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El cine que nos hacía mejores

El cine que nos hacía mejores

Hubo un tiempo en que el cine español, con cuatro perras gordas, un decorado de cartón piedra y una censura vigilando desde la butaca, conseguía algo que hoy parece milagroso: hacernos un poco mejores. No más listos, no más modernos, no más europeos. Mejores, que no es lo mismo. Hablo de aquellas películas de los años cincuenta y sesenta como Tres de la Cruz Roja, Los tramposos, Manolo guardia urbano El tigre de Chamberí. Títulos que hoy algunos despachan con una mueca de suficiencia, como estampitas de un país sombrío, ingenuo y pobre. Y, bueno. Éramos pobres e ingenuos a menudo, en efecto, y el blanco y negro no era del todo una metáfora. Pero en esa aparente simpleza había una dignidad y una pedagogía sentimental que ahora algunos echamos de menos, sin atrevernos a confesarlo.

Dirán los tontos del haba que casi todo aquello estaba edulcorado. Que la censura limaba aristas y la miseria real no se veía. Y en parte —sólo en parte— eso es cierto. Pero también es verdad que, dentro de los márgenes estrechos que había, aquellos guionistas, actores y directores construyeron un código ético reconocible. La amistad era lealtad, el amor era compromiso, el trabajo era orgullo, el engaño tenía límite, el fracaso no era excusa para la vileza. A menudo no se trataba de propaganda sino de un espejo, con frecuencia benévolo aunque espejo al fin. Nos mostraba cómo éramos y cómo podíamos y tal vez debíamos ser. Y al salir del cine, el espectador se llevaba algo más que dos horas de evasión; adquiría también ciertos modestos pero útiles modelos de conducta. Aquellas historias transcurrían en barrios reconocibles, con vecinos que se interpelaban por el nombre y tenderos que fiaban. El individuo no flotaba en el vacío; pertenecía a algo. Y pertenecer obligaba a responder, a no fallar del todo, a guardar las formas. El cine nos recordaba que no vivíamos solos.

Hubo en aquellas películas españolas de los años cincuenta y sesenta —después ya fue otra cosa, mucha basura incluida— algo más que una forma de contar lo que éramos: un pulso continuo entre lo que se podía decir y lo que urgía decir. Y ese pulso —ingenio, prudencia y a veces valentía— dibujó un retrato de aquel país más fiel que el que hoy pretenden las etiquetas fáciles. De una parte estaba el cine que recordamos con una sonrisa: Toni Leblanc, José Isbert, Concha Velasco, José Luis Ozores… Pero junto a ese espejo simpático había otro incómodo, que no devolvía una imagen limpia sino turbia. Y lo hacía jugando al escondite con la censura, esquivándola con una sonrisa en la cara y una verdad en el bolsillo. Ahí están Calle Mayor, La caza, Plácido, El verdugo El pisito: películas que no podían decirlo todo, pero sí lo suficiente. Que no gritaban, pero susurraban con mala leche. Y ese cine no venía a reconfortar ni divertir; venía a inquietar, colando entre líneas una España triste, gris, miserable, tan real como la otra aunque no la nombrase en voz alta.

Sería un error —uno de tantos errores que estúpidamente simplifican lo complejo— enfrentar ambos cines como si uno desmintiera al otro. Porque eran dos caras de lo mismo. El cine amable ofrecía modelos: «Incluso aquí se puede ser decente». El cine más oscuro advertía: «Cuidado, porque también somos esto y aquello». Y los dos eran necesarios, no sólo para entender la España de entonces, sino para entendernos dentro de ella. Ambos eran valientes a su manera: las comedias optimistas defendían la decencia en un país herido y pobre; las películas duras denunciaban las mezquindades de esa misma sociedad. Si las primeras nos hacían mejores al afirmar que la bondad era posible, las segundas describían el resultado de no serlo. Unas apelaban a nuestra ternura y otras a nuestra vergüenza.

Quizá por eso, en su conjunto, el cine de aquellos años traza un retrato más completo y honrado de lo que parece. España no era sólo fútbol, amigotes y noviazgos castos, ni tampoco exclusivamente crueldad provinciana y burocracia sin alma. Era la tensión entre ambas cosas, el impulso de ser buena gente y la tentación de claudicar. Quizá por eso unas y otras películas son más que una filmografía: confirman que en tiempos de censura, escasez y miedo hubo quienes encontraron la manera de contar y contarnos, unas veces suavizándolo con humor y otras haciendo frente con talento y audacia. También confirman algo que hoy es incómodo admitir: aquel cine apelaba a lo mejor de nosotros. Buscaba hacernos más dignos en diversos sentidos; y a menudo, hasta sin proponérselo, consiguió que así fuera. Eso es lo que lo hace valioso. Lo que permite, al verlo ahora con atención, que podamos reconocernos a nosotros, y sobre todo a nuestros padres y abuelos, en lo mejor y lo peor que en otro tiempo fuimos.

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Publicado el 10 de abril de 2026 en XL Semanal.

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Demogorgon
Demogorgon
3 horas hace

Y vuelta la burra al trigo, al “pa’ jóvenes los de antes, y pa’ viejos los de ahora”.
Ya se lo dije, Don Arturo: sesgo de la generación definitiva.
Y no digo que aquel fuera un mal cine, todo lo contrario: usted cita obras maestras y se deja muchas otras en el tintero; lo que digo es que, antes igual que ahora, se hacían y se hacen buenas y malas películas en España.
Lo que noto en sus últimos artículos es un tono condescendiente, desde la perspectiva que le dan los años, a lo que se hace ahora, ya sea cine, periodismo, tecnología o turismo, y siempre desde la romantización del pasado, pero solo porque fue su pasado.
Insisto, ese sesgo no es nuevo: seguro que sus abuelos pensaron lo mismo de la generación de sus padres, y sus padres, de la suya.
Saludos.