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Juan Esteban Constaín: «Jesucristo pudo haber sido el último gran héroe»

Juan Esteban Constaín: «Jesucristo pudo haber sido el último gran héroe»

Foto de portada: © David Rugeles, cortesía Revista Diners

Juan Esteban Constaín lleva más de dos décadas publicando. Se ha adentrado en la literatura siempre de la mano de sus maestros, y el aliento de las grandes plumas le ha conducido a rendirles pleitesía por medio de ensayos y artículos. Es columnista en el diario Tiempo, dirige un pódcast en Blu Radio, es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y acérrimo lector.

Acaba de enfrentarse a uno de los retos más apasionantes que podría tener un amante de la historia y la divulgación: adentrarse en el nacimiento del cristianismo, recorrer con rigor y amenidad un camino de siglos, dejarse seducir por la Mitología, la Arqueología, la Astronomía, la Ciencia para mostrarnos la Historia detrás de los libros sagrados.

Constaín acaba de publicar El Hijo del Hombre (Debate), una obra épica que recoge el origen histórico del cristianismo, un ensayo de gran envergadura que le ha supuesto dos años de trabajo y toda una vida de lecturas.

Hablamos con Constaín de historia, divulgación y teología. Descubrimos con el escritor qué se esconde detrás de la figura de Jesucristo.

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—Ha escrito relatos, novela histórica, ensayos… ¿Por qué ha escrito El Hijo del Hombre?

—Es un tema que me apasiona y me interesa desde hace mucho tiempo. Quizá el tema que más me interesa en la vida: el de la historia del cristianismo y sus orígenes. También hubo un detonante sentimental. Hice un viaje a Roma después de la pandemia, el primer viaje después del covid, cuando se reabrieron las puertas del mundo, para verme con dos de mis hijas, que viven en Alemania. Fue un viaje familiar para vernos después de dos años. En Roma invité a mis hijas a un itinerario que me parece apasionante: las catacumbas. Para ellas fue tortuoso. En una de las catacumbas romanas, esos cementerios de los primeros cristianos, una de mis hijas, que acababa de estudiar en el colegio el mito de Orfeo, vio la imagen de Orfeo y me preguntó por qué estaba ahí, en un ámbito cristiano, un personaje tan emblemático de la mitología griega. Empecé a contarles la historia de ese diálogo entre paganismo y cristianismo. Volví a Colombia con la intención de hacer un pequeño ensayo que, incluso, me dije, si me sale de 6 o 7 páginas se lo mando al maestro Pérez-Reverte para que salga en Zenda. Empecé el 25 de diciembre del 2023. Por la noche llevaba más de 40 páginas. Entonces supe que era un libro y que en ese libro tenía que destilar toda esa curiosidad y esa voracidad con las que me había aproximado a ese tema desde hacía tanto, y desde ahí no paré. Estuve dos años escribiendo. Un amigo me ha preguntado que cuánto me ha demorado. Dos años y toda la vida. Es la suma de mis lecturas, mis inquietudes y una oportunidad para releer y leer muchas cosas.

—¿Cuál ha sido el mayor reto al que se ha enfrentado a la hora de escribir este título?

"Necesitaba alejarme de esa posibilidad de que Jesús bajara en ovnis o que hubiera una pulsión amarillista de revelar cosas que nunca se han dicho"

—Son varios. Primero porque es un tema muy arraigado en nuestra cultura y nuestra civilización, del que todo el mundo sabe y quiere saber, y sobre el que hay muchos mitos, muchos prejuicios. Pero también me aterra esa visión sensacionalista y escandalosa de los libros que se ocupan de la figura de Jesús. Necesitaba alejarme de esa posibilidad de que Jesús bajara en ovnis o que hubiera una pulsión amarillista de revelar cosas que nunca se han dicho. Este es, más ben, un homenaje a todos los que se han ocupado de estas cuestiones con rigor, con pasión, a lo largo de los años. Otro es estar ante una bibliografía inabarcable, quizá la más nutrida de cualquier tema histórico en el que uno pueda pensar. Tenía las fuentes antiguas, griegas y latinas, sobre todo, y toda esa bibliografía desde la Historia, la Arqueología, la Teología… que es infinita. Enfrentarme a ese alud historiográfico no era fácil, pero logré hacerlo sin morir en el intento también, porque la premisa siempre fue la de saber que este es un ensayo personal, que está escrito desde mi perspectiva como lector y como escritor. En esa medida ese tono ensayístico implica, siempre, la presencia de mi voz. Por eso digo que es un ensayo histórico, pero también personal. La cuestión narrativa, estilística, es fundamental.

—¿Cómo ha conseguido que se pueda leer sin que el lector muera en la primera página?

—Me alegra saber que es así. Por fortuna me lo han dicho ya varios lectores, y me da a entender que esa perspectiva literaria y ensayística está funcionando. Soy lector de ensayos de todo tipo. Sé lo que significa esa experiencia de estar ante un texto farragoso que, de todas maneras, le puede regalar a uno información preciosa. No desprecio ese tipo de libros, pero agradezco lo contrario: cuando uno está ante un libro que puede combinar rigor con gracia, con encanto… o, por lo menos, con claridad. Mi objetivo es invocar a mis maestros de la lengua española que le enseñan a uno a escribir con claridad (Alfonso Reyes, Cunqueiro). Con esos dioses tutelares siempre en mente quise lograr un texto que fuera accesible y con el que también pueda dialogar con muchos tipos de lectores, desde el que tiene mucha información (incluso no desmerecer de eruditos y expertos), al que no sabe nada o tiene algo de curiosidad y pueda interesarle entrar en este libro. La idea común de “aplastar al lector” me parece muy antipática, la detesto.

—Dice en un momento de la obra que el pasado fue, es y será un territorio de combate. ¿Opina lo mismo?

"El pasado está vivo en todo presente y por eso es tan desgarrador y conflictivo"

—Sí, claro. El pasado siempre está en construcción. También digo en alguna parte que nada tiene más futuro que el pasado, porque vamos avanzando con esta idea, muy de estirpe griega, lineal, de que el progreso es hacia adelante, y muchas veces es hacia el abismo. Cuanto más avanzamos más posibilidades tenemos de conocer lo que está atrás. Lo vamos decantando, definiendo cada vez más y mejor. Eso nos lleva a discutir siempre cuáles son los alcances de esos pasados que nos habitan en el presente. Por eso quise pensar en esa idea de Lucien Febvre, el historiador francés, que era quien decía que el pasado es un combate permanente. Sí que me parece que es un territorio de batalla que tiene que ver con las cosas esenciales de cada presente que se asoma, cual Narciso en el río, en el pasado, para encontrar en ese oráculo las respuestas que quiere oír. Pero el oráculo de la Historia muchas veces responde lo que la reina de Blancanieves no quiere oír. Eso tiene que ver con nuestra identidad, con cosas fundamentales para los individuos y para la sociedad. No es un capricho libresco de los eruditos. El pasado está vivo en todo presente y por eso es tan desgarrador y conflictivo.

—Dijo Cicerón que Roma no se hizo en un día. ¿Y este título?

—No, mucho menos. Había varias opciones con este libro. Una de ellas era sintetizar y resumir mucho de la historia que estoy contando aquí. La otra posibilidad era la de la desmesura, que fue el abismo al que me lancé para contar muy bien toda esa historia que antecede al mundo de Cristo y al cristianismo. En esta historia el elemento romano es clave. Uno ahí se encuentra con un rasgo de la historia romana, del que han hablado siempre los grandes expertos, y es que buena parte de esa Historia está hecha de mitos y patrañas que se fueron volviendo verdad a golpe de repetirlos y perpetuarlos. Incluso hoy seguimos repitiendo esos mitos de la historia romana. Y en esa historia está enclavado el origen del cristianismo. A la hora de poner el título, tenía la posibilidad de hablar del Hijo de Dios, que me parecía muy obvia, y tenía la posibilidad de hablar del Hijo del Hombre, que es un epíteto inquietante, enigmático que usa Jesús para hablar de sí mismo y de su destino (invocando el libro de Daniel en el Antiguo Testamento).

—A ratos esta obra parece una batalla entre la Arqueología, la Mitología, Filosofía y Ciencia. ¿Cree que ha conseguido un justo balance entre las 4 disciplinas?

—Me gustaría creer que sí. A veces alguna de ellas termina imponiéndose y desbordando a las otras por los temas que voy transitando. Hay unos temas que tienen una vocación más teológica, otros un sesgo más mitológico. Pero lo que cobija todo es la Historia y, por otro lado, la literatura desde un punto de vista estilístico y narrativo.

—¿Cómo ha conseguido que un libro de estas dimensiones y con este contenido se convierta en una lectura agradable y adictiva?

"Soy un lector agradecido. Cuando me encuentro con grandes prosistas es como un hallazgo que celebro y atesoro"

—Insisto, es un homenaje a muchos de mis grandes maestros de la prosa en español. Soy un lector agradecido. Cuando me encuentro con grandes prosistas es como un hallazgo que celebro y atesoro. Ese es el árbol a cuya sombra siempre he querido arrimarme desde que empecé a escribir, teniendo presente a esos maestros. Pienso en Luisa Sofovich, esposa de Gómez de la Serna. Ella era una escritora y una historiadora descomunal. Hizo un libro sobre la Gioconda, sobre la Mona Lisa, precioso. Combina de manera magistral el rigor para contar esa historia y una belleza y una gracia… Pienso en ese tipo de autores, en Alfonso Reyes, Álvaro Cunqueiro, Ortega y Gasset… Pienso en grandes prosistas, en un prosista colombiano, Eduardo Mendoza Varela, que hablaba de cuestiones griegas siempre con tal limpidez y transparencia que me suscitó, desde el primer momento, admiración, pero también envidia. ¿Cómo se logra eso? Replicando y emulando a los maestros del estilo y de la literatura que nos enseñan que uno puede hablar de las cosas más profundas con belleza, gracia y transparencia.

—En esta obra se abarca la creación de Roma, las Guerras Púnicas, César en su alianza con Cleopatra, la Biblioteca de Alejandría… ¿Hay algún episodio histórico al que le tenga especial predilección?

—No necesariamente. Todos me interesaban mucho y por eso están aquí destilados desde mis lecturas. Pero hubo un aspecto en la escritura de este libro en el que me gustó mucho ahondar porque sabía muy poco y las lecturas que hice sobre él me regalaron mucho placer, que es toda esa tradición de grandes astrónomos y científicos que han buscado compaginar el relato mitológico de la historia sagrada y los fenómenos astronómicos que aparecen en ella con la Astronomía. Y eso incluye a Newton, incluye a Kepler y a un astrofísico de EEUU llamado Michael Molnar, que hizo un libro titulado La estrella de Belén, en el que a partir de una moneda antigua que compró en un anticuario (una moneda siria del año VI), empezó a leerla y se dio cuenta de cuál pudo haber sido el fenómeno astronómico que explicaba la estrella famosa que siguieron los Reyes Magos cuando tuvo lugar el alumbramiento del niño Jesús. Uno es ignorante en todo, pero en esas cuestiones científicas mucho más. Acercarme a eso me fascinó.

—Le voy a hacer la pregunta que se hace en el libro: ¿existió verdaderamente Jesús?

"Hay un consenso establecido (no exento de debates) que nos permite decir que sí hubo un personaje histórico con ese nombre"

—Sí. Diría que sí, de la mano de la mayoría de los historiadores y arqueólogos que se han ocupado del Jesús histórico. Hay un consenso establecido, no exento de debates, que nos permite decir que sí hubo un personaje histórico con ese nombre, que fue acaso el caudillo de una secta mesiánica en Galilea, que pudo haber nacido en el año 4 a.C. Hay una buena forma de resolver esa polémica interminable: citando a Mark Twain. Hizo un ensayo excelente sobre Shakespeare y sobre el misterio histórico de Shakespeare y su identidad. En ese ensayo dice: “Convengamos que Shakespeare no existió, pero digamos que quien hizo todo lo que se dice que él hizo fue un homónimo y un contemporáneo suyo”. En el caso de Jesús podemos decir lo mismo: hubo un homónimo y un contemporáneo de Jesús de Nazaret que hizo las mismas cosas.

—Aceptamos entonces que existe el personaje histórico. ¿Es la religión católica la mayor campaña de marketing de la Historia?

—Es una de las más eficaces, sin lugar a duda. Una campaña de marketing, de medios, multinivel, de mercadeo… siempre con esa idea expansiva de que cada fiel que llegaba iba trayendo más y más y más. Entonces se iba ensanchando y multiplicando el universo de creyentes, al punto de que en el siglo XIII y XIV, ya en el periodo romano, no pueden seguir persiguiendo a esa comunidad, por su desmesura demográfica, y termina aliándose con ella. El cristianismo pasa de ser esa secta mesiánica marginal, que había surgido con Jesús, a volverse el pie de la balanza —en términos políticos— en el Imperio Romano, y lo doblega y lo conquista. Tiene un maestro de esa empresa de marketing y difusión, que es San Pablo. Tiene muy buen producto, Jesús. Como dicen los expertos en publicidad y mercadeo, sin buen producto no hay nada. El producto excelente era Jesús, con ese mensaje mesiánico de salvación y trascendencia, y San Pablo es quien entiende que hay que sacar ese mensaje del ámbito refractario y sectario del judaísmo y hay que llevarlo a manos llenas al mundo gentil, al mundo pagano. Ese sí es el detonante para que ese mensaje, en el momento indicado de la historia, empiece a multiplicarse y termine irrigando todo el imperio y conquistándolo.

—Ha relacionado la historia de Jesús con la de Odiseo, el clásico viaje del héroe. ¿Fue Jesucristo el último gran héroe?

"Wilde decide convertirse al cristianismo porque es la religión de un derrotado que, al mismo tiempo, es un Dios que salva a los demás con su derrota y con su muerte y sacrificio"

—Pudo haberlo sido. No sé si el último, pero sí vale la pena pensar el relato épico y trágico de Jesús en el contexto de la tradición épica clásica, que es, entre otras, en la que surge el cristianismo. Por eso uno puede comparar o hacer un paralelismo entre Jesús y Orfeo, Jesús y Heracles, pero también Jesús y Odiseo. Una de las primeras irrupciones de la palabra “evangelio” —lo menciono en el libro— está en la Odisea. Jesús hace el viaje al inframundo, el viaje al infierno, la famosa catábasis que hace Odiseo, Orfeo, Eneas… Sí que creo que uno puede pensarlo en esos términos, y por eso además menciono la conversión de Oscar Wilde en la cárcel. Pasa dos años dramáticos en prisión, condenado por sodomía. Wilde decide convertirse al cristianismo porque es la religión de un derrotado que, al mismo tiempo, es un Dios que salva a los demás con su derrota y con su muerte y sacrificio. Wilde dice, en De profundis, que cuando asistimos a una misa católica tenemos la posibilidad quizás de ser partícipes de la última versión que hay en nuestro mundo de la tragedia griega, en la que un héroe va camino al cumplimiento, la consumación de su destino, mientras el coro, que en la misa católica somos los fieles, le va señalando ese camino. Sí, creo que Jesús es un héroe épico de la tradición clásica griega.

—¿Con esta obra espera generar más preguntas que respuestas?

—Sí, claro. ¡Ojalá! Primero esa sensación de placidez y gusto en la lectura y luego sí, muchas preguntas. Este es un ensayo de divulgación que no aspira a convertir a nadie. No es un texto apologético, no es un texto catequético, no quiero persuadir a nadie de nada.

—Después de esta publicación, ¿cree que se va a exigir más a sí mismo a la hora de escribir?

—Sí. Eso pasa con todas las publicaciones. Para un escritor cada libro es siempre un aprendizaje. Por mucho que haya publicado y escrito, cada libro es una experiencia, es un viaje nuevo. El libro siguiente siempre entraña una nueva ruta, un nuevo desafío en el que uno se exige mas porque tiene la experiencia previa de lo que ha escrito y no se quiere repetir. Es muy probable que lo que escriba ahora sea la continuación de este libro. Voy a seguir transitando sus huellas, por lo menos hasta la época de Constantino.

—¿Para qué escribe Juan Esteban?

—Para celebrar y agradecerle a mis maestros.

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