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Somos una especie que sueña

Somos una especie que sueña

Fotografía © Inés Valencia
Somos una especie que sueña “La Realidad”, esa pesadilla creada con muy malas intenciones y que se proyecta ante nuestros ojos. Hace unos años, una porción de europeos que no había leído a Platón tuvo nítido que los judíos eran responsables de cuanto de malo pasaba en el mundo y, consecuente, acabó con ellos.

Es mal negocio ser consecuente. Se toma uno en serio y comienza a matar gente. Es una pena también que aquellos europeos no sólo desconocieran La República platónica, sino La vida es sueño. Don Pedro Calderón de la Barca, que sí había leído La República platónica, levantó con esos mimbres una pieza dramática que pone en solfa las percepciones: eso que al final llamamos “La Realidad”. La conclusión es que hay que ir más al teatro. “Yo sueño que estoy aquí”, etc. O es uno mismo, si no, quien acaba haciendo teatro. Que no está mal, siempre que lo haga bien, como don Enrique. Tengo para mí que don Enrique Tierno Galván nunca se sintió alcalde y se consagró a escenificar que lo era. En el camino dictó lecciones de entrega, civismo y convicción. Una lección de cómo hay que hacer las cosas. Bien.

Recuerdo otra pieza dramática que pone en solfa las percepciones. Luces de bohemia va de los ojos de un ciego lúcido y cabrón que es el único que se entera. El ciego, que se llama Max Estrella, se lleva a don Latino de Híspalis al madrileñísimo callejón del Gato, a cien metros de la Puerta del Sol, y se inventa el esperpento: los héroes clásicos reflejados por los espejos deformantes que allí siguen, muertos de asco, aguardando a que vayamos a mirarnos.

A vernos.

"El esperpento es lo que sucede en el espejo. Una imagen deforme, ridícula y, sobre todo, digna de consideración"

El esperpento es lo que sucede en el espejo. Una imagen deforme, ridícula y, sobre todo, digna de consideración: empiezas creyéndote lo que sucede a este lado del espejo y acabas matando gente. Y la gente es muy valiosa, aunque a veces parezca que no. La gente tiene ocurrencias chocantes, pero muy solventes si uno se molesta en compararlas con las propias. De ahí la importancia de cambiar impresiones y leer cosas, no sólo “libros serios”: leer lo que sea. Y mucha ficción. Las realidades alternativas propuestas por la ficción encierran elaboradas relecturas de cuanto sucede a este lado del espejo. Y siempre dan que pensar sobre ello. Aunque no sea más que “menudo tastarra el gilipollas que ha escrito esta memez”.

Hay una buena historia que muestra cómo conseguir que la gente no vea exactamente lo que tiene delante de los ojos, sino lo que tiene metido en la cabeza. Debe haber conocido multitud de versiones y ya aparece en el libro del Conde Lucanor (siglo XIV) con el título De lo que aconteció a un rey con los burladores que fizieron el paño. Entre nosotros es popular a través de Hans C. Andersen como El traje nuevo del emperador. A Miguel de Cervantes le sirvió de base para levantar su fabuloso Retablo de las Maravillas; después el antiguo soldado idealista fue más lejos y usando el juego de las apariencias y las ideas terminó por cambiar el mundo.

"Viajar está sobrevalorado. Kant, por ejemplo, no viajaba nada, pero leía mucho y pensaba más"

“Bueno, pero también se puede ir al cine”, dirá algún listo por ahí. Sí, claro. Lo malo es que el cine actual es tan atorrante y previsible que lo mejor que puede hacer uno es pillar las palomitas e irse al parque a ver pasar gente: además de divertido es ilustrativo. Rigoberto Picaporte, solterón de mucho porte, se acabó casando y cuando tuvo ninios se los llevó al parque a ver pasar gente. “Papá, papá, llévanos al Retiro y vemos cómo pasa la gente”. Ése es el truco: ver cómo pasa, normalmente hecha unos zorros, pero aparentando soltura. El sitio preferido por Picaporte para ver a la gente pasar aparentando era la orilla oeste del estanque: el paseo de las barcas. Como punto de observación, la Puerta del Sol es aún mejor, si cabe, pero más incómoda. En todo caso, por la Puerta del Sol pasa medio planeta.

Tú empleas unas horas al mes en la Puerta del Sol y ya no necesitas viajar.

Viajar está sobrevalorado. Kant, por ejemplo, no viajaba nada, pero leía mucho y pensaba más. Hay que pensar. Aunque uno no lea ni viaje, debe pensar un poco. Y, sobre todo, no tomarse demasiado en serio. Lo digo en serio. En una de las grandes novelas españolas del pasado siglo, La aventura equinoccial de Lope de Aguirre, Ramón J. Sender puso en boca de uno de sus personajes esta sentencia crucial: “Se toma uno en serio y comienza a matar gente”.

"Tampoco estaría de más que, al menos por un rato, dejáramos de lado al bueno de Quijano para fijarnos en Sancho"

No estaría de más que los españoles, incluso los que lo son a su pesar, nos grabáramos en el cerebro la sentencia. Tampoco estaría de más que, al menos por un rato, dejáramos de lado al bueno de Quijano para fijarnos en Sancho. “Mire vuestra merced que no son gigantes, sino molinos de viento”. Sabiduría primigenia, carente de la Cultura que nubla el entendimiento del pretendido caballero de La Mancha. La sabiduría primigenia permite ver. En el poema Romero sólo, León Felipe Camino Galicia alabó la sabiduría primigenia exhibida por Sancho al impartir justicia cuando fue Gobernador. “Tan bien como el rey hebreo la hizo Sancho el escudero”. La Cultura puede convertirse en el peor  enemigo de una persona. Siempre lo es cuando no dialoga con la experiencia; si encima cabalga sobre un solo raíl lleva sin remedio al precipicio. El poema de León Felipe, que también podríamos aprendernos todos de memoria, como una oración, acaba con una especie de canto a la multivisión.

“Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros”.

Amén.