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No se puede dar la vuelta atrás

Vidas librescas

En este mes de mayo habría celebrado su cumpleaños Concha Quirós, la librera de Cervantes, y como no cabe la opción de felicitarla en persona le brindo mi homenaje silencioso mientras navego por las páginas de la Miscelánea que la librería a la que dedicó toda su vida publicó el pasado mes de abril para reconocer su legado y agradecer sus desvelos. Me lo regaló su sobrino, Alfredo, cuando hace unas semanas volví por Oviedo después de que razones variopintas, pero fundamentalmente laborales y pandémicas, me impidiesen dejarme caer por la ciudad. Tuvo un punto de desolación entrar en la Cervantes sabiendo que no iba a encontrar a Concha y, lo que es peor aún, que en lo sucesivo nadie me podrá volver a dar noticias suyas. Al mismo tiempo, fue reconfortante comprobar que la vida no se había detenido en la calle Doctor Casal, que las novedades seguían habitando las mesas correspondientes y las estanterías continuaban bien nutridas de fondos. La Miscelánea viene a ser un totum revolutum de temas aparentemente inconexos que, a su manera, refleja bien el espíritu de la librería que lo inspira, un gran cajón de sastre en el que conviven los best sellers y las rarezas con la misma naturalidad con que los manuales técnicos entablan relaciones de buena vecindad con las ficciones menos convencionales. Hay apuntes sobre la vida de Dickens, citas de escritores célebres, un resumen de los nueve círculos del infierno dantesco, e incluso un breve compendio en el que se proponen excusas para que aquellas personas que no son nada aficionadas a la lectura puedan justificar su carencia. Hacia el final, se reproducen algunas de las firmas que Concha Quirós fue recopilando en su libro de visitas —Doris Lessing, Forges, Claudio Magris, Quino— y una lista que ella misma elaboró con cien títulos de la literatura universal que juzgaba indispensables y a la que de oficio se añade El Quijote, como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta la advocación del negocio que ella pilotó durante décadas. Abre el listado La Regenta, de Clarín, y lo clausura Drácula, de Bram Stoker. Quedan por en medio noventa y ocho obras —La metamorfosis, de Kafka; Ensayo sobre la ceguera, de Saramago; Frankenstein, de Mary Shelley; Olvidado rey Gudú, de Ana María Matute—, que ponen de manifiesto su curiosidad insaciable y su ausencia de prejuicios a la hora de enfrascarse en el vicio de leer. No tuvo Concha tiempo de coger entre sus manos los primeros ejemplares de esta Miscelánea, pero sí pudo echar un ojo a las pruebas de imprenta. Mientras la recuerdo yendo y viniendo por sus páginas, me llega la noticia de la muerte de Xosé Bolado, pocos días después de que el editor Pepo Paz me pusiera un correo anunciando la publicación inminente en Bartleby Editores de una antología de sus poemas que llevará por título Un pájaro tan ligero. A Bolado se lo quiere en Asturias por muchas cosas, pero principalmente por una coherencia ética e intelectual que constituyó la norma de su vida y lo llevó a presidir el Ateneo Obrero de Gijón, convertirse en uno de los principales estudiosos y divulgadores de la literatura escrita en lengua asturiana y acumular un importantísimo archivo sobre Rosario de Acuña que el año pasado acabó donando a la ciudad donde él había nacido, que fue la misma en la que ella murió. Cuenta Pepo que en sus últimos días, cuando ya se encontraba muy deteriorado y sabía que el final era inminente, Bolado pudo echar un vistazo a esta antología que pronto veremos los lectores, y ese detalle hace que su memoria se empareje con la de Concha en esta tarde que se empaña de melancolías. Nada malo se puede decir de dos personas que quisieron que sus vidas discurrieran entre libros y no encontraron mejor ni más lógico modo de agotarlas que regalando un nuevo libro al mundo.

Todos los tiempos

"Se mueren José Manuel Caballero Bonald y Francisco Brines con muy pocos días de diferencia y sus decesos certifican el final de la Generación del 50"

Se mueren José Manuel Caballero Bonald y Francisco Brines con muy pocos días de diferencia y sus decesos certifican el final de la Generación del 50, aquel grupo que pasó la poesía social por el filtro de la experiencia para dar forma a una nueva escuela que no ha dejado de alumbrar nuevos discípulos. Rescato de mi biblioteca el volumen Encuentros con el 50. La voz poética de una generación, que editó Miguel Munárriz en la década de los ochenta y que yo conseguí hace no muchos años en circunstancias que ni debo ni puedo confesar. Se trata, en esencia, de las actas de un congreso que el propio Munárriz —quien, por cierto, está a punto de publicar, si es que no lo ha hecho ya, una antología de sus textos en Zenda titulada La escritura contra el tiempo (Luna de Abajo)— organizó por aquellas fechas en el teatro Campoamor y en el que se dieron cita casi todos los miembros de aquel grupo al que hoy concedemos un estatus casi mítico, desde el fundamental Carlos Barral hasta el irrenunciable Ángel González, pasando por Jaime Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, José Agustín Goytisolo o Carlos Sahagún. Voy espigando en las transcripciones de sus ponencias y me encuentro esta aseveración de Brines: «Un poeta no debe imponer una moral, y aun a veces llega a conocerla en el ejercicio de la poesía, ahí se le revela.» Poco después, Caballero Bonald coge ese mismo hilo y reconoce: «Alguna vez pudimos escribir un poema o un fragmento de poema a partir de un artificio de retórica política. O sea, que tenía que contener alguna forzada dosis de beligerancia acusatoria. Y eso sí me parece ahora un dislate o un virus inoculado por la estulticia cultural al uso.» Podrían ser ambas declaraciones meros vestigios arqueológicos de una época abolida, pero qué vigentes suenan en esta época que atravesamos, en la que aquí y allá siguen escuchándose, a un lado y otro, proclamas a favor y en contra de determinados libros en función del mensaje que trasladan, o que al menos les atribuyen. «Otro tiempo vendrá distinto a éste», escribió Ángel González en su poema célebre. No sé si habrá que llevarle la contraria, ahora que ya no está él ni ninguno de los suyos, para reconocer que, al final, todos los tiempos se acaban pareciendo.

Manual para trascender el realismo

"Rescato de mi biblioteca el volumen Encuentros con el 50. La voz poética de una generación, que editó Miguel Munárriz en la década de los ochenta"

En algún momento de finales de 1975 o principios de 1976, Juan Cueto y José María Navascués mantuvieron una larga charla que acabaría convirtiéndose en el libro Una conversación con Navascués, en realidad el segundo de una serie de cuadernos sobre arte que publicaba la galería Tantra. Es un artefacto curioso porque no se ajusta del todo ni al formato de la entrevista ni al del ensayo, sino que se presenta como un guión de cine que sigue la estela de aquellas docu movies que tan en boga estaban entonces para proponer una aproximación, desde diversos ángulos, a la poética de un artista que empezaba a gozar de reconocimiento dentro y fuera de España y al que una muerte tan prematura como extraña privó de alcanzar el prestigio descomunal al que lo abocaban sus pasos. Una de las anotaciones del libro propone una secuencia que se desarrollaría en el interior del estudio que Navascués tenía en Somió, a las afueras de Gijón, y donde tan sólo se vería el texto que el propio artista escribía en una cartulina mientras sonaba de fondo el Hommage à Rameau de Debussy. «… pero el realismo llevado hasta sus últimas consecuencias también entraña un peligro. Para sobrepasarlo sólo se me ocurren dos maneras. Una hacerlo por arriba, es decir, coger el objeto y tomarlo como obra: exponerlo [tachaduras]. Aquí [ilegible] el video, el body art, los conceptuales… La otra, salir por abajo. ES LA QUE AHORA INTENTO. Fijar mi atención en el proceso mismo una vez perdida la inocencia. Pero me surge la trampa de la circularidad. ¿La trampa? Siento que unos significados me remiten a otros. Cada uno de ellos está provisto de una biografía pero lo que importa es el valor actual. Entonces siento [tacha esta última palabra] noto que unos signos, mis signos me remiten a otros signos, viejos, olvidados, y que el círculo se cierra, se clausura… Lucho contra esta encerrona [tacha la palabra], contra esta finitud [la tacha pero vuelve a escribirla] pero puede ser elástica. Sí. Finita, cerrada pero elástica. [Enciende un Winston. Relee lo escrito. Añade una coma en la quinta línea]. Ten en cuenta que continuamente están pasando cosas y que no cesa de transmitirse información. Como nuevos sumandos [reflexiona] a lo acumulado. El ensanchamiento del círculo es evidente [se detiene y añade después de ensanchamiento: de todas las maneras]. No se puede dar la vuelta atrás.»

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