planteado ser escritora. Mi zona de confort se encontraba circunscrita a la lectura, ahí era imposible que lo hiciese mal.

Aclaremos algo: siempre me ha gustado jugar sobre seguro, hacer las cosas que sé que puedo hacer o aquellas que me veo capaz de hacer, y me he mantenido a una distancia más que prudente de las que me generan dudas. Sé con seguridad que no sería capaz de tirarme desde un puente, así que, ¿para qué intentar hacer puenting? Es absurdo. Fracasar por fracasar es someter a suicidio a la propia autoestima.

Pero. Y qué gran pero. Por primera vez en mi vida me salté mi propia norma, por primera vez me arriesgué, por primera vez iba a hacer algo que no sabía si sería capaz de hacer bien: escribir una novela.

Muy bien, dado el salto, ahora sólo me faltaban las alas para volar: necesitaba una historia que contar.

Y creí tener un buen punto de partida.

Remontémonos a unos cuantos años antes de aquel almuerzo con mi editora:

2015, Interior, día. Un hombre y una mujer charlan en un sofá, ella acaba de regresar de visitar a su abuela.

Mujer: ¿Te he contado lo de que mi abuela fue espía?

Hombre: No, ¿cómo que espía? Cuenta, cuenta.

Mujer: Bueno, no fue espía, eso es una coña que teníamos mi hermano y yo de pequeños… mi abuela la espía. En realidad, lo que pasó fue que, tras la Guerra Civil, tuvo que pasar información a los presos de la cárcel, la colaba metida en una tartera con doble fondo.

Hombre: ¿Pero qué información pasaba?

Mujer: ¡Ah! Es verdad, no te lo he dicho. Pues a ver, los presos no sabían los cargos de los que se les acusaba, a ella le hacían llegar la defensa y después la metía en la cárcel, escondida en la tartera, cuando iba a visitar a mi abuelo, que entonces era sólo su novio… Salvó a muchos hombres de ser condenados a muerte.

Hombre: Ahí tienes una novela.

Y aquel hombre tenía razón, ahí había una novela.

Luego todo fue muy distinto a lo que yo esperaba. Una vez di el paso de sentarme frente al teclado y superé el famoso bloqueo del folio en blanco, la historia empezó a salir a borbotones. Porque era una buena historia, porque hablaba de una de las personas a las que más he querido, mi abuela, y porque la historia realmente era mía. Me di cuenta de que había pensado que estaba saltando sin red, y sin embargo había algo que me sostenía, algo muy sólido: una novela que estaba ya ahí, esperando solamente a que yo empezara a escribirla.

"El lector encontrará una historia que es pequeña y grande al mismo tiempo"

Y así surgió Julia está bien, una novela que rinde homenaje a mi abuela y a todas las mujeres valientes de su época, al mismo tiempo que habla de otra generación, la mía, con todos sus miedos y sus dudas. El lector encontrará una historia que es pequeña y grande al mismo tiempo, la de dos mujeres que, en un momento inesperado de sus vidas, descubrirán que necesitan contar y escuchar, y así encontrarán en su relato la fuerza para despedirse de la vida, en el caso de la anciana, y para seguir viviendo, en el caso de su nieta.

Hoy, cuando la novela lleva ya algunas semanas a la venta, puedo decir que he recibido muchos mensajes de lectores que me cuentan que han visto reflejada en las páginas de Julia está bien la historia de sus propias familias. Y no puedo más que agradecer que alguien me dijera que tenía una historia que contar y que debía hacerlo a mi manera.

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Autora: Bárbara Montes. Título: Julia está bien. Editorial: B. Venta: Todos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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