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El riguroso paraguas, de Daniel Díez Carpintero

El riguroso paraguas, de Daniel Díez Carpintero

Los personajes de estos siete cuentos, si fuesen plantas, crecerían donde no deben, en grietas y tejados. En estos relatos, en los que la emotividad se mezcla con el humor más negro, se ofrece un gran pedazo de lo humano, de lo muy humano y muy vulnerable, con vísceras y membranas.

En Zenda ofrecemos el arranque de un relato, “Iris y yo”, presente en El riguroso paraguas (Sloper), de Daniel Díez Carpintero.

***

IRIS Y YO

Iris tenía ocho años cuando a su madre le dio el ictus.

Era mi compañera de clase.

No tenía padre, y estuvo tres meses sin venir al colegio y luego apareció con lo que había quedado de su madre: una mujer de treinta y cinco años con el pelo gris y manchas resecas de comida en la falda. La mitad de su cara estaba paralizada o muerta y colgaba como un delantal de un clavo. Lo peor era el ojo: la piel se le había dado de sí y el agujero ya no le coincidía con el globo ocular. Como una prenda húmeda que se hubiese estirado al tenderla de la cuerda. Y se le veían esas venitas y esos pliegues mucosos que la gente suele llevar por dentro.

Tenía el cuerpo girado, y al caminar se le olvidaba una pierna —se la dejaba atrás— y luego tiraba de ella y la arrastraba. Usaba una muleta. Y un zapato ortopédico negro y tristísimo, como una cucaracha. Y tardaba un minuto completo en cruzar la carretera para recoger a Iris en el colegio, transportándose a sí misma de ese modo coreográfico.

Eran los años ochenta y la gente aún insultaba por la calle a las personas retrasadas o enfermas o con deformidades. En la puerta de la escuela nadie se le acercaba. Conductores tocando el claxon y chillando cosas por la ventanilla mientras intentaba cruzar el paso de cebra. Nadie se enfadaba con esos conductores, nadie los llamaba desalmados ni hacía nada.

***

Iris era disléxica en una época en la que los maestros desconocían la existencia de ese trastorno. Para nuestra tutora era solo idiota. Sentada en el extremo de los tontos —nos situaban en el aula «por orden de inteligencia»—, diminuta, escuálida, con manchas de mermelada en la camiseta y migas del desayuno pegadas a la barbilla. Sus libros pintarrajeados. Su mochila llena de huesos de manzana y muñones de lapiceros y bolitas de papel de aluminio.

Como esas crías que acaban de nacer y no se tienen en pie y trastabillan. El pelo rubio ceniciento y la cara roja. Por su aire desangelado —siempre con esas sombras de mugre en el cuello— creíamos que era fea.

Pero entonces cumplimos trece años y llegó el momento de masturbarse, y yo lo hacía pensando en las tetas que le salieron en octavo. Enormes para ser una chica tan quebradiza, líquidas bajo la camiseta o el jersey. Parecía que fuesen a vertérsele.

Le hubiera gustado ser como las otras —buenas estudiantes y amables con sus familiares y deseosas de decir por favor y gracias a los desconocidos— pero ninguna quería hacerse amiga suya. Estaba siempre sola en el patio del colegio. Hacía cosas raras. Pasaba la lengua por el muro del gimnasio y dejaba una rayita de saliva en el cemento (que atravesaba chicles pegados y pintarrajos de tiza), o se paseaba con una zapatilla de deporte en un pie y una zapatilla de bailarina en el otro, mirándoselas, o iba cargada de sortijas hechas con papel de plata de las cajetillas de cigarrillos.

***

A los trece años yo la deseaba. Se había vuelto medio guapa. Una belleza rara, como un destello intrigante que saliese de la basura. Entre el pelo ceniciento y la cara roja estaban esos ojos amarillos en los que se asomaba algo depravado. Como si detrás de la Iris retraída que todos conocíamos hubiese otra, una Iris carente de cualquier límite que estuviese brotando y que se intuyese ya —igual que se intuye en los bebés una deficiencia o una deformidad futura— y que le infundiese una confianza anómala en la atracción que ejercía sobre los seres raros o secundarios como yo.

Un día me la imaginé desnuda: las tetas derramadas en el cuerpecillo gris. Nos imaginé restregándonos con ansia. Experimentando un placer como el de arrancarnos uno a otro costras de heridas.

***

Me había masturbado pensando en ella algunas veces pero empecé a hacerlo todos los días.

A continuación la veía en clase prometiendo a la maestra que iba a hacer los deberes —«Lo juro, seño»— para regresar al día siguiente sin haberlos hecho y con el mismo aire de indefensión, y mirar a la profesora y prometerle de nuevo que iba a hacerlos, y entonces llegaban las notas y suspendía todas las asignaturas y no entendía por qué. Decía que era injusto y se ponía triste y se quejaba de que le tenían manía. Como esos cachorros de gato manchados de sangre por haberse alimentado con las tripas de sus hermanos que te miran y son adorables y solo quieres abrazarlos.

Y fue como si Iris hubiese adivinado que yo pensaba en ella sin ropa y supiese lo que hacía mientras me imaginaba su cuerpo del color del vientre de una lagartija. Porque empezó a comportarse de un modo raro. Cuando el pasillo estaba lleno de alumnos esperando a que abriesen las aulas, se pegaba a mí y restregaba su barriga contra la mía con una sonrisita. O pasaba junto a mi pupitre y se le caía el chicle de la boca y lo cogía del suelo y se levantaba mirándome a los ojos y depositándolo en su lengua. Y un día estábamos persiguiéndonos y empujándonos en el patio y ella cogió del suelo un envoltorio de Bollicao y metió la mano y se puso a correr detrás de mí. Y cada vez que me alcanzaba tocaba con esa mano precintada, con toques rápidos y soltando risitas, mi miembro bajo el pantalón de chándal. Y yo hice lo mismo: saqué un envoltorio de Donuts de la papelera y lo utilicé como manopla para perseguirla y tocarle las tetas y el culo. Y tocarle el coño. Y al cabo de un rato ella tenía la cara muy roja y los ojos brillantes y se reía a carcajadas de cualquier cosa que yo dijese, y yo tenía una erección de un tipo diferente a todas las otras: producida por un estímulo carnal puro y que suponía el máximo grado de la sensación humana.

El día siguiente encontré un papelito en mi pupitre:

«eres un chico coriente eres un chico normal pero no se qe tienes dani qe no te pueo olbidar»

Levanté la vista y vi los ojos amarillos. Y noté que los ojos me cogían del brazo y tiraban de mí hacia un lugar secreto —lleno de cagadas de gato— como si por leer la nota me hubiese convertido en su novio.

En los dos meses que faltaban para que terminase el curso hubo pocos días en que no la descubriera espiándome. Escondida detrás del muro del gimnasio o entre los yerbajos con amapolas y rociados de envoltorios de bollos y plásticos triangulares de sándwiches alrededor del poste del pararrayos —su cara roja y sus tetas como una bebida que rebosara del vaso—, o asomada a la puerta del baño de los chicos cuando yo entraba a hacer pis, o siguiéndome por la calle a veinte o treinta metros mientras yo volvía a casa, y cuando intentaba acercarme se iba corriendo.

***

Luego empezamos a ir a institutos diferentes —aunque Iris no aguantó ni tres años en el suyo— y no nos veíamos nunca, y ella salía con un grupo de chicos que habían arrastrado dos bancos de madera hasta el borde del precipicio bajo el que discurría la autopista A-3, una zona que no era ni campo ni área suburbana y en la que se levantaban las estructuras de hierro que sostenían los carteles publicitarios —McDonald’s, Leroy Merlin— y donde brotaban solo yerbajos y cardos. Y entre esos cardos se veían tarrinas de yogur y cajetillas de tabaco y preservativos con lenguas de semen asomando (con hormigas entrando y saliendo) y envoltorios de jamón cocido en lonchas y trozos de papel higiénico y heces de perro desecadas y cristales rotos y un zapato y unas bragas. Iris estaba con ellos. Oyendo música en un radiocasete. Y el ruido de la autopista junto a ellos no cesaba, como la respiración de un enfermo o como una víscera gigantesca todavía viva, pero a ellos les gustaba eso: el humo y el ruido de los coches y ser testigos de accidentes de tráfico con mutilaciones y muertos. La gente decía cosas de ellos. Decían que se follaban a Iris. Todos.

Yo me acerqué a los bancos cuando ellos no estaban y vi los envoltorios de los preservativos y no eran todos de la misma marca, como hubiera podido esperarse si hubiesen pertenecido a una sola persona, sino de varias marcas —Control y Durex y Androtex—, y eso significaba que habían sido desenrollados sobre diferentes penes adolescentes.

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Autor: Daniel Díez Carpintero. Título: El riguroso paraguas. Editorial: Sloper. Venta: Todos tus libros.

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