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De cómo me embarqué en la “Trilogía Morel”

De cómo me embarqué en la “Trilogía Morel”

Conocí la importancia del silencio muchos años después de haber salido de mi país con boleto sin retorno. Mis últimos años en Venezuela navegaron el tumulto y la bulla, y sobre todo, la constante ansiedad por la supervivencia. Mi vida entonces transcurría inventando talleres de creación literaria y escribiendo libros anónimos para una editorial de venta masiva. Era un negroescritor. Mientras cerraba Bajo las hojas (Alfaguara, 2010) y nacía la idea de Jinete a pie (Lector Cómplice, 2014), también escribía sobre el arte del dominó, sobre el poder y la energía de las esencias, sobre ángeles y arcángeles, y cualquier otro tema que el editor pensase que podría venderse fácilmente.

Fue una gran experiencia. Creé, junto a mi esposa y mi hermana, una mesa de trabajo para obtener información, hacer investigaciones y construir las estrategias para elaborar esos libros y satisfacer las urgencias del editor, que siempre andaba apurado, pensando en nuevos temas. A veces llegamos a trabajar en dos libros al mismo tiempo. Un día me dijo «hay que escribir libros esotéricos». Yo pensé entonces en libros de espiritismo, en la metafísica, en Allan Kardec, pero él de inmediato puso el tema sobre la mesa: «Yoruba», dijo. Sentí un escalofrío, no por superstición, sino porque se revelaba ante mí una escena obvia, recurrente: la proliferación de la santería en aquel momento en Venezuela.

"Hablo de una realidad de espantos, de conjuros, profanaciones, de invocación de los muertos. Nada de eso es extraordinario en la Venezuela bolivariana"

Los venezolanos habíamos tenido una tradición más cercana a los rituales sincréticos de María Lionza y a la espiritualidad yoruba más ortodoxa. Pero de un tiempo a esa parte, los rituales que se sabía ocurrían en las afueras de Caracas, por los caminos de la represa La Mariposa, y en las montañas de San Antonio, las profanaciones de tumbas e incluso el acto oficial de exhumación de los huesos no sólo de Simón Bolívar, sino de su familia, exigían de nosotros algo más que un tratado sobre Santa Bárbara bendita Changó.

De esa forma cayeron en mis manos dos libros maravillosos, que siempre había visto con prevención: hablo de El Palo Monte y El Monte, escritos por Lidia Cabrera. Dejando aparte los conjuros mágicos, encantamientos y hechizos, Lidia Cabrera recoge lo que a mi entender es el estudio más completo e interesante (antropológico), sobre la tradición africana transmitida oralmente a la cuenca del Caribe y a Brasil.

Escribir esos libros encantó mi imaginación. Por entonces ya venía jugando con la visión sectaria de algunos grupos que estudiaban a Carl Jung y estaba leyendo sistemáticamente a Bioy Casares. Allí tenía los ingredientes del coctel que me permitió elaborar el trago.

Una vez cerrada Bajo las hojas, mi última novela publicada estando yo en Caracas, y preludio lo que he llamado «La trilogía Morel», que comienza con Jinete a pie y ahora continúa con El arreo de los vientos (Kálathos, 2021), me imbuí en el contexto de una Venezuela que todo el mundo veía y vivía. No hablo de realismo mágico ni de real maravilloso, hablo de una realidad de espantos, de conjuros, profanaciones, de invocación de los muertos. Nada de eso es extraordinario en la Venezuela bolivariana. Aunque para quien mire desde afuera le resulte difícil de asumir, todo aquello se había convertido en la realidad oficial, en la narrativa del poder.

No quiero que se me confunda: respeto la tradición yoruba y respeto a Carl Jung. Recomiendo vivamente los libros de Lidia Cabrera a todo el que quiera estudiar seriamente la herencia africana en nuestra cultura.

"¿Estas novelas son exclusivamente para ser entendidas por venezolanos? La respuesta es no"

A lo que me refiero es a la manera en que eso se materializó en la dinámica del poder, que terminó distorsionando esa tradición, manipulándola y exacerbando la perversidad de lo que tergiversaba. Todas las cabezas de gobierno y líderes del partido oficial montaron su muerto, tenían su ganga, desde el entonces presidente de la república hasta los alcaldes de los pueblos más pequeños del país.

Tras esta exposición, se podrá entender el porqué y el cómo de la “Trilogía Morel” y creo que me he quedado corto. Aun faltaría por escribir, por ejemplo, las extrañas circunstancias que rodean la muerte de Robert Serra, uno de los líderes beligerantes del chavismo, asesinado en lo que parece haber sido un ritual donde se conjuraba al inframundo. No exagero al afirmar que los asesinatos políticos en la Venezuela de los últimos veinte años han sido ofrecidos a una deidad o a un muerto. Así continúa la jornada hacia el tercer libro de la trilogía: La torre invertida. Porque no es la figura del vampiro lo que me interesa, sino aquellos elementos, pongámosle el adjetivo de macabros, convertidos en figuras familiares en el paisaje espiritual y material de los venezolanos.

Entonces, la pregunta a responder sería: ¿estas novelas son exclusivamente para ser entendidas por venezolanos? La respuesta es no. Pues ellas establecen las coordenadas y buscan dibujar los elementos de un paisaje habitado por arquetipos familiares, pues la bruja, el vampiro y las lamias han recorrido los cuatro vientos y los siete mares del mundo materializándose en lo que Hannah Arendt llamó “la banalidad del mal”.

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Autor: Israel Centeno. Título: El arreo de los vientos. Editorial: Kálathos ediciones. Venta: Todostuslibros 

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