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Iván Redondo: “No me olvido de los que se abstuvieron en los momentos difíciles”

Iván Redondo: “No me olvido de los que se abstuvieron en los momentos difíciles”

El manual (Contraluz, 2026), el primer libro de Iván Redondo (San Sebastián, 1981), es una discoteca de tinta y celulosa. Sus cuatrocientas y pico páginas están minadas de canciones —ochenta y ocho en total, según la lista que su empresa, el Grupo Redondo, ha colgado en Spotify—. Recibe a Zenda en sus oficinas, sitas a tres minutos a pata del Retiro, y se detiene en “La playa”, un himno de sus paisanos, La Oreja de Van Gogh. Zorro experimentado, no entra en el debate de si Amaia Montero es mejor o peor vocalista que Leire Martínez.

En El manual, el que fuera jefe del Gabinete de la Presidencia del Gobierno con Pedro Sánchez entre junio del 18 y julio del 21 hibrida ensayo y autobiografía, conocimiento y vida, materia gris y sangre. En tercera persona y utilizando motes harto reconocibles, como en un juego de roles, Redondo se remonta a sus orígenes en la calle Azkuene, homenajea a sus seres más queridos, atraviesa su trayectoria ligada a la política, en la que siempre ha antepuesto la lealtad al carné, y confiesa episodios que fueron carne de debates, elucubraciones y bulos. Con el propósito de, aceptando el reto que le planteó su mujer, Sandra Rudy, “que las personas que conocen a la persona pudieran reconocerme de verdad”. Empezamos por un verso de Rilke.

*****

—Señor Redondo, ¿cómo se vive en despedida?

—Le voy a dar la vuelta: en bienvenida se vive bien. En la vida hay que saber llegar, saber marcharse y saber regresar… si procede.

—Recurre con frecuencia a las triadas.

—Es una fórmula que tiene un punto de estructura, orden, pasión y, para mí, sentido del humor, y que tiene que ver con un elemento mnemotécnico que te ayuda a repetir, a emitir un mensaje y a que llegue al destinatario. Tiene un punto de musicalidad y otro de numerología. Lo hago sin darme cuenta. Pero sí, me gusta. También intento sintetizar los sentimientos en tres o cuatro palabras.

—Va uno de sus estribillos trinos: “Hay que saber ganar, saber perder y saber parar”. En resumen, ¿hay que saber vivir?

"El libro está hecho para todos los públicos: no es un libro típico de ciencia política, se ve que he sangrado. La honestidad es absoluta en todo momento"

—Hay que saber vivir. El manual es el manual del hijo. Cuento mis orígenes. Soy hijo de la calle Azkuene, una calle que era como la I, la II y la III República si la hubiera. También es un manual del padre. No sólo de la hija que tengo, desde hace tres años, la preciosa Naia, sino de padres y madres profesionales que he tenido, que me han enseñado muchísimas cosas. Y El manual también es una historia de superación personal y un manual de fe desde todos los puntos de vista, incluida la laica. Hay momentos en la vida en los que el cuerpo y la mente fallan y sólo te queda la fe. El libro está hecho para todos los públicos: no es un libro típico de ciencia política, se ve que he sangrado. La honestidad es absoluta en todo momento. En la vida, todo el mundo tiene tres actos. Quería que Naia conociera el primer acto de sus aitas y cómo aprendes de las personas que vas conociendo en la vida, como es nuestro caso y el de Jeosm, vas conectando con más personas y vas mejorando. Yo no sé quién soy, pero a mis cuarenta y cinco años sé quien no soy. Y sigo descubriéndolo.

—Hay gente que, lamentablemente, no sabe vivir. ¿Qué le diría a alguien que no sabe vivir?

—Que tiene que superar ese miedo. Que, si necesita ayuda, tenga la valentía de pedirla. Porque lo que se está perdiendo puede ser maravilloso. En el fondo, la vida es un racimo de vivencias en el que, como dice Juan Larrea en Versión celeste, lo más importante es vivir.

—Usted ha aprendido de su ama

—De mi ama, madre en euskera, lo he aprendido todo. Nací porque a mi ama se le murió una hija, Esperanza. Los médicos le recomendaron volver a quedarse embarazada, porque tenía una gran depresión. En realidad, en mi vida están mi ama, mi mujer…

—¿Qué ha aprendido de Sandra, la Capitana?

"Tenía que tener una imagen rasputiniana: un jefe de la Moncloa o un asesor no puede dar entrevistas, tiene que mantenerse en la sombra"

—Una gran determinación. Y una capacidad de organización extraordinaria. También me ha enseñado a educar la mirada desde muchos puntos. Sandra me había planteado un reto. Durante un tiempo, en este primer acto en mi vida, por gajes del oficio, tenía que tener una imagen rasputiniana: un jefe de la Moncloa o un asesor no puede dar entrevistas, tiene que mantenerse en la sombra. Con este primer libro, Sandra me planteaba que las personas que conocen a la persona pudieran reconocerme de verdad. Lo intento en todas las entrevistas. Estoy yendo a todos los medios, con independencia del corte ideológico, ¡sin excepción! Para eso, ¿qué tengo que hacer? Ser más directo a cada pregunta que me lanza un periodista. Estoy haciendo un proceso de transformación.

—Nos conocimos gracias a Raúl del Pozo, hace cuatro años. En la entrevista que le hice entonces, la persona ya relegó al personaje.

—Raúl del Pozo lo ha sido todo para muchos de nosotros y sabía conectar personas. Así fue, acuérdate: “Os tenéis que conocer”. Desde entonces, Jesús, tenemos confianza y correspondencia. Él sabía leer el futuro. Aquella fue, probablemente, la única entrevista que tuve cuando salí de Moncloa, que fueron muy poquitas, donde pude explicar algunas de las cosas que están en este libro: mis lecturas, mis pasiones, mis intereses… Es verdad, probablemente fue mi primer intento.

—¿Y qué está aprendiendo de su hija?

—Es impresionante. Aprendo incluso algunas cosas que creía aprendidas y sentidas de hace tiempo. Hace una semana, la voy a recoger al colegio, vamos a casa y, en un euskera perfecto, me canta el “Txoria txori” (“El pájaro, pájaro es”) de Mikel Laboa. Cuando pienso que tiene tres años y me está cantando un himno por la libertad, sobre ese pajarito que tienes que dejar que vuele, pues vuela mi imaginación. Me parece increíble… Ser padre es tener la mejor entrada del espectáculo que es ver a tu hija crecer. Te transforma.

—¿Se puede vivir sin amar?

"Para mí, es imposible vivir sin amar. Cuando se me fue, como yo digo, “el jefe de gabinete del jefe de gabinete”, Currillo, mi primer perro, sufrí muchísimo"

—Seguramente, hay personas que necesitan amor y, por diferentes motivos, a veces, por cuestiones internas, no son conscientes de que les rodea y no conectan con el mismo. Para mí, es imposible vivir sin amar. Cuando se me fue, como yo digo, “el jefe de gabinete del jefe de gabinete”, Currillo, mi primer perro, sufrí muchísimo. Los perros te despiertan algo en el alma que no sabes que existe. Cuando se van, notas perfectamente cómo vuelve a apagarse esa parte de ti. Eso es amor. Entonces, ese tipo de momentos en la vida, que para mí son importantes, los he querido reflejar. Probablemente, el día que murió Currillo es el que más he llorado en toda mi vida. Casi con total seguridad.

—Dígame cuál fue el más feliz.

—Cuando nace Naia. Por muchos motivos. No sólo por ser padre: cuando se muere una hermana tuya, claro, traer al mundo a una hija…, es una alegría inmensa porque cierra un círculo para mí.

—Recurramos a otra de sus triadas, esa que dice que la política, como la vida, hace círculos; que es el arte de lo que no se ve, y que pocos votos son muchos.

—Pocos votos son muchos. Hay que decírselo a Alberto Núñez Feijóo, que no fue presidente por 20.000 votos en cuatro provincias plurinacionales que están en Euskadi, Cataluña y Navarra. La política es el arte que no se ve. El libro intenta contar, desde un punto de vista humano, quiénes somos los asesores, quiénes son los políticos, las diferentes razas que hay, y explicar que este es un deporte, arte, ciencia y servicio público de seres humanos para seres humanos. Probablemente, ese tono es uno de los elementos imprescindibles. He intentado que no se pierda hasta el final. La política, como la vida, hace círculos: se ve cómo en el año 97 soy una persona que está pensando en ir a la discoteca Young Play de San Sebastián y, por ejemplo, José Antonio Monago está en ese momento como bombero pagándose una carrera de Derecho, salvando vidas en una riada en Badajoz, y cómo, catorce años después, esa persona que está en una discoteca le dirigirá una campaña para la presidencia. Y ganarán.

—Cuando no deciden los votantes, la táctica o la estrategia, sino la historia, “como sucedió en tierras extremeñas” a pesar “de que el Director hizo de todo para evitarlo”, ¿qué hay que hacer?

"España es un país fascinante, que no te comes en un día, en el que todo es 50% trabajo y 50% suerte"

—Voy a hacer un poco de memoria: para remontar, intenté todo. Hasta llegué a traerme a Woody Allen para hacer una rueda de prensa con mi presidente en la Junta de Extremadura. Hay tres tiempos: el táctico, el estratégico y el histórico. Y a veces decide la historia, así se comportan los votantes. Y es maravilloso. España es un país fascinante, que no te comes en un día, en el que todo es 50% trabajo y 50% suerte. Ese gobierno no obtuvo la reelección pero, como cuento en el libro, si mi yo del futuro hubiese tenido una máquina del tiempo y, cuando estaba llorando la derrota extremeña, después de haber trabajado tanto, si me llegan a explicar lo que me va a pasar justo después, cuando vuelva al Madrid DF, no me lo hubiese podido creer en la Plaza del Rastro, que es la sede de la Junta de Extremadura. Para nada.

—Usted promovió en 2014 la Medalla de Extremadura para Robe Iniesta.

—Lo promovimos un equipo de personas. Carlos Lobo y Jorge Lozano, dos muy buenos amigos, me ponen en contacto con Alen Ayerdi.

—Baterista de Marea, fundador del Dromedario Récords y, entonces, representante de Robe. Un tipo interesantísmo.

—Eso es. Fue increíble que aceptara y poderle conocer. Su discurso fue una pasada…

—Antes de eso, pasó algo.

—Robe era una persona muy especial, muy sensitiva. Había que emitirle un mensaje en un lenguaje… Era como “Un suspiro acompasado”: como sus letras y sus canciones, tenía algo de “aire recién batido”. ¿Qué sucedió? Le enviamos una carta en la que le entregábamos simbólicamente la medalla. Él, simplemente, pudiendo aceptar ese gesto, ya era Medalla de Extremadura. Lo importante era transmitir el sentimiento del pueblo extremeño de que ya lo era, y si quería, podía recibirla.

—Robe cantaba que “del tiempo perdido / en causas perdidas / nunca, nunca me he arrepentido”. ¿Ha invertido mucho tiempo en causas perdidas?

—Sí (Risas).

—¿Se arrepiente de ello?

"Es como cuando vas a Nueva York por primera vez y tienes la sensación de que has estado ahí por las películas. En Extremadura, de manera más íntima, me sucede algo parecido"

—No. He intentado siempre ganar probabilidades a esas causas. No te puedes arrepentir: todos los planes son imposibles cuando empiezan. Tienes que ir ganando probabilidades y en ese esfuerzo está la recompensa. En realidad, el camino te permite entender por qué has elegido esa batalla. Lo dije cuando me fui de Moncloa: hay que saber ganar, saber perder y saber parar. Yo he experimentado todo. También hay que saber esperar y ser una persona paciente. Hay momentos donde tienes despertar, y Extremadura es uno de ellos. Extremadura es una de las tierras donde, como decía Bernardo Atxaga, más que ir, cuando llegas, tienes la sensación de regresar. Es como cuando vas a Nueva York por primera vez y tienes la sensación de que has estado ahí por las películas y las series. En Extremadura, de manera más íntima, me sucede algo parecido. Tiene un punto de pueblo pequeño, infierno grande, pero también de pueblo pequeño, alegría inmensa. Toda mi muralla de valores, principios y convicciones se llevó al límite y aprendí muchísimo.

—“El jefe de gabinete es la única persona —escribe—, aparte de su núcleo familiar, que puede mirar a los ojos al Presidente y decirle: ‘No vayas por ahí, no es lo correcto’”. ¿Se lo ha dicho muchas veces?

—Sí. El objetivo de un jefe de Moncloa o de un asesor es captar información y transformarla en conocimiento para la toma de decisiones del primer ministro o presidente del Gobierno. Ahora bien…

—¿Cómo se lo tomaba?

—A lo máximo que puedes aspirar es a una recomendación, un consejo o una alerta. Me encanta que los primeros ministros decidan. El terreno de las decisiones es el de ellos. Suceden muchas cosas: pueden tomar un camino, otro y, en muchas ocasiones, en la vida no hay solución a determinados problemas en ese momento, pero hay un camino. Sí me ha pasado que muchas veces no han seguido el consejo, a veces ha sido acertado no hacerlo y en otras no. Al final, siempre ha sucedido algo muy divertido: hablando de España, había un camino por un lado y otro por otro, pero al final riman y acaban encontrándose. Me gusta reivindicar una idea sencilla que, para mí, resume la historia de España: en España todo es imposible… hasta que interesa. Me ha sucedido que, con el paso del tiempo, determinadas discrepancias se convierten en grandes consensos. Y a veces, en esas discrepancias, me he dado cuenta de que la gestión de los tiempos dirimía elegir un camino u otro.

—Ese plan de construir una “casa común” coronada por una “monarquía plural” en 2028, ¿lo ve factible?

—Felipe VI es mi rey; no Juan Carlos I, que es el rey de otra generación. Yo soy republicano, nacido el 14 de abril. Todos los días, en mi cumpleaños, se funda la II República en Éibar y también se hunde el Titanic. Santiago Abascal también nació el 14 de abril (risas). Dicho esto, soy una persona que cree en el buen oficio del rey Felipe VI. En ese capítulo, quería explicar qué contribución y qué utilidad puede tener la monarquía y, a la vez, mostrar todo lo que he aprendido con Jaime Alfonsín, séptimo jefe de gabinete de los Reyes de España…

—Que estuvo en la presentación del libro.

"Está Felipe VI, pero está la reina Letizia, que cada discurso que da, no sólo es extraordinario, sino que conecta, y está la princesa Leonor"

—En el Teatro Bellas Artes, sí. Quería mostrar las enseñanzas de mis conversaciones, de manera pragmática, con él. Y quería reflejar cuáles son los retos: al final, el Rey tiene el propósito de garantizar la continuidad de la corona y dar estabilidad a la Jefatura del Estado. Esto engancha con una idea que, para mí, se va a imponer en España, y es que España es un Estado plurinacional del sur de la UE. En la España del 78, se decía “nacionalidades” en lugar de “nación”; hoy, mi generación no entiende la diferencia entre “nacionalidades” y “nación”. Los constituyentes encontraron un equilibrio extraordinario que les permitió desplegar un desarrollo de un Estado autonómico prestigiado para un reinado, el de Juan Carlos I, que tuvo esa fortuna. Pero ese mundo muere de viejo y de éxito. Y ahora hay que reinstitucionalizar el país. Cuando hablo del 2028, hablo de una didáctica, de una reflexión cincuenta años después, y también, en mi opinión, de una idea sencilla de entender: también Felipe VI merece un Estado que sea prestigiado para poder desarrollar su reinado como Jefe del Estado. Además, creo que los españoles tienen que seguir profundizando en su convivencia democrática. No sólo pongo encima de la mesa el concepto “España, nación de naciones”. Existe la “España de los autogobiernos” y, dentro de ese enfoque, existe ese concepto de “monarquía plural”. En realidad, ya la estamos viendo: está Felipe VI, pero está la reina Letizia, que cada discurso que da, no sólo es extraordinario, sino que conecta, y está la princesa Leonor. Entonces, ¿no ves que hay una pluralidad, que hay más jugadores y otra dirección de juego? ¿Por qué?

— Por mera supervivencia, entiendo.

—Porque llevamos ya muchísimos años, porque la monarquía va reconectándose y porque es consciente de que tiene que extender los brazos para agrupar y unir al máximo número de españoles posible.

—También cuenta que “su verdadero sueño profesional” es “ganar con una mujer una presidencia del Gobierno”. Visto el percal, no sé mañana, pero hoy por hoy, jodido, ¿no?

—Y aparte, estoy retirado, o sea que tampoco pasa nada…

—Bueno, bueno…, no le voy a repetir esa pregunta que le han hecho cincuenta veces desde que presentó El manual.

—Me había prometido con el libro que iba a ser muy directo con cada una de las preguntas que me lanzaban. A partir de ahí, sí, tienes toda la razón: en este momento, es un páramo. Sí hubo una persona que me lo hizo sentir, pero yo era demasiado joven entonces: Carme Chacón. Si hubiese sido la nominada, la secretaria general del PSOE en aquel congreso contra Rubalcaba, creo que podía haber sido, sin lugar a dudas, la primera mujer presidenta del Gobierno de España.

—Pero el corazón.

—Ella tenía una cardiopatía congénita que se la llevó hace unos años.

—Parecida a la suya.

"Desde ese septiembre de 2020 hasta el 17 de diciembre de 2020, que es cuando vuelvo a nacer, con una operación que fue un éxito absoluto, empecé a ser otra persona"

—Claro, cuando, en septiembre de 2020, el general Ballesteros nos dice a Félix Bolaños, que era mi número dos, y a mí, que conociéramos el gimnasio del búnker, y me hago el chequeo obligatorio, porque el gimnasio del búnker está a doscientos metros bajo tierra, me cambia la vida. Identifican un agujero grande en el corazón, una cardiopatía congénita que había estado en mi cuerpo siempre, y, claro, fue un shock. Te cambia la vida completamente. Te preguntas por qué a ti. Y te cambia el mundo: el lado izquierdo de mi cerebro estaba con el presidente del Gobierno de España y mi trabajo, pero el derecho empezó una recaída de electrocardiogramas, pruebas, análisis…, y, desde ese septiembre de 2020 hasta el 17 de diciembre de 2020, que es cuando vuelvo a nacer, con una operación que fue un éxito absoluto, empecé a ser otra persona completamente.

—Porque si no le llegan a identificar aquella cardiopatía congénita…

—Fue con treinta y nueve años. Hoy tengo cuarenta y cinco. Probablemente, en diez años, me habría puesto morado, de color azul. Te quedas sin oxígeno. Puedes tener insuficiencias. Te puede dar un ictus. Pero la Moncloa me salvó la vida. Los médicos de Moncloa…, imagínate. Cada vez que escucho la palabra “Moncloa”, lo que supone para mí.

—Tres para acabar: El Manual está repleto de canciones. ¿Cuál es la que mejor condensa lo que cuenta en sus cuatrocientas y pico páginas?

—Una canción en euskera que escuchamos en el Teatro Bellas Artes de Madrid: “Lau teilatu”, del grupo Itoiz. Dice muchas cosas: nos habla de la familia, de la intimidad, nos explica que puedes tener momentos buenos y malos, pero te anima a estar tranquilo porque estamos unidos, estamos juntos, y siempre va a haber un mañana que nos va a dar nuevas oportunidades y nuevas alegrías. En política, como en la vida, me han guiado dos verbos. Ahora lo puedo explicar en abierto, pero todas las personas con las que he podido colaborar saben que siempre he sido una persona muy leal y que nunca he necesitado un carné de ningún partido para ser leal. Los dos verbos son “unir” y “servir”. Y lo tengo muy claro. Creo que las emociones positivas son más poderosas que el miedo o el rechazo, que son negativas. Y así, como mi hermana, que se llama Esperanza y está en el cielo, me gustaría en este momento transmitir esperanza.

—¿Qué canción suena en este momento de su vida?

—Van a decir que tiro mucho para casa: últimamente, oigo mucho La Oreja de Van Gogh y Amaia. Me encanta Leire también. Ahí, entre mamá y papá, no sé elegir.

—Elija y montará un follón de narices.

"Pero tampoco me olvido de los que se abstuvieron en los momentos difíciles, que suelen ser los más peligrosos"

—¡Soy incapaz, me gustan las dos! Leire levanta La Oreja de Van Gogh en un momento muy difícil, y Amaia es muy difícil. Ahora, suena “La playa”. Cuando llego a Moncloa, me encuentro en el armario un cuadro de la Barandilla de La Concha. Digo: “¿Alguien lo ha puesto aquí, hay una cámara oculta?”. Lo puse en el despacho. (Piensa) “La playa” es una canción preciosa. Tiene un momento icónico que dice, más o menos: “Este loco de poco se olvida”. Y este loco de poco se olvida. No me voy a olvidar nunca de las personas que estuvieron conmigo en los momentos difíciles y de las personas que no. A ambas las quiero por igual. Pero tampoco me olvido de los que se abstuvieron en los momentos difíciles, que suelen ser los más peligrosos.

—Y, para finalizar: ¿era o no era Fito Cabrales?

—Hay un momento donde, de manera circunstancial, en unas nevadas históricas en España, la vida de Fito y un servidor se cruzan. Antes de que escribiera “Soldadito marinero”. Tuvimos que pasar una noche en Pancorbo, en una estación de servicio, y todos los que estuvimos ahí juraríamos que fue Fito. Me gustaría hablar con él y preguntarle si era él o no.

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