Asistimos a un tiempo en que la escritura, especialmente la poética, se ha convertido en un escaparate de reflejos difusos y narcisistas que desplaza a la propia obra tras el cristal de la personalidad de quien, supuestamente, escribe según éste o aquél dictado, motivo o eslogan. Muy lejos de todo este espectáculo se encuentra la obra de Antonio J. Caballero, quien demuestra no tener prisa en su obra y que todo cuanto dice proviene de la necesidad, siempre vital o existencial.
Nada más alejado del interés de una sociedad que teme el dolor y considera un tabú el paso del tiempo hacia la vejez, que hablar de la muerte. La muerte, como puede verse en Caballero, no sólo destruye una vida sino que transforma la de quienes convivieron con el finado: asumir la pérdida es, en definitiva, la aceptación de las normas que rigen la naturaleza, que acaba siempre imponiendo su poder a la voluntad o al autoengaño del ser humano, y de la continuidad, a pesar del dolor, de los ciclos vitales.
A pesar de lo luctuoso, hay una afirmación luminosa de la vida, como tiempo compartido, a través de la inmaterialidad reconstruida, siempre lo es, de la memoria, del padre pero también del hijo, reviviéndose el uno en el otro y demostrando que la identidad es un tránsito temporal donde los caracteres y las vidas se difuminan. La recuperación de la infancia es también el intento de recuperar la figura paterna.
Crucial es, así mismo, en el poemario la visión de la escritura como representación de la vacuidad y de la transitoriedad, a modo de usurpación del devenir, y, a la vez, única forma de comunicación con el pasado y quienes lo habitaron. Punto también de encuentro, los seres se leen a sí mismos y los demás en las escrituras ajenas, la presente del hijo y la pasada actualizada y recreada del padre a través del discurso del autor.
La poesía tiene la capacidad, tal como se plantean en los textos, de saltar la barrera espaciotemporal que nos separa, la de crear un ámbito de unión con lo trascendido y lo trascendente. El autor manifiesta esa fe inquebrantable en las palabras y en quienes detentaron el discurso literario como antorchas en la oscuridad del tiempo.
Para merecer la lluvia es una obra unitaria no sólo por su tono o estructura cerrada, sino por el pensamiento que se desarrolla en ellos para desdecir la muerte y su poder, para reivindicar el poder de la palabra frente al olvido y, por supuesto, por la ternura de un hijo que muestra el amor por un padre al evocar una época de escasez y frío, físico y espiritual, pero digno por quienes como él lo habitaron y trataron de hacerlo habitable para su descendencia.
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ZAPATILLAS DE CASA
Tus zapatillas duermen en mi casa,
juntas y muy calladas velan este mal sueño.
Cada tarde, antes de que la sonrisa
de tu noche me llene la cama de preguntas,
entro en la habitación
para hacer inventario
de tanto como guardo y me llevo de ti
y me siento en el filo de la cama.
Me pongo a meditar
al lado de tus zapatillas.
No pudieron llevarte a caminar
por las montañas donde te perdías
entre la leña de tus pensamientos.
En ellas me absuelve el amor de tu risa,
el brillo bondadoso
de tu vejez y la sabiduría
que el dolor y los cielos te prestaron.
Tus zapatillas andan buscándote en mi casa,
yo les digo que como
la casa de uno mismo
no encontrarán ninguna.
Aunque los dos tenemos
la misma talla de zapatos,
qué difícil ponerme ahora y aquí en tus pies,
qué difícil decirte adiós cada minuto,
abrazado tan frágil,
sin ti, a tus zapatillas en mi casa.
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Autor: Antonio J. Caballero. Título: Para merecer la lluvia. Editorial: Puerta Granada. Venta: Todostuslibros.


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