Durante décadas, Lydia Cacho fue una de las voces más incómodas y valientes del periodismo latinoamericano. Sus investigaciones sobre la trata de personas, la violencia contra las mujeres y las redes de poder la llevaron a los tribunales, al exilio y a convertirse en un símbolo internacional de la defensa de los derechos humanos. Ahora, sin abandonar esas preocupaciones, da un paso hacia la ficción con Un halcón bajo mi ventana (Lumen), una novela ambientada en el México convulso de los años sesenta y setenta donde una adolescente descubre al mismo tiempo el amor, la libertad, la política y el deseo.
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—En Un halcón bajo mi ventana hay violencia, memoria, política, feminismo, pero también una enorme ternura. ¿Por qué era importante contar una historia así desde ese lugar?
—Porque la ternura es una forma de resistencia. Conforme pasan los años he aprendido a nutrirla y a conservarla. Creo que el instinto de supervivencia se sostiene sobre dos pilares: la conciencia y la ternura. Si perdemos la capacidad de sentir afecto por las personas, por la naturaleza o por la belleza, terminamos perdiendo también las ganas de vivir. Y todos, en algún momento, nos preguntamos si merece la pena seguir habitando un mundo tan caótico.
—Has elegido como protagonista a una adolescente. ¿Por qué Julieta?
—Porque Julieta llegó sola. Yo tenía muy claro el contexto histórico en el que quería situar la novela: el México de 1968 a 1978, los movimientos estudiantiles, la lucha por los derechos civiles, la guerra de Vietnam, todo aquel impulso libertario que acabaría desembocando en los movimientos de derechos humanos. Pero una mañana me senté a escribir, puse el título en la libreta y apareció la primera frase de Julieta. Empezó a hablar y comprendí que tenía que seguirla.
—¿Por eso la novela está escrita en primera persona?
—Exactamente. No fue una decisión técnica. Llegó así. Intenté otras fórmulas, incluso jugué con distintas voces narrativas, pero siempre terminaba regresando a la mirada de esa adolescente que intenta comprender quiénes son las mujeres y los hombres que la rodean y qué mundo están construyendo.
—Después de tantos años dedicada al periodismo, ¿qué te permite contar la ficción que no te permite contar el reportaje?
—La ficción me permite explorar zonas emocionales y humanas que el periodismo no siempre puede alcanzar. Durante años intenté escribir una novela y fracasé porque estaba demasiado pendiente de demostrar cosas. Quería contar lo que había visto en guerras, en investigaciones, en conflictos. Pero esa no era mi voz. Cuando apareció Julieta comprendí que debía escribir desde otro lugar, desde una verdad emocional más profunda.
—Una verdad que tiene para ti un alto precio: las amenazas, el exilio, las listas, esa idea terrible de que hay gente para la que vales más muerta que viva. Pero me hablas, sobre todo, de carga emocional. ¿Qué es para Lydia Cacho el miedo?
—No lo sé. Hace muchísimo tiempo que no siento miedo como lo entiende la mayoría de la gente. Cuando has sido víctima de tortura, el miedo alcanza una intensidad tan brutal que rompe algo por dentro. Es una fractura interna casi imposible de explicar para quien no la ha vivido. El cuerpo entra en un estado de pánico tan profundo que ya no procesa el peligro de la misma manera.
—¿Entonces no tienes miedo?
—Tengo entrenamiento para medir el peligro. Sé ver los riesgos, los míos y los de otras personas. Puedo reconocer cuándo alguien está en peligro y actuar. Pero eso no es miedo. No me da miedo que me maten ni morirme. Lo que me produce una angustia profunda es perder la memoria. Porque si pierdo la memoria, alguien podría tomar decisiones sobre mi libertad. Y por mi libertad he peleado toda mi vida.
—La memoria, entonces, no es sólo un tema literario.
—No. Es una de mis grandes obsesiones. Esta novela también trata de eso: de recuperar la memoria, de no permitir que nos la arrebaten. Porque cuando pierdes la memoria pierdes también una parte de tu libertad.
—La novela está llena de historia política, pero nunca parece una novela ideológica.
—Porque huyo del maniqueísmo. No soporto los personajes que existen para dar lecciones al lector. Quería que quien leyera la novela acompañara a Julieta en una aventura humana. Después, si al terminar recuerda que muchos de los hechos históricos ocurrieron realmente, mejor. Pero la literatura no puede convertirse en un sermón.
—En la novela conviven una madre feminista y un padre militar. ¿Buscabas ese equilibrio?
—Sí. El padre es un hombre que intenta reinventarse. Proviene de una tradición militar muy rígida, pero se enamora de una mujer libre y empieza a cuestionarse muchas cosas. Me interesaban precisamente esas contradicciones. Los seres humanos son complejos. Nadie es solamente una ideología.
—¿Qué relación existe entre la educación sentimental y la educación política?
—Son inseparables. La educación sentimental siempre acaba siendo política. Desde muy pequeños descubrimos que otros intentan decidir sobre nuestros cuerpos, nuestros deseos y nuestras ideas. La adolescencia es el momento en que empezamos a rebelarnos contra eso y a reclamar nuestra autonomía.
—¿Crees que las escritoras están contando la historia desde un lugar distinto?
—Creo que muchas mujeres hemos construido una épica diferente. Durante siglos la gran aventura fue la conquista, el viaje, la guerra. Nosotras hemos contado otra clase de heroísmo: el de quienes sostienen la vida cotidiana, la memoria familiar y la supervivencia colectiva. No es una épica menor. Es una épica distinta.
—¿Qué es hoy para ti el feminismo?
—Un movimiento por la libertad. Empezó siendo una lucha para que las mujeres fueran reconocidas como sujetos plenos y sigue siendo eso. Libertad para vivir, para pensar, para disentir y para ser diferentes. Si el feminismo deja de defender la libertad, deja de ser feminismo.
—Después de tantos años de activismo, exilio y periodismo de investigación, ¿desde dónde escribe hoy Lydia Cacho?
—Desde un lugar nuevo. Llegué a Málaga después de años muy difíciles y aquí recuperé algo que había perdido: el gozo de vivir. Un día, mientras escribía la novela mirando los Montes de Málaga, pensé: “Estoy viva. Estoy bien”. Y comprendí que había comenzado otra etapa. Quizá esta novela sea precisamente el relato de ese renacimiento.





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