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Rodrigo Blanco: «Mis libros pueden denunciar la situación venezolana, pero no es lo principal»

Rodrigo Blanco: «Mis libros pueden denunciar la situación venezolana, pero no es lo principal»

Foto: Luisa Fontiveros

El escritor Rodrigo Blanco (Caracas, 1981) evita los rodeos, la pirotecnia y la impostura, dentro y fuera de sus libros. Su narrativa arranca belleza incluso de los rincones más turbios y oscuros. Ya lo demostró con su primera novela, The Night (Alfaguara, 2016), que le valió el Premio Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Como columnista de ABC Cultural interpreta la realidad con inteligencia, humor y mordacidad.

Tras publicar en España su libro de relatos Los terneros (Páginas de Espuma), Blanco regresa con Simpatía (Alfaguara), una novela que explota el lado luminoso de su mirada literaria y en cuyas páginas describe la capacidad para desarrollar afecto y experimentar la compasión incluso en un lugar tan hostil como la Venezuela contemporánea, que hace las veces de telón de fondo de esta novela.

La historia está protagonizada por Ulises Kan, quien se presenta ante el lector como un huérfano y cinéfilo, alguien que sueña con encontrar a Claudia Cardinale en alguna esquina de Caracas, ese valle enmarcado en las faldas del Ávila y sobre el que se alza la estilizada silueta del Hotel Humboldt como un viejo emblema del progreso y el cosmopolitismo.

Rodrigo Blanco sitúa la acción en una sociedad lastrada por la violencia, el autoritarismo y la pobreza, un sitio del que los ciudadanos huyen. Así lo hace su mujer, Paulina, que lo abandona dando un portazo. «Me voy del país. Ya no aguanto», le dice ella antes de pedirle el divorcio. Además de la separación, la muerte de su suegro, el general Martín Ayala, será el revulsivo definitivo en la vida de Ulises Kan.

El militar —una replica de Alain Delon, según su yerno— le encomienda en su testamento transformar la vieja casa familiar en un centro de acogida para los perros abandonados por quienes se marchan del país. Si Ulises consigue poner en marcha el proyecto en el tiempo estipulado podrá quedarse con el apartamento en el que hasta entonces vivía con su hija Paulina, a la que Martín había retirado el habla desde hacía años.

A partir de este giro, surge una galería de personajes secundarios, así como una cadena de cabos sueltos y secretos del pasado que el lector descifrará en los manuscritos de una misteriosa escritora australiana, Elizabeth von Arnim.

Si antes existía en Rodrigo Blanco un clarísimo influjo de Ricardo Piglia o Roberto Bolaño, en estas páginas el escritor demuestra que tiene galones suficientes para levantar su propio universo de obsesiones, entre las que aparece Venezuela como catalizador de una corriente más profunda y compleja.

Desde muy joven, Rodrigo Blanco cosechó los aplausos de la crítica. En 2007 fue seleccionado para formar parte del grupo Bogotá39. Tras publicar los libros de relatos Una larga fila de hombres (2005), Los invencibles (2007) y Las rayas (2009), su debut como novelista, The Night, obtuvo el prestigioso Premio Rive Gauche de París, en la categoría de narrativa extranjera.

A las preguntas sobre el peso de la novela, su percepción de la literatura y su reciente mudanza a Málaga tras vivir en París durante más de tres años contesta el escritor venezolano a Zenda. 

—Comparada con The Night, Simpatía es una historia sorprendentemente luminosa. ¿Por qué?

"Creo que todo en la novela «conspiró» para propiciar este clima que llamas luminoso"

—Creo que todo en la novela «conspiró» para propiciar este clima que llamas luminoso, desde la presencia constante de los perros, que para mí encarnan la nobleza y el amor absolutos, hasta el dispositivo que activa la trama. A la muerte de su suegro, Ulises Kan recibe una misión: transformar la casa del general Ayala en un refugio para perros. Desde el principio, la historia asume la forma de la construcción de ese proyecto común, lo que involucra a otros personajes y la necesidad de trabajar juntos para lograrlo.

—¿En una sociedad como la que retrata, el exceso de compasión y piedad con perros y no con personas supone una metáfora de qué tipo?

—No creo que haya un exceso de compasión con los perros. En Simpatía me parece que sucede al contrario. Muestra a una sociedad inclemente a todo nivel. El abandono de perros es el corolario de la crueldad en un país donde, por momentos, ya no parece haber diferencias entre verdugos y víctimas. Esta crítica se dirige a quienes teniendo la posibilidad de emigrar en unas condiciones más o menos estables (con un billete de avión y no cruzando a pie el Río Grande) abandonan a sus perros de la manera más cobarde posible. O a los aparatos represivos de la dictadura, que han matado y torturado perros para castigar a sus enemigos políticos. Ambas cosas han sucedido y suceden lamentablemente en muchas partes del mundo. La trama de la novela, que muestra a un grupo de personas dedicadas a rescatar perros, puede leerse como una metáfora de la sanación de cualquier sociedad. Ayudar al más desvalido. Ayudar primero al que se supone (por un prejuicio especista) que se debe ayudar el último. La compasión inesperada como electroshock ético de una comunidad.

—Ulises Kan como nombre del protagonista y personaje con una misión, ¿es un guiño clásico? ¿Una síntesis de héroes a medias?

—Varias personas me lo han preguntado y me parece que fue un influjo de Borges, de su cuento «El inmortal», donde las figuras de Homero, Ulises y Argos se confunden en un mismo personaje.

—Las novelas no tienen propósito, no resuelven problemas ni hacen justicia. ¿Existe en Simpatía una corriente de fondo? ¿Qué la impulsa?

"Los problemas sociales y las situaciones de injusticia suelen aparecer al principio de mis novelas, pues son el marco donde se desarrollan las acciones y se desenvuelven los personajes"

—Los problemas sociales y las situaciones de injusticia suelen aparecer al principio de mis novelas, pues son el marco donde se desarrollan las acciones y se desenvuelven los personajes. Quizás es mi modo de desprenderme pronto de las presiones del presente y entregarme, y entregar al lector, a esa corriente de fondo (una imagen excelente, por cierto) que tú mencionas. No sé qué la impulsa en el caso de Simpatía. Responder eso es responder qué me impulsa a mí a escribir. Y esa pregunta, que es la gran pregunta, solo se responde con novelas, cuentos, poesía…

—En The Night introdujo los palíndromos, aquí los diarios. Ambos permiten codificar a la vez que descifrar. Hábleme de eso.

—No me había fijado en el paralelismo de estas formas y su función en cada novela. Pero es cierto: en Simpatía, los diarios y memorias y hasta traducciones funcionan como un texto alternativo, dentro del relato, que brinda una lectura distinta al curso principal de la historia que se cuenta. Quizás tiene que ver con una poética de la novela a la que me he ido adhiriendo sin saberlo: la novela como un relato principal que se ve amenazado, modificado, a veces sustituido, por relatos menores que lo acompañan. La encarnación de todo esto son los personajes, por supuesto.

—Si existe tal cosa como un estilo, ¿el suyo está más depurado? ¿Y en qué sentido puede estarlo?

"Tengo la impresión de que los escritores tienden a pensar que mejoran con el tiempo"

—Es un asunto raro la cuestión del estilo. Tengo la impresión de que los escritores tienden a pensar que mejoran con el tiempo. Que el libro presente es mejor que el anterior y casi siempre es por una cuestión de estilo. Al menos, así lo siento con Simpatía. Me gustaría pensar que uno avanza hacia algo más depurado. Pero el estilo también debe guardar relación con lo que pida la obra que uno esté escribiendo en el momento.

—¿Qué contesta a los lectores que pretenden que sus libros se comporten como un desagravio, acaso como una denuncia de la situación venezolana?

—Mis libros pueden contener elementos de denuncia de la situación venezolana, pero no es un efecto deliberado. En todo caso, nunca es lo principal. A esos hipotéticos lectores y, en especial, a esos periodistas culturales que siguen buscando «la gran novela venezolana del chavismo», les diría que esperen sentados.

—¿Qué efecto a largo plazo tuvo el Premio Bienal Vargas Llosa sobre usted como autor?

—En lo inmediato me dio estabilidad económica, a la par de un apoyo crítico, que es tan importante como el aspecto monetario. Sobre todo para una novela como The Night, que no es fácil de leer ni de vender. Ese premio me cambió la vida en muchos aspectos. Fue un acelerador.

—¿Cómo lleva la faceta de columnista? ¿Qué aporta a su prosa?

"Escribir columnas me rescató de la cloaca tuitera y me obligó a pensar más y mejor las cosas"

—La verdad es que me divierto mucho. La propuesta de Jesús García Calero para escribir en el ABC cayó en el momento justo. Escribir columnas me rescató de la cloaca tuitera y me obligó a pensar más y mejor las cosas. A sustraerme del campo estéril del tuit-opinante y a aportar una reflexión escrita sobre temas actuales. El aporte concreto es el que puede traer la mirada de un venezolano en Málaga, que cree en la mayor de las utopías: la posibilidad de un centro.

—¿Entre París… y el mar?

—El mar. Siempre.

—¿Quién lo introdujo en la lectura… y cómo pasó de lector a escritor?

—Mi madre. Crecí en un apartamento rodeado de libros y donde la lectura era un acto importante y cotidiano. El paso de lector a escritor se dio en dos tiempos. El primero, en la adolescencia, cuando leí a Alfredo Bryce Echenique. Allí anidó el deseo de convertirme en escritor. Luego, en el año 2000, cuando leí a Ricardo Piglia, pude concretar ese deseo con la escritura de mi primer cuento, que se titula precisamente así: «El primer cuento».

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