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Quizá hayamos ganado la guerra

Quizá hayamos ganado la guerra

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¿Fueron los perdedores de la incivil Guerra de España (1936-1939) los republicanos? Antonio Machado, una de las víctimas de aquel desastre, puso en duda que la respuesta fuese un sí rotundo e inapelable; también otras muchas personas que habían defendido la legalidad constitucional frente a los golpistas, aunque sus testimonios, como el del poeta sevillano que murió en el exilio, acabasen ahogados por la dictadura franquista y en buena medida también por los que fueron sus aliados de ocasión en la Europa de entreguerras. Cuando el nazismo alemán y el fascismo italiano fueron derrotados en 1945 los exiliados españoles creyeron que la dictadura seguiría por el mismo camino, también los guerrilleros y militantes antifascistas que seguían en el interior, pero no fue así. Pronto las esperanzas comenzaron a desvanecerse y hubo que esperar a la muerte de Franco para comenzar el derribo del régimen. Fue en 1975 y, tantos años después, aún siguen cayendo cascotes.

"Del más de medio millón de personas que abandonaron España al final de la guerra, unos 70.000 procedían de Asturias"

La Constitución democrática de 1978 contribuyó desde entonces a cambiar la historia de España recuperando las libertades y los derechos civiles, cierto, pero por diversas razones (el miedo al pasado, la correlación de fuerzas, el largo tiempo transcurrido, etc.) el conocimiento de los hechos ocurridos en la segunda mitad de los años treinta y la necesaria reflexión crítica sobre los mismos fueron aplazándose y la pregunta del comienzo no tuvo respuesta.

Después de leer este libro sobre el exilio republicano asturiano las dudas persisten y tan solo la tenaz resistencia de algunos protagonistas de aquel tiempo —y ya sobre todo la de sus descendientes—, permiten seguir buceando en las aguas del olvido y tratando de pararlas, tal como intentó hacer en su libro Paco Ignacio Taibo I desde el exilio mexicano (1), y tratar así de discernir qué puede haber de cierto entre las sentencias históricas rotundas e inapelables en apariencia y las manipulaciones a las que tantas veces se ven sometidos los relatos políticos.

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Del más de medio millón de personas que abandonaron España al final de la guerra, unos 70.000 procedían de Asturias, territorio que permaneció leal a la República hasta el 21 de octubre de 1937, y de aquellas víctimas nos llegan ahora los testimonios de algunos protagonistas; también de hijos, nietos y acompañantes de ocasión. Es el suyo un lenguaje doliente, y en ocasiones no exento de orgullo, que en los 19 relatos seleccionados por las autoras sumergen al lector en un mundo por el que transitan voces unas veces desesperanzadas, otras teñidas de melancolía y siempre plenas de dignidad, pues al fin y al cabo son las pequeñas/grandes historias de quienes vivieron un tiempo de atraganto tras el que llegaría el silencio. Un silencio plúmbeo.

La caída del Frente Norte tras 15 meses de lucha obligó a muchos republicanos y a sus familiares a huir, sobre todo por mar a través de los dos puertos más importantes de la costa atlántica asturiana, Gijón y Avilés. El Gobierno republicano de Asturias y León organizó las evacuaciones con destino a Francia, Inglaterra, la URSS, Dinamarca y en menor medida Argelia, si bien, al no contar con barcos suficientes, aquel éxodo resultó dramático desde el comienzo.

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Este libro editado por el grupo Eleuterio Quintanilla (2), al igual que otros que le precedieron, es un grito que arrastra consigo viejas resonancias, pues transita por la injusticia, el dolor, y la impotencia, características universales en toda guerra. Cabe hablar por tanto de un grito de protesta, de reclamación inconclusa y en buena medida imposible ya, porque, al fin y al cabo, en la mayor parte de los casos sus protagonistas han muerto, e incluso quienes fueron los niños de aquel ayer viven hoy una ancianidad permanentemente acosada por el sentimiento de olvido. Es cierto que nos quedan sus testimonios o los de sus descendientes, cada vez con más frecuencia los nietos, pero resulta imposible no sentir en su lectura, tal como recuerda Anna Miñarro (3), que denotan “un trauma psicológico intergeneracional”, consecuencia de aquel ataque a sangre y fuego que durante años persiguió a “los rojos”, después llamados “desafectos” o simplemente “monstruos” por los apologetas de la dictadura franquista, fervientes defensores del nacional catolicismo. Y es que, como bien han recordado muchos historiadores, cuando en España acabó la guerra (que puede extenderse incluso hasta 1952) no llegó la paz. Cabría incluso preguntarse si aún hoy es posible utilizar esa palabra, “paz”, cuando aún quedan sepultadas en las cunetas y en los barrancos más de 100.000 víctimas de aquel enfrentamiento incivil, consecuencia de un golpe de estado militar fallido en la lejana fecha de 1936.

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"Tras aquel horror de casi 40 años pueden encontrarse algunas explicaciones de por qué la sociedad que salió del franquismo y la que comenzó a crecer con la democracia mostraron desinterés hacia quienes habían sido las víctimas"

Como un libro remite muchas veces a otros anteriores, permítanme citar aquí España partida en dos (4) del historiador Julián Casanova y su recordatorio de que la apelación a la violencia y al exterminio del contrario fueron cuestiones esenciales en la guerra de España que continuaron vigentes tras la victoria de los nacionales y durante la dictadura. Hasta el final. Baste citar que Franco firmó cinco penas de muerte apenas dos meses antes de morir en un hospital madrileño en noviembre de 1975. Tras aquel horror de casi 40 años pueden encontrarse algunas explicaciones de por qué la sociedad que salió del franquismo y la que comenzó a crecer con la democracia mostraron desinterés hacia quienes habían sido las víctimas de un proceso histórico en el que la muerte, el dolor, la separación y el exilio provocaron una ruptura radical con el pasado, sin opción al duelo, contaminando la posterior historia a través del silencio y el miedo. Quizá podría hablarse de un duelo congelado y desear que testimonios como los recogidos en estas “Historias de vida” ayuden en alguna medida a superar aquel trauma, pero entonces cabría advertir también que estamos ante una historia inacabada, sin fin y sin resolución definitiva. De hecho, como reconocen las autoras de este libro, ya es imposible cambiar el pasado, y su principal cometido tal vez sea tan solo aliviar el presente.

Pero volviendo a la pregunta inicial, imaginemos ahora un laberinto con decenas, tal vez centenares, de caminos convergentes y divergentes por los que transitaron muchos republicanos hasta comprobar que en realidad la derrota no había sido solo política, sino sobre todo vital, puesto que era el cambio de régimen, pasando de la monarquía a la república, el que había dado sentido a su existencia.

Antonio Machado lo expresó dubitativo:

“Para los estrategas, para los políticos e historiadores todo está claro, hemos perdido la guerra. Pero humanamente no estoy tan seguro, quizá la hemos ganado”.

(1) Para parar las aguas del olvido, Paco Ignacio Taibo I. Ediciones Júcar, 1982

(2) El grupo ELEUTERIO QUINTANILLA está integrado por docentes de distintas etapas de enseñanza en Asturias que tienen como principal objetivo la educación intercultural y antirracista.

(3) La psicóloga Anna Miñarro es autora del informe incluido en este libro “Duelo, desapariciones, exilio. Trauma psíquico y transmisión intergeneracional” (páginas 19 a 25)

(4) España partida en dos, Julián Casanova. Editorial Crítica. Barcelona, 2013

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Autoras: Rosa Calvo Cuesta y Enriqueta Ortega Valcárcel. Grupo Eleuterio Quintanilla. Título: Exilio republicano asturiano. Historias de vida”. Editorial: Impronta, Gijón. Venta: Amazon

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