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Surfear la soledad

Hace años, una amiga de la que me duele acordarme me dijo que veía cosas que otros no. A veces se había encontrado con otra gente que percibía o intuía algo en los demás, flotando en el ambiente, como si el pasado, el presente y el futuro estuvieran hechos de la misma materia voluble y flotara dispersa a nuestro alrededor. Fue ella la que me habló de un hombre de su barrio que no había superado la pérdida de toda su familia y que, lejos de sentirse abatido o dejarse llevar por la apatía y la depresión, seguía viviendo como si ellos estuviesen con él. Mi amiga me dijo que la muerte, la cercanía a lo que aflora cuando a nuestro alrededor se desempeña, trae consigo regalos que no siempre son bien recibidos y que, la mayoría de las veces, ni siquiera se tienen como presentes, sino como una nueva maldición que llega para apuntalar el dolor y el sufrimiento de lo que ya no está. El regalo de su vecino fue poder «ver». No solo eso. También podía hablar con ellos. Mi amiga lo estuvo visitando durante un tiempo hasta que él decidió cerrar sus frentes abiertos y finiquitar sus asuntos para acompañarlos y cruzar juntos esa luz al final del túnel de la que todos hablan.

De mi amiga hace años que no sé nada. Una de las últimas veces había tenido una movida en un festival con unos desalmados que la machacaron. Ella lo supo antes incluso de que se le echaran encima. Con días de antelación. Creo que me enfadé con ella. «La gente cree que lo que se ve se puede cambiar, pero no es así», recuerdo que me dijo. «Es la fatalidad del destino». Creo que también dijo que ella no había elegido ser así, que esos fogonazos que eran más como certezas, sumados a su capacidad de ver lo invisible, la habían marginado más de lo que su propia existencia ya lo había hecho. Su atuendo y sus gustos musicales —sus gustos en general, más bien— eran aconvencionales y, ya de por sí, predestinados a la marginación y la soledad. Sus rarezas también la habían aislado. Ella misma había identificado la irradiación de su aura como un repelente de mosquitos que, en este caso, era la gente. Indeseables o no, todos sentíamos el peligro cuando estábamos cerca de ella. O, como mínimo, cierta incomodidad e inquietud que nos provocaba una rápida partida o una ausencia injustificada. Ella lo sabía. Había sido así siempre. Y, al contrario que el resto de la humanidad, quienes vivían al otro lado del velo la buscaban como si fuese una luz en mitad de la noche más oscura, una linterna tan cegadora que hería. La buscaban quienes querían cruzar y también aquellos que querían beber de ella para extinguir su luz. No había término medio. Tenía una atracción especial para lo sobrenatural. Terminó por autoproclamarse bruja y cerrarse en banda al mundo. Fue ella la que desapareció. Los demás únicamente nos quedamos a expensas de un regreso que nunca se dio, vacíos y aliviados a un tiempo. Como si nos hubieran extirpado una parte de nosotros y hubieran dejado una cicatriz. Cuando quedaba con ella siempre tenía la sensación de que había alguien más con nosotros, que no había acudido sola. Lo mismo me sucedió cuando conocí a Berneard.

"Berneard parecía un nombre inventado. Una vez se lo dije. Él me contestó con una sonrisa"

Me dijo que era francés. Toda su vida había vivido a orillas del Loira y a cincuenta kilómetros del Atlántico. Decía que estaba aquí por trabajo, pero lo cierto es que, por cómo hablaba, se notaba a la legua que había acabado aquí por una cuestión de salud mental, huyendo de la masificación y las costumbres urbanitas en busca de paz y sosiego, de un clima más suave y agradable y un cambio de aires necesario para evitar la asfixia. Berneard parecía un nombre inventado. Una vez se lo dije. Él me contestó con una sonrisa que había sido cosa de sus padres, a los que siempre les había gustado jugar con la lengua y mostrarse rebeldes con el sistema. Sus hermanos tenían también nombres sutilmente alterados para que sonaran casi igual que los originales, pero, al mismo tiempo, tuvieran ese detalle nimio que los hacía únicos y distinguibles del resto. No los recuerdo. Como tampoco recuerdo el nombre de sus padres ni de su mujer y sus hijos, a los que había dejado en Nantes para no alterar sus rutinas ni sus estudios. «En cuanto acabe aquí, volveré con ellos», decía siempre.

Lo conocí en el Café Moi, mientras hablaba con Faruk y le ponía las peras al cuarto por lo de su manía con el tema de las luces traseras de los coches. Él también había sufrido lo suyo con lo sobrenatural y, cuando me contó lo de las brujas, no pude más que acordarme de mi amiga. Una vez más. ¿Dónde estaría? ¿Qué sería de su vida? Incluso me pregunté si, de algún modo, seguiría viva. O, en caso contrario, si habría abandonado este mundo o aún pulularía por él como todos esos espectros que se le acercaban a ella. Igual daba ya. La teoría de los extraños en cinco años se cumplía a la perfección con ella y estaba seguro de que no la volvería a ver, lo cual no impedía que pensara en ella de vez en cuando. Berneard estaba sentado a la barra con una cerveza y el portátil abierto. De vez en cuando tecleaba algo y, mientras daba unos generosos sorbos, miraba de reojo las actualizaciones de la pantalla. «Teletrabajo», dijo cuando Faruk y yo lo miramos al unísono. Aquello pareció hacerle gracia. Se presentó con un apretón de manos y nos dijo que le encantaba trabajar aquí. Lo dijo con un marcado acento francés. Como el que impostan los actores de doblaje en las películas y que yo ya conocía por Francis, un viejo amigo del pasado. Lo seguí viendo con frecuencia y el intercambio de palabras nos fue llevando a cierta intimidad.

"Él, al igual que mi amiga, había surfeado por una soledad que se le resistía y a la que no quería rendirse"

Un día fui al apartamento que tenía alquilado frente al paseo marítimo. Tenía fotos de su familia y sus amigos por todas partes. Fue ahí cuando me habló de todos ellos. De sus hermanos, de sus padres, de su mujer y sus hijos. «Nantes es preciosa en esta época del año», me confesó. Yo asentí sin más. Mi único contacto con la ciudad fue hace más de veinticinco años después de un viaje de veintiséis horas ininterrumpidas por carreteras desconocidas. Tenía un recuerdo difuso. En él, casualmente, también estaba mi amiga. Berneard me invitó a una cerveza y compartimos un atardecer en el balcón de su casa mientras hablaba con nostalgia de todo aquello que dejamos atrás. «Mañana me voy». Fue lo último que me dijo. Era una despedida inesperada. Lo había pensado de un día para otro. La empresa para la que trabajaba ya no requería sus servicios —fueran cuáles fueran— allí y podía regresar a casa. Me pidió que contactara con el casero y le diera un sobre con una documentación y el dinero del último mes. Ya había hablado con él por teléfono.

Contacté con el casero al día siguiente. Quedé con él en el propio apartamento. Me invitó a pasar para que ambos comprobáramos que estaba todo bien. Las fotos seguían donde Berneard las había colocado. «Una pena lo del chaval», me dijo el casero. Yo fruncí el ceño y él entendió la pregunta implícita. «Lo de su familia. Se quedó solo. Murieron todos en un crucero por el Mediterráneo hace unos años». No di crédito a sus palabras y él, advirtiendo una vez más mi confusión, me dijo que no se lo había dicho él, sino alguien que seguía las noticias y lo había reconocido. «Fue muy sonado en Nantes», apostilló, «porque, en realidad, nunca tuvo a nadie. Se lo inventó todo y lo pillaron». «¿Entonces? ¿Los de las fotos? ¿Su trabajo? ¿Su familia?», quise saber. «Bienvenido al mundo de las IA», dijo sin más. Puede que incluso no se llamara Bearnard. Él, al igual que mi amiga, había surfeado por una soledad que se le resistía y a la que no quería rendirse. Sin embargo, creo que, al final, acabó sucumbiendo a ella. Ya percibí su lejanía con el último sorbo de esa cerveza al ocaso del día anterior. Fuera quien fuese, no creo que lo vuelva a ver ni vuelva a saber de él.

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