PERM. 1989

Una docena de prisioneros de Zenda celebran la publicación de El prisionero de Zenda por Zenda Aventuras. Publicamos de manera simultánea artículos sobre prisiones reales o imaginarias, sobre prisioneros o sobre la novela de Anthony Hope. A continuación, reproducimos PERM. 1989, un texto de David Vicente, incluido en su libro Esto podría ser un gambito de dama, pero es una canción de amor. Un capítulo que relata el viaje a la penitenciaria de Perm del agente de la KGB Víktor Bakatin, donde tendrá que cumplir una condena de siete años.

Víktor Bakatin viajaba esposado en la parte trasera del Transiberiano que le conducía a la penitenciaria de Perm. Le custodiaban cuatro agentes, que en otras circunstancias hubiesen sido subordinados suyos y hubiesen tenido que obedecer sus órdenes. En ocasiones la vida se carcajea en tu cara, y esta parecía ser una de ellas. Él, que tanto había contribuido con sus denuncias y actuaciones como agente del KGB a enviar gente a prisión, sin tan siquiera cuestionarse si sus condenas eran o no merecidas, si quizá eran exageradas, ahora estaba a punto de ingresar en una cárcel con un castigo que a todas luces era desproporcionado.

No se había molestado nunca en conocer una prisión por dentro. Tampoco sabía qué se iba a encontrar allí. Quería pensar que el Gobierno habría tenido en cuenta su condición de agente del KGB, y sus años de servicio, y dentro estaría sujeto a un régimen especial distinto al de los presos comunes. También quería pensar que su abogado estaba en lo cierto y los tribunales revisarían, a no mucho tardar, su condena. Plantearse seriamente la perspectiva de siete años privado de libertad era demasiado desapacible como para pensar que fuese a suceder de verdad. Así que suspiró y se convenció de que en muy poco tiempo estaría fuera de allí.

Desvió su vista hacía las ventanas del tren con la intención de distraer la mente con el paisaje. Estaban a punto de llegar a la primera de las paradas: Nizhni Nóvgorod. Al fondo, se podía intuir el Volga y las montañas de la cordillera de Dyátlov que, completamente nevadas, dibujaban una estampa de postal que hubiese disfrutado si el viaje hubiese sido de placer. A lo largo del camino se cruzaron con multitud de campesinos en carros de madera cargados de carbón o mujeres portando sacos a la espalda, que ponían de manifiesto las carencias de la vida en la Unión Soviética.

"Su corazón empezó a acelerarse dentro del pecho y las sienes comenzaron a latirle. Los pies se le movían inquietos casi de un modo involuntario y las manos traspiraban el sudor que provocaban sus nervios"

Era curioso: uno de sus sueños siempre había sido recorrer el Transiberiano de punta a punta, hasta el océano Pacífico. Nunca hubiese imaginado que lo iba a hacer de este modo. Aún quedaban muchos kilómetros para llegar a Perm. Aunque tampoco podía estar muy seguro de las horas ni la distancia que habían trascurrido: no tenía un reloj y era evidente que la relatividad del tiempo era mucho mayor perdida entre sus pensamientos y temores de lo que ya de por sí sería en circunstancias normales.

—¿Queda mucho para llegar? —preguntó, dirigiéndose al policía que tenía a su izquierda, por poseer rasgos más amables.

—Tómeselo con calma, es un viaje largo. Aún quedan más de cinco horas —respondió el agente secamente.

Víktor agradeció la deferencia que había tenido en el trato al llamarle de usted, a pesar de que en este momento no era más que un recluso.

Su corazón empezó a acelerarse dentro del pecho y las sienes comenzaron a latirle. Los pies se le movían inquietos casi de un modo involuntario y las manos traspiraban el sudor que provocaban sus nervios. Si estuviésemos hablando de otro tipo de persona, probablemente hubiese suplicado, quién sabe si incluso se hubiese desarmado del todo y hubiese llorado. Pero Víktor no era esa clase de tipos. Víktor era un hombre acostumbrado a mostrar entereza, y eso es lo que hizo. Imaginó al alemán Eckard Lenz castigándole el hígado mientras él buscaba desesperadamente las cuerdas en un intento vano de zafarse de los golpes, y pensó que, al igual que un combate de boxeo, todo tiene un final y que si había podido resistir tantos combates a lo largo de su vida, también podría resistir este asalto. Recostó su cabeza contra la ventanilla y cerró los ojos. Cuando los abrió uno de los agentes que le custodiaba estaba dormido, los otros se distraían charlando entre ellos y el último, el más corpulento, le miraba fijamente. Le sonrió. Este ni siquiera se inmutó.

Por fin, el tren se detuvo. Era media tarde.

—Levanta —le dijo uno de los agentes, agarrándole del brazo, mucho menos amablemente que el que con anterioridad había respondido a su pregunta—. Hemos llegado.

Las puertas se abrieron y los cinco descendieron a la estación. Allí le recibieron otros tres agentes.

—Ya nos encargamos nosotros —le dijo uno de los agentes que habían acudido al encuentro de los compañeros que le habían custodiado durante el recorrido en tren.

—Está bien —respondió el mismo que le había indicado que se incorporase.

"Víktor agradeció sus ánimos con una leve sonrisa, las puertas del tren se cerraron y lo vio alejarse por las vías y perderse para siempre en el horizonte"

Aunque la temperatura era gélida, era un precioso día soleado en medio de la más absoluta nada. Sintió cómo un escalofrío le recorría la espalda y miró atrás: el tren aún permanecía con las puertas abiertas, como resquicio imaginario de una vida anterior que estaba a punto de evaporarse para siempre.

—Suerte —le dijo el agente que le había indicado el tiempo que restaba para llegar a Perm.

Tenía veintiún años y se llamaba Tomic. Bastantes años más tarde sería condecorado por enfrentarse a presuntos terroristas en las inmediaciones de Moscú y evitar así un posible atentado en el centro de la capital.

Víktor agradeció sus ánimos con una leve sonrisa, las puertas del tren se cerraron y lo vio alejarse por las vías y perderse para siempre en el horizonte de un trayecto que parecía no tener ningún destino en concreto y todos al mismo tiempo.

—Vamos —dijo uno de sus nuevos custodios, tirándole del brazo derecho. Y comenzó a caminar con los ridículos pasitos de pato que le permitían los grilletes a los que tenía anclados los pies.

A la salida de la estación de Perm les esperaba un furgón con otro policía al volante.

—¡Sube! No tenemos todo el día.

Le introdujeron en la parte de atrás. Dos de ellos le flanquearon a ambos lados y el que restaba se situó enfrente. El furgón se puso en marcha. Intentó adivinar el camino que estaban recorriendo, pero era casi imposible a través del enrejado que cubría los ventanucos del vehículo.

El corazón volvió a latirle con fuerza. Estuvieron en marcha alrededor de una hora hasta que el furgón se detuvo y los tres agentes le instaron a que descendiese.

A unos cincuenta metros podían verse las puertas de la prisión que se intuía detrás de unos muros de madera de más de tres metros de alto, rodeados por alambres de espino, que impedían ver qué había al otro lado. Decenas de soldados vigilaban el perímetro con fusiles en sus manos. Tendría oportunidad, a lo largo de su estancia, de ser testigo de cómo los usaban contra cualquiera de los presos que intentaban escapar de allí.

Uno de los agentes pulsó el interfono empotrado en el muro y las puertas se abrieron. Había llegado a Perm.

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Título: El prisionero de Zenda. Autor: Anthony Hope. ISBN: 9788412031034. Páginas: 226. Precio: 14 €. Puedes comprarlo en: LibrosCC, AmazonCasa del LibroFnacEl Corte Inglés y Todos tus libros

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