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Palabras previas

El 1 de marzo de 2017 publicamos en Zenda La palabra sacralizada, del profesor de filosofía Román García Fernández sobre El escriba sagrado. Filosofía del origen de la Idea de Escritura, de Mariano Arias (Oviedo, 1961-2017), finalista del premio Nadal en 1991 con El silencio de las palabras y premio Juan Rulfo de cuentos con Il finimondo (1992). Este es el prólogo, titulado Palabras previas, que Arias escribió a su libro póstumo, Imagina Bosque Imagina, de reciente aparición en ediciones Trea.

Si es posible decirlo así, Imagina Bosque Imagina se podría definir como el relato de la percepción de lo que generalmente llamamos naturaleza en estado bruto, si tal estado y situación fueran posibles. Percepción del espacio natural aún no transformado por el hombre, aun con el riesgo consciente de que la mirada no es imparcial ni totalmente virgen o pura, y no desea instalarse ingenuamente en la observación de la naturaleza..

Asumiendo la realidad de esta ficción ―un recurso permitido por la razón― la mirada queda libre para esa inmersión espectadora en la naturaleza del bosque, entendida entonces ya no como inestable ni ajena ni estática sino como  lugar de reencuentro y conflicto de muy distintas fuerzas, entidades y manifestaciones, tanto en sus formas como en su evolución y espacio estético. Desde luego, tal mirada será la que perciba los fenómenos, el rayo primero de Sol en el horizonte, el trueno en la noche, el relámpago, el nacimiento del bosque mismo y la primera explosión de la tierra, la lluvia y el primer arco iris en el ojo de la conciencia. Aunque no se proponga explicar las causas posibles de cómo acontecen, pues tan sólo puede observar, estar ahí, sin prejuicios ni voluntad de dominio, eludiendo influir en ella. Para decirlo con otras palabras y otro tono: se ha situado en ese momento imposible, ni extraño ni mágico, cuando el primer hombre, o su antecesor, abrió los ojos a la luz, al color, a las formas múltiples del paisaje en el que ha nacido y del que forma parte indisociable, material, humanamente material.

"Será tal vez en la frontera entre la ficción y la realidad donde el anciano encuentre la razón de su vida de aventurero y viajero."

Pero el estado bruto al que se hace referencia, expresado en Imagina Bosque Imagina bajo la forma del género narrativo, no debe ser entendido de modo ingenuo, como metáfora gratuita o argucia retórica: el estado bruto podría acaso ser interpretado como el instante primero de la inocencia, no absurdo si se quiere, acaso ignorante, pero que lo es por cuanto desvela el primer clamor de la boca, del espíritu, cuando el hombre espiró el primer sonido, la primera palabra que despertó la naturaleza, que dio nombre a lo que percibía y lo denominó mundo, que era vida puede creerse.

En Imagina Bosque Imagina un anciano hablará de ese mundo, de esa primera palabra posible que el tiempo impresiona en la memoria, de lo vivido, de los proyectos y de los fracasos. Acaso porque no se desea vivir en ficción, sino vivir en la realidad, aun con el riesgo certero de caer en la locura. Tampoco se desea tácitamente el engaño de la parodia sino asumir la realidad.

El anciano va a revivir su territorio de la ficción, tal vez sin haber considerado entre sus proyectos que pudiera sobrevenirle tan ineludible pasión por el mundo de la imaginación, que es palabra, signo, imagen.

Un joven lector, contratado por el anciano cuando sus impedimentos físicos se han agravado con la edad, asumirá el encargo de mostrarle la visión personal de sus experiencias en ese mundo, en el que el bosque ocupa un lugar preferente; aún si su relato le hunda en melancolía, nostalgia o asentimiento firme, mas sincero en cualquier caso y capaz de traducirle la visión distante y diferente, la literatura y lectura que el anciano ha extraviado.

Se le ofrece, puede creerse, lo imaginario.

Será tal vez en la frontera entre la ficción y la realidad donde el anciano encuentre la razón de su vida de aventurero y viajero. Sólo cuando encuentre en la vejez y en la ceguera que le sobreviene la ausencia de imágenes y de palabras querrá hacer realidad esa ficción aun sin creer en ella. Él denomina al mundo exterior a él Naturaleza (sería más exacto hablar de naturalezas); pero es consciente de que quien se proponga expresar la visión de la Naturaleza, la del bosque en particular, deberá ayudarse de herramientas que tienen que ver con ideas y conceptos, con mitos, leyendas e historias, una literatura de géneros que recorre la historia del hombre y llega hasta el presente, el suyo desde luego y el de los otros, personas que como él asumen o no la ficción de sus vidas o la realidad de sus proyectos y visiones. Pero es consciente también de que la idea de hombre no es simple, cerrada, conclusa, sino que está delimitada por las distintas relaciones que este Hombre establece en ese territorio que denominamos mundo.

Mariano Arias

Así pues, el anciano escuchará el relato de quien ha elegido para emprender la tarea de descubrir el entorno de esa realidad, del bosque —ahora entendido como paradigma de un aspecto de la naturaleza, pero no como Árbol de la Vida ni Principio ni Gran Árbol—. Escuchará en la voz del lector la palabra que nombra a todos los árboles y al árbol, a las ramas y a las hojas, la palabra de la tierra y las estaciones del valle, también  la de las montañas, y el orden o la lógica de la percepción que la visión no ha confundido ni extraviado. De tal suerte que será deber del anciano confiarse a las palabras inequívocas, al espacio y al tiempo, a la poesía, a la iluminación mística, a nombres incrustados en los siglos por diferentes culturas en civilizaciones distintas: bosque ameno, Madre tierra, Paraíso, Edén, Isla de la Bienaventuranza, noche oscura, impenetrable, regalo de la naturaleza, muerte y vida, ser viviente que respira… o la nostalgia de una vida anterior prístina, feliz y paradisíaca… acontecida en el principio de la humanidad (¿un millón de años? ¿siete millones?), cuando el hombre en verdad aún no era hombre sino un primate o un homínido cazador, depredador incapaz de soñar la propia tierra que giraba a su alrededor.

"Pues sólo un insensato puede creer que sus palabras le pertenecen en exclusiva: tienen la antigüedad de los dioses y de los mitos."

Realmente inexistente el Paraíso que el anciano podría soñar y el lector le podría describir, y susceptible de metáforas, visiones virtuales, ficticias o reales, de ásperas esquinas y variadas literaturas (acaso toda metáfora no represente sino un mito expresado por signos), ese Paraíso se ha incrustado en la mentalidad de los tiempos y en el siglo que se inicia.

Se deberá interpretar pues con cautela y sutileza el despertar de la razón desde tantos ángulos como conocimientos se puedan adquirir de quienes desde la memoria oral y escrita perpetúan su tiempo heredado: esta sería la función del lector al cual el anciano debe escuchar y para cuya labor le ha encomendado en los días y horas convenidos.

Pues sólo un insensato puede creer que sus palabras le pertenecen en exclusiva: tienen la antigüedad de los dioses y de los mitos, la edad de la razón, la existencia y vida del hombre sobre la tierra. Él, acaso no sea sino una tilde en la historia de la literatura y el pensamiento.

Es suficiente. Quienes han interpretado el mundo desde enfrentadas o distintas concepciones del hombre y de la naturaleza estarán presentes en la memoria del anciano, también en la del joven lector. No hay otra forma de comprender el presente continuo que arrastra al hombre y sus pasos en la tierra, los proyectos fracasados o no. Ellos han hecho significativa la realidad material: desde Epicuro, Platón o Eurípides, Ovidio, Séneca o Virgilio hasta Dante Alighieri o Guido Cavalcanti; desde B.J.Feijóo, Miguel de Cervantes o William Shakespeare o San Francisco de Asís hasta Alexander von Humboldt; desde Benito Espinosa, Sebastián Munster, Juan Jacobo Rousseau,  Johann W. Goethe, Charles Baudelaire, Henry David Thoreau hasta Jean-Paul Sartre, Thomas Mann, William Wordsworth o Joseph Conrad; también  André Gide, Italo Calvino o los textos Upanishads… la leyenda de Gilgamesh hasta  los textos bíblicos, el Génesis… Estoicos o hedonistas, espiritualistas o místicos, materialistas o iluministas, humanistas o idealistas confluyen en el ahora del diálogo y nos definen al pensar con ellos y contra ellos si cabe.

Puede que entonces las naturalezas y el hombre puedan percibirse engarzados en los bornes de una cadena alambicada, ambigua, irracional y mística, sagrada también, confusa, de quebrada literatura y sinuoso surco para la inteligencia y la imaginación. Y a la vez, esa concepción del hombre apuntada anteriormente subyace en el relato.

Sirvan pues estas palabras de preámbulo a un largo recorrido ⎯complejo y audaz, sincero y crítico⎯, como fuga armónica de nuestras creencias acumuladas desde que el signo y el ojo, la palabra y la mirada entrevieron la Idea de Naturaleza como razón y como mito.

Y si la narración tiene interés desde luego le pertenecerá al lector tanto como al autor, pues sin compañía, afirmaba Séneca, no es grata la posesión de bien alguno.

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Autor: Mariano Arias. Título: Imagina bosque imagina. Editorial: Trea. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro