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Una Montessori en zapatillas y sin épica

Una Montessori en zapatillas y sin épica

¿Por qué escribí El prodigio de las migas de pan? Sinceramente, no lo sé. Es muy engañoso justificar lo ocurrido de delante hacia atrás y asegurar que siempre deseé contar esa historia. Mentiría. Las cosas que más me han importado en la vida son las que han colisionado en mi camino como un meteorito. Y esta no fue una excepción. Pero empecemos por el principio.

Siempre me he sentido identificada con la frase que pronuncia Ray Liotta al inicio de Uno de los nuestros (Martin Scorsese, 1990): «Desde que tenía uso de razón, siempre había querido ser un gánster». Yo soy poco dada a las actividades delictivas, pero desde que tenía uso de razón siempre había querido escribir. Así que con diez años decidí tozudamente que me convertiría en periodista, y cuando lo logré, confié en que un día tendría una epifanía que me conduciría a escribir una novela de ficción.

"Esa Montessori en zapatillas y sin épica, luchando como gato panza arriba, sí que tenía algo de mi advenimiento literario soñado"

Y la epifanía tardó lo suyo, mucho, demasiado, pero llegó. Escribiendo un artículo me topé con el personaje de Maria Montessori, la pedagoga que revolucionó la enseñanza a principios del siglo XX, pero a priori poco tenía que ver con la ansiada revelación, más bien al contrario. No me seducía por dos razones: porque yo había sido una madre demasiado estresada por el trabajo para llevar a mi descendiente a una escuela Montessori y me corroía la culpa, y porque nunca me he sentido identificada con las hagiografías de mujeres con talentos increíbles de los que una servidora y la mayoría de las mortales carecemos.

Sin embargo, ahondando en la documentación me di cuenta de que su vida poco tenía que ver con la de una heroína de cartón piedra y mucho con la de cualquier mujer de ayer, de hoy —y me temo que de mañana— que se enfrenta a dilemas como escoger entre la carrera profesional y la maternidad, o que, por cada vez que gana, pierde diez. Esa Montessori en zapatillas y sin épica, luchando como gato panza arriba, sí que tenía algo de mi advenimiento literario soñado. Me permitía tratar vivencias del pasado, pero también de las nuestras. Y me emocioné. Y acto seguido me desesperé. ¿Cómo iba a escribir una periodista como yo una novela histórica como la que latía desbocada en mi cabeza? Abrí camino andando, que es de la única forma que sé hacer las cosas. Sin brújula ni destino, pero a por todas.

No todo fue coser y cantar: me enfrentaba a otro obstáculo. Mi formación de periodista me encadenaba al dato y amordazaba mi imaginación. Si Montessori hubiera sido la protagonista de la novela, esta hubiera desembocado en una biografía muy documentada pero muy sosa, y ya que por fin iba a dar el salto a la literatura, quería ser libre para inventar, ficcionar y narrar sin más servilismos que los que me impuso el contexto histórico y las situaciones verídicas que relato. Quería habitar mi mundo imaginado porque intuía que era la única forma de hacerlo real y vibrante para los lectores. Por ello, creé a Claudia Caralt, mi protagonista, un compendio aleatorio de diversas ayudantes de la pedagoga, que cobró vida propia y me arrastró por tramas trepidantes en las que se enfrentaba al secuestro de niños, a revueltas sociales y a los secretos de su familia, y apurada siempre por esos problemas cotidianos que todos y todas padecemos, la desventurada Claudia me servía para universalizar la narración.

"Si Montessori hubiera sido la protagonista de la novela, esta hubiera desembocado en una biografía muy documentada pero muy sosa"

Mientras escribía me acordaba de mi madre, que era modista. Ella hilvanaba y ocultaba las costuras, que eran las que estructuraban el vestido. Del mismo modo, en la novela la documentación histórica quedaba oculta bajo el vuelo de la ficción, sosteniéndolo sin deformarlo.

La puntada definitiva se bordó en el título. Cuando Maria Montessori acabó la carrera de Medicina, acudió a un psiquiátrico en el que había niños discapacitados y observó cómo jugaban con unas migas de pan. Le fascinó que no se las comieran y entendió que a través del tacto despertaban las sensaciones y experimentaban. La pedagoga tuvo una especie de revelación, que la llevaría a elaborar el método Montessori. Y al conocer aquel dato, tuve yo mi revelación también, y convertí a mi protagonista en la mujer que había olvidado barrer las migas. De este modo se conocerían Claudia y Montessori, ficción e historia fundidas por El prodigio de las migas de pan.

Esa noche cogí una miga de pan, cerré los ojos y jugueteé con ella. Experimenté sensaciones imaginando las de aquellos niños. Recordé que «desde que tenía uso de razón, siempre había querido ser escritora». Y supe que tenía una novela.

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Autora: Marga Durá. TítuloEl prodigio de las migas de panEditorial: Destino. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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