La segunda edición de MAR DE PALABRAS llegó a su fin tras unos días memorables de literatura, pensamiento y diálogo. El fascinante festival literario de Santo Domingo bajó el telón hasta su próxima edición, dejando una huella imborrable en participantes y lectores.
Como fotógrafo, los festivales literarios me dieron, en primer lugar, la posibilidad de retratar y conocer nuevos escritores que necesito para comprender la dimensión real de ese gran atlas de la vida que es la literatura. Después, la alegría de reencontrarme con amigos que quiero y admiro y por fin la oportunidad de preguntarme, lejos de mi epicentro de trabajo y de vida, qué rumbo lleva mi proyecto creativo.
Los festivales son constelaciones culturales que, en ocasiones, tardan décadas en encontrar su forma definitiva. Sin embargo, la magia del Caribe, unida al empeño incansable y al trabajo extraordinario de un grupo de mujeres excepcionales, liderado por Minerva del Risco, Yulissa Álvarez y Claudia Neira Bermúdez, han logrado algo poco común: que, en apenas dos ediciones, Mar de Palabras se haya consolidado como uno de los festivales literarios más importantes y vibrantes del mundo hispánico.
Una noche de 2009 escuché al poeta Federico Jovine Bermúdez pronunciar una hermosa utopía: «Mi anhelo es que algún día nuestra isla se convierta en un mar de palabras». Quince años después, Minerva del Risco, prima hermana de Federico Jovine, ha hecho realidad aquella profecía. Gracias a su visión, talento y empeño, Santo Domingo se ha transformado en un auténtico Mar de Palabras.
Navegar es necesario; escribió Fernando Pessoa. Y Minerva, obedeciendo a la llamada de las palabras y del horizonte, se hizo a la mar.


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