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El anonimato literario como resistencia

El anonimato literario como resistencia

¿Se imaginan entrar en una librería y encontrar en la sección de novedades un libro anónimo? Esa es la premisa de «Catálogo a ciegas», la iniciativa que la editorial sevillana independiente Barrett —responsable de títulos como Panza de burro, de Andrea Abreu— ha lanzado este 2026 con motivo de su décimo aniversario. A lo largo de este año, publicarán ocho libros sin revelar la identidad de sus autores o autoras. Hasta ahora han salido dos: un poemario titulado Idealista, en alusión al actual problema de la vivienda en España, y una novela, Un mal menor, que explora las formas en que las exigencias del sistema pueden desencadenar violencia en la esfera privada.

Este «Catálogo a ciegas» es, sin duda, una iniciativa original en los tiempos que corren, puesto que la autoría parece haberse convertido en marca y el autor en celebridad (o, en palabras de la investigadora y antropóloga social Valeria Mata, un «performer»). No obstante, el anonimato literario no es ninguna novedad. De hecho, gran parte de la literatura comenzó siendo anónima, ya que su origen se encontraba en la tradición oral y los relatos se consideraban, en muchas ocasiones, colectivos.

"Uno de los casos más significativos de experimentación es el del poeta portugués Fernando Pessoa, quien no se limitó al uso de seudónimos, sino que desarrolló heterónimos"

Desde la invención de la imprenta hasta la consolidación moderna de la propiedad intelectual, la figura del autor se fue afianzando progresivamente. Desde entonces, el anonimato literario ha respondido, en términos generales, a dos circunstancias: la imposición o la elección. Si hay una época en la que el anonimato impuesto resulta especialmente significativo es el siglo XIX; y si hay un grupo al que afectó de manera particular, ese fue, para sorpresa de nadie, el de las mujeres. Fueron muchas autoras las que se vieron obligadas a publicar sus obras de forma anónima, aunque las fórmulas para hacerlo variaban: desde la ausencia total de referencia a la autoría hasta la mención genérica «por una mujer», pasando por el uso de seudónimos —con frecuencia masculinos— o incluso la firma de sus maridos. La lista es larga: Jane Austen publicó muchas de sus obras de manera anónima; las hermanas Brontë se convirtieron en los hermanos Bell; Louisa May Alcott se escondió tras la ambigüedad de las iniciales A. M. Barnard; Amantine Aurore Lucile Dupin de Dudevant fue George Sand; Mary Ann Evans fue George Eliot; y Cecilia Böhl de Faber firmó como Fernán Caballero. Ya en el siglo XX, Colette tuvo que publicar bajo el nombre de su marido, quien se apropió de su fama y de sus ingresos.

Aunque los tiempos han cambiado y la identidad de estas y otras escritoras ha sido finalmente reconocida —en algunos casos en vida y en otros tras su muerte—, el anonimato ha seguido existiendo en la literatura, si bien, en la mayoría de las ocasiones, este responde a una elección de los propios autores y autoras. Las razones que les llevan a optar por el anonimato son diversas: experimentación, protección, refugio… Uno de los casos más significativos de experimentación es el del poeta portugués Fernando Pessoa, quien no se limitó al uso de seudónimos, sino que desarrolló heterónimos: identidades ficticias con biografías y estilos propios, profundamente diferenciados entre sí, en una búsqueda tanto literaria como personal. Resulta igualmente notable el caso de Romain Gary, quien, gracias a la creación del escritor ficticio Émile Ajar, se convirtió en el único autor en ganar dos veces el premio Goncourt.

"Hoy en día, el anonimato puede convertirse en un refugio para aquellos autores y autoras que desean mantener un perfil bajo"

También a modo de experimento —en este caso social y de mercado—, tanto Stephen King como J. K. Rowling han recurrido en ocasiones a seudónimos (Richard Bachman y Robert Galbraith, respectivamente) que les han permitido poner a prueba su éxito literario y discernir hasta qué punto este respondía a su destreza como escritores o a la «marca» asociada a sus nombres. Curiosamente, Rowling, a quien su editorial le había aconsejado el uso de iniciales ambiguas para la publicación de la saga Harry Potter, se decantó posteriormente por un seudónimo masculino cuando quiso alejarse de la fama que había adquirido su personaje literario.

Otros autores y autoras han optado por el anonimato o el uso de seudónimos como forma de protegerse a sí mismos o a su entorno. Es el caso de George Orwell, E. L. James o Marta Hillers. Orwell, cuyo verdadero nombre era Eric Arthur Blair, eligió este seudónimo para evitar incomodar a sus padres con el contenido autobiográfico de su primer libro, en el que narraba su experiencia viviendo en la pobreza. En el caso de E. L. James (Cincuenta sombras de Grey), nombre literario de Erika Leonard Mitchell, el seudónimo respondía a la voluntad de mantener a sus hijos al margen de su carrera como escritora de literatura erótica. Por su parte, la periodista alemana Marta Hillers recurrió al anonimato al publicar su autobiografía Una mujer en Berlín con el fin de protegerse de la posible recepción hostil —que, de hecho, terminó produciéndose— de un relato en el que se abordaban las violaciones a mujeres alemanas por parte de soldados soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial. Su identidad no fue revelada hasta después de su muerte.

"En su ensayo Plagie, copie, manipule, robe, reescriba este libro, Valeria Mata asegura que hoy más que nunca la literatura está estrechamente vinculada a la persona"

Hoy en día, el anonimato puede convertirse en un refugio para aquellos autores y autoras que desean mantener un perfil bajo. Es el caso del escritor estadounidense Thomas Pynchon, quien, aunque no firma sus obras con otro nombre, ha llevado una vida deliberadamente apartada, evitando ser fotografiado y desentendiéndose por completo de los mecanismos que operan en la construcción de la celebridad literaria. Más llamativo aún es el caso del fenómeno literario de la italiana Elena Ferrante, cuya identidad real no se ha revelado en las dos décadas que lleva publicando. En torno a este seudónimo han surgido diversas teorías: desde la posibilidad de que se trate de un hombre hasta la hipótesis de una autoría compartida.

En su ensayo Plagie, copie, manipule, robe, reescriba este libro, Valeria Mata asegura que hoy más que nunca la literatura está estrechamente vinculada a la persona: «A veces los lectores y lectoras leen, más que una obra, el autor o autora que reconocen e incluso idolatran debido a la mediatización de su vida. Un escritor o escritora puede convertirse en una marca y por lo tanto en una mercancía». Frente a esta lógica, iniciativas como el «Catálogo a ciegas» de Barrett funcionan no solo como un gesto editorial llamativo, sino como una intervención directa en el ecosistema literario contemporáneo —lo que ellos mismos definen como «hackear el sistema del libro». Al suprimir el nombre de quien escribe, el foco se desplaza hacia el propio texto y cuestiona hasta qué punto nuestras lecturas están condicionadas por la firma que las respalda. Pero el anonimato no solo transforma la lectura: también altera el proceso de escritura. «Tener un respiro y no tener que dar explicaciones a nadie o poder liberar la mente de las terribles presiones que implican firmar con un nombre (…) es un cambio sustancial a la hora de publicar», explican desde Barrett. Su «Catálogo a ciegas» es juego y especulación, pero también un acto de resistencia. En un momento en el que la autoría parece imponerse al texto, prescindir de ella puede ser el gesto más radical.

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Pablo75
Pablo75
3 ddís hace

Interesante artículo.

Ana
Ana
3 ddís hace

No he leído el otro título, pero sí “Idealista” y me decepcionó. Después de tantos discursos de superioridad por parte de la editorial —en el fondo, marketing— esperaba una obra valiosa, para apreciar con independencia de quién la hubiera escrito, y no sirve ni como broma…