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Vicente Zabala: “Morante ha convertido su dolor en una forma superior de arte”

Vicente Zabala: “Morante ha convertido su dolor en una forma superior de arte”

Acaba de publicar Morante: Cada tarde una exclusiva (Debate), un libro que es mucho más que una biografía taurina. El periodista taurino Vicente Zabala de la Serna acompaña al torero sevillano en uno de los momentos más complejos de su vida: la lucha contra la enfermedad mental, la pérdida de memoria provocada por los tratamientos y el regreso milagroso a los ruedos. El resultado es un retrato humano de José Antonio Morante de la Puebla, una inmersión en la fragilidad, el genio y el misterio de una de las figuras más fascinantes de la tauromaquia contemporánea.

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—Al leer el libro uno tiene la sensación de que intenta bucear más en el hombre que en el torero. ¿Era esa la intención?

"Está sometiéndose a un tratamiento de electroshock para combatir su enfermedad mental, y uno de los efectos secundarios ha sido la pérdida de memoria"

—Sí, porque en Morante resulta imposible separar una cosa de la otra. El libro nace precisamente de esa complejidad. Arranca el 6 de febrero de 2025, durante la presentación de los carteles de San Isidro. Morante está en una esquina del escenario y rompe a llorar. En ese momento está sometiéndose a un tratamiento de electroshock para combatir su enfermedad mental, y uno de los efectos secundarios ha sido la pérdida de memoria. Aquella imagen me impresionó muchísimo. Lo extraordinario es que apenas un mes después tenía que reaparecer en Olivenza. Yo pensaba sinceramente que era imposible. Había cortado la temporada anterior en agosto, estaba atravesando una situación muy delicada y sufría las consecuencias del tratamiento. Sin embargo salió, volvió a vestirse de torero y acabó firmando una temporada histórica. Ahí aparece una paradoja casi milagrosa: un hombre que pierde la memoria personal y que, sin embargo, es capaz de recuperar en la plaza toda la memoria clásica del toreo. Ni siquiera recordaba algunas de sus grandes faenas. Había olvidado episodios fundamentales de su carrera. Por eso el libro acaba siendo también una reconstrucción de la memoria.

—¿De ahí surge el impulso de la escritura?

—Exactamente. En una entrevista me dijo una frase que me dejó marcado: “Un torero sin memoria es como un álbum sin fotografías”. Aquello era devastador. Después, Álvaro Núñez Benjumea, ganadero y amigo suyo, me llamó para pedirme crónicas antiguas, porque Morante no recordaba determinadas tardes ni determinados toros. Me di cuenta entonces de que estaba ocurriendo algo extraordinario: había que reconstruir la memoria de un hombre a través de los ojos de quienes lo habían acompañado. En este caso, a través de mis propios ojos como periodista. Ahí comprendí que la historia iba mucho más allá de una temporada taurina.

—¿Cuándo tuvo la certeza de que aquello debía convertirse en un libro?

"Durante mucho tiempo ni siquiera supe definir qué estaba escribiendo. Comprendí que era un viaje con Morante y hacia Morante"

—Después de un gran reportaje que publiqué tras acompañarlo durante cuarenta y ocho horas en un viaje desde El Puerto de Santa María hasta Pontevedra. Fueron días intensísimos. Coincidieron además con acontecimientos taurinos muy importantes y el reportaje tuvo una repercusión enorme. Cuando lo terminé, Vicente Ruiz, vicedirector de ABC, me dijo algo muy sencillo: «Aquí hay una historia más larga». Aquella frase fue el detonante. Más tarde me reuní con Miguel Aguilar y enseguida entendió el potencial del proyecto. Lo curioso es que durante mucho tiempo ni siquiera supe definir qué estaba escribiendo. No era exactamente una biografía. Tampoco un ensayo. Ni un libro de memorias. Al final comprendí que era un viaje con Morante y hacia Morante.

—¿Es, en realidad, un libro sobre la fragilidad humana?

—Me gustaría que se leyera así. Evidentemente habla de toros, pero también habla del dolor, de la enfermedad, de la resistencia y de la capacidad del ser humano para levantarse cuando parece derrotado. Hay algo que me impresionó mucho durante aquellos viajes. El pastillero siempre estaba encima de la mesa. Quince pastillas diarias. Aquello formaba parte de la rutina. Y sin embargo, él nunca escondía el tema. Nunca intentó maquillar lo que le estaba ocurriendo. Por eso le doy tanto valor a su actitud. En otros ámbitos culturales hablar de salud mental está ya normalizado, pero en el mundo del toro era casi un tabú. Morante decidió afrontarlo públicamente y hacerlo sin esconder las zonas más oscuras. Cuando reconoció que había pensado en el suicidio, aquello me estremeció. No era una declaración calculada. Era una confesión profundamente humana.

—¿Qué había perdido Morante durante esos años? ¿La memoria, la ilusión, las ganas de vivir?

"Creo que todo ese sufrimiento ha terminado enriqueciendo su tauromaquia"

—Fíjate que yo diría que ha ganado más de lo que ha perdido. Suena paradójico, pero creo que todo ese sufrimiento ha terminado enriqueciendo su tauromaquia. Hay una dimensión nueva en su forma de interpretar el toreo. Una profundidad distinta. Al principio del libro aparece una frase extraordinaria. Dice: “Siento que los toros me bordean como el canto de una puerta”. Es una definición poética de una sensación de extrañamiento, de irrealidad, de alguien que percibe el mundo desde un lugar diferente. Esa anomalía psiquiátrica (si queremos llamarla así) no ha disminuido su genio. Lo ha profundizado. Estoy convencido de que estamos viendo al mejor Morante de toda su carrera.

—¿Qué fue lo que más le sorprendió al convivir con él?

—Su capacidad para convivir con el dolor. El físico y el emocional. La temporada pasada fue durísima. Lo cogieron varios toros. Sufrió percances muy serios. En Pontevedra asistí incluso a las curas después de una cornada. Le vi salir del hospital prácticamente para volver a ponerse delante de los toros. Pero lo que más me impresionaba era la transformación. Había un Morante por la mañana, todavía acompañado por ciertas sombras, y luego aparecía otro cuando comenzaba a vestirse de torero. Como si la luz fuese ocupando poco a poco el espacio. Y siempre con sentido del humor. Incluso en el quirófano estaba haciendo bromas. Esa capacidad para reírse en mitad de la adversidad me parece uno de los rasgos más admirables de su personalidad.

—¿La enfermedad explica mejor al artista o hace todavía más misterioso su genio?

—Creo que lo hace más profundo. Morante siempre ha sido un torero extraordinario, pero ahora hay una dimensión nueva. Yo suelo decir que es un gallista que se explica por Belmonte. Tiene la amplitud y la visión de Gallito, pero la profundidad espiritual de Belmonte. Lo que más me fascina no son las suertes que ejecuta ni el repertorio técnico, sino la forma en que profundiza en el toreo. La manera en que se funde con el toro. Ahí es donde aparece el verdadero misterio de Morante.

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