La poesía de Borís Hrístov es el fruto de una amarga reflexión esperanzada sobre la naturaleza del ser humano. Cómo llegar a ser libres y justos más allá de la encrucijada ética, estética e histórica en la que todos vivimos quizás sea la pregunta fundamental con la que su poesía nos interpela.
En Zenda ofrecemos cinco poemas de El solitario (La Tortuga Búlgara), de Borís Hrístov.
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Ventana
Me pongo de puntillas para alcanzar la ventana entornada.
Detrás están las mujeres: redondeadas por el vapor, hermosas.
¡Quién pudiera encaramarse, para verlas, a la pared vertical!
O que estuvieran aquí mis amigos para auparme.
¡Cómo corren y se persiguen! Su corretear recuerda
al de un rebaño que invadiera el Ocaso…
¿Por qué clase de embudo el Señor habrá soplado sus senos,
que su cimbrear se oye hasta en la calle?
A mediodía asciende una hormiga roja.
Alcanzará el espectáculo y morirá en el alféizar con entusiasmo
ofuscado. Me alzo de puntillas arañando la pared
y mi cuerpo como cal bulle apagado.
Nunca pasé de la ventana. Esto fue todo.
Con la lengua fuera, apenas contengo la respiración.
Y no hay quien me tienda una mano, ni quien desvíe el agua
hacia el desierto donde mi esperanza se sofoca como un pez.
¡Estoy sufriendo en vano! No hay nadie que me ayude a verlo todo
aquí, en el cielo, o en la inmensidad del arte.
¿Por qué nos preguntamos tan a menudo quién entre nosotros es el poeta?
¿Por qué permanecemos de puntillas uno frente al otro?
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Tristeza
Adónde ir, dónde escondernos en la ciudad,
en esta sala estival de espera.
Ni un ave se atreve a cruzar el aire;
si la chasqueas, cualquier piedra se encenderá.
Transcurren lentas las horas de la tarde,
como si alguien aprendiera a tocar;
y se quiebran contra los barcos azules
tatuados en nuestro pecho.
Bajo el sombrero ardiente del sol
de dos en dos sin fin erramos,
con la espera eterna y triste
de pensadores de provincia.
Se seca el río, pero seguimos plantados
en el silencio fervoroso del puente.
Y largamente filosofamos, discutimos
sobre la flora y fauna del océano.
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El beso
Las cúpulas de las iglesias suspiraban encarnadas
como los senos de una mujer dormida.
Fui arrastrando hacia allí mis pies heridos
y la sombra encorvada de mi cuerpo.
Seguramente me veía como el hueso
de una fruta arrojada
cuando una mujer estrujó el aliento
de mis labios, y echó a correr.
¿He de creerlo, Dios mío crucificado por los hombres?
Mis años enseguida relucieron como correa de barbero;
cuando un perrito recibe un cacho de amor,
salta y se apresura a cogerlo.
Volví corriendo a casa para vestirme
de gala, como un vencedor, todo de blanco.
Y por la noche, mendrugo a mendrugo repartí
mi felicidad entre los amigos solteros.
La felicidad consiste en esto: cuando el destino,
de repente, en una esquina cualquiera, te da un beso,
y la petrificada vida sacude su cornamenta,
acariciarla, nada más, y dejar que se vaya.
Como peonza di vueltas aquella noche, preso de frenesí
grité en los oídos vacíos del silencio.
¡De haber tenido una trompa, al soplarla
habría enderezado hasta su última curva!
***
El solitario
Tiene una cicatriz en la frente y siempre se sienta apartado.
Aun siendo alto, el hombre solitario es pequeño.
Con su azuela los recuerdos talla o recoge plantas medicinales;
Y si no tiene nada que hacer va arrastrando su vieja manta.
Una cabeza de caballo brilla en medio del campo y el solitario
se acerca para verla nada más: no le importa si tiene crin o no.
Mientras los demás se desgañitan hablando de arte,
sentado en la mesa el solitario atrapa moscas para soltarlas luego.
Pero si compone versos, sin duda dejará
una lágrima en vuestros ojos o un rasguño en la memoria.
No le falta un hogar ni una sopa caliente, pero su vida es
tan inútil como un trasto tirado al fondo del pasillo.
Y aunque su casa se vuelque con el tejado hacia abajo,
aunque coma cenizas, jamás implorará.
¿En qué fuego ha ardido, bajo qué plancha?:
para saberlo tendrás que beber mucho vino en su compañía…
Así, caminando con una mancha en la camisa limpia,
el solitario se pierde entre la multitud como un abalorio.
En una de sus manos lleva un libro para su alma enferma
y con la otra el solitario aprieta una soga en el bolsillo.
***
Lluvia otoñal
Tan en silencio padece su dolor la piedra en la colina…
Lo mismo que el árbol enloquecido en la honda del viento
y el tallo en su piernecita oscura.
Tan en silencio padecen su dolor las cosas, que oigo…
que por las calles corvas los pies arrastra
una procesión disímil de ancianas blancas.
La Iglesia enjabelgada brilla en la lejanía
como dentadura postiza tirada en las malezas.
No habrá dejado nada este hombre
pues no hay clarines que anuncien su muerte,
con un chillido la viuda no se desmaya,
cae la lluvia y blasfeman los parientes.
Toda la vida abrevió su nombre
para que se viera bien, y resaltara. Mas
de repente la hoja se desprende de la pared,
gira un instante y al cielo escapa:
se eleva sobre el hogar ruborizado por las velas,
se cuela por el roto tamiz de los árboles,
y el lento nombre humano va ascendiendo
por la escalerilla frágil de la lluvia.
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Autor: Borís Hrístov. Título: El solitario. Traducción: Liliana Tabákova y Juan Antonio Bernier. Editorial: La Tortuga Búlgara. Venta: Todos tus libros.
BIO
Borís Hrístov nace el 14 de agosto de 1945 en Krapets, un pueblo que en 1953 queda bajo las aguas de una represa artificial. Hasta terminar el bachillerato vive en la ciudad de Pérnik, adonde regresa —después de obtener la Licenciatura en Filología Búlgara por la Universidad de Veliko Tarnovo— para desempeñarse por un tiempo como maestro escolar y periodista. De 1973 a 1981 trabaja en el complejo de producción cinematográfica de Boyana. Se consolida como poeta de culto con sus poemarios Trompeta nocturna (Вечерен тромпет, 1977 y 1979) y Con el corazón en la mano (Честен кръст, 1982).


Es loable su puncionada a la poesía para extraerle el dolor con el alivio de su presión.