Inicio > Firmas > El bar de Zenda > ‘Sapore di mare’
‘Sapore di mare’

Hay una generación, la mía, que creció en un momento feliz de Europa: adolescentes en los años sesenta, cuando el mundo parecía ensancharse, Europa era joven, y nosotros con ella. Mi generación aprendió, o quizás inventó, el amor de verano. Una manera de enamorarse que procedía de los libros, el cine y la música: rock, twist y sobre todo canciones españolas e italianas que sonaban en los tocadiscos portátiles, los transistores sobre la arena, los guateques donde todo parecía, por fin, a punto de empezar.

Era aquella la época del festival de San Remo convertido en referente sentimental, de una Italia que exportaba melancolía, belleza y mentira amable con canciones que sabían a sal, a mar, a ella y a ti. Para nosotros casi todo ocurría en los guateques, que no eran fiestas sino un mundo que cabía en un salón con las cortinas corridas y poca luz. Llegabas con corbata estrecha, zapatos limpios, colonia discreta y un temblor que nadie confesaba, y salías con la certeza de que la vida real era un rincón oscuro donde dos cuerpos jóvenes aprendían a entenderse sin palabras.

La música era la verdadera reina, con aquellos vinilos que pasaban de mano en mano como reliquias sagradas. En ese desfile maravilloso sonaban los grupos españoles y extranjeros —Beatles, Rolling Stones, Sinatra, Dúo Dinámico, Brincos, Los Mustang—, pero el largo y cálido verano estaba dominado sin discusión —Europa de Santana aparte, que era mi favorita— por las canciones italianas. Y en cada rincón oscuro estaba Gino Paoli, que no necesitaba traducción porque lo suyo no eran historias sino estados de ánimo: Sapore di sale, Senza fine, Il cielo in una stanza… Canciones que marcaban el momento cumbre: la parte final.

Porque en los guateques había un orden. Primero los temas rápidos, para romper el hielo, para que las chicas rieran en grupo y los chicos fingieran una seguridad que no tenían. Luego, poco a poco, la luz bajaba, alguien cambiaba el disco y entonces empezaba lo importante. El lento. Ahí se jugaba todo: el permiso para acercarse, el primer contacto que no era casual. Tus manos en su cintura, los brazos de ella en torno al cuello, el despacioso balanceo. Y ese calor compartido, donde el aroma a mar seguía pegado a la piel tibia y morena de verano, de atardeceres largos, de playas donde todo era sencillo y parecía eterno.

Nadie hablaba de futuro, ni lo mencionaba siquiera. Lo que había era presente, y las canciones de Paoli y de tantos otros eran memoria futura antes de que la memoria real de aquellos jóvenes existiera. Cada acorde llevaba dentro una despedida que nadie quería escuchar, porque en esos años ellas y ellos, nosotros, poseíamos la arrogancia de quien cree tenerlo todo por delante. Cuando, en el rincón más oscuro del guateque, dos jóvenes hermosos, inseguros, infinitamente vivos, se abrazaban con una seriedad que no volverían a tener jamás.

Luego supe que Sapore di sale, la canción de Paoli que tantos amores propició, había nacido también de un amor: ella, la futura actriz Stefania Sandrelli, tenía quince años; él, Paoli, era un hombre casado. Pero lo singular es que su canción no vino como un simple recuerdo, sino como algo que nuestra generación intuía sin saberlo: en realidad no hablaba del verano, ni del mar, ni siquiera del deseo, sino de la pérdida en el instante exacto de la felicidad. Una melancolía del futuro.

Gino Paoli lo sabía. Quizá por eso en 1963, en pleno éxito, se disparó en el pecho. No murió, aunque la bala quedó alojada allí, imposible de extraer. Se cuenta que aquel gesto desesperado y teatral hizo que Stefania Sandrelli, que lo había dejado, volviera a él. Que el amor se reanudara. Luego vino el desgaste, como siempre. Pero lo importante quedó: el instante suspendido, la canción, el verano que no iba a durar, los chicos que sin saberlo, gracias a ellos, aprendimos que el amor no se mide por su eternidad, sino por la intensidad del momento y la huella que deja cuando se rompe.

Gino Paoli murió hace un par de semanas, con más de noventa años, en esa Italia donde empezó todo. Todavía tenía la vieja bala cerca del corazón. Al enterarme de la muerte volví a escuchar sus canciones, y entre ellas sonó Sapore di sale para confirmar que en el recuerdo nada ha cambiado, que aquel verano nunca se fue. Y que los muchachos de entonces seguimos ahí, abrazados en la penumbra, inmóviles en ese instante perfecto en que aún no sabíamos cómo termina todo.

____________

Publicado el 17 de abril de 2026 en XL Semanal.

5/5 (6 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios