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El Niño, El Eclipse© y la Casita del Conejo Malo

El Niño, El Eclipse© y la Casita del Conejo Malo

Mayo decidió este año que la primavera era un lujo que no nos merecíamos. La AEMET ya lo ha confirmado en su habitual tono funcionarial: ha declarado que se han roto récords que nunca antes se habían roto, como todos los días mueren personas que nunca antes habían muerto. En concreto, se han registrado marcas de valores máximos y mínimos en un mes de mayo que ha establecido valores nunca antes vistos en los más de 80 años de historia de la Agencia Estatal de Meteorología.

Ochenta años.

Una cifra que suena a historia, pero que en realidad si te acercas huele a crema solar y a sudor. El aroma que la gente exhala apiñada al sol en la playa, como chorizos en la barbacoa, para celebrar esos tórridos récords de temperatura. La felicidad del chiringuito en la costa, la colchoneta sobre las olas y la despreocupación de los días ausentes de lluvia.

Mientras tanto, los periódicos llevan semanas anunciando la llegada del fenómeno meteorológico conocido como El Niño como si anunciaran la llegada del nuevo villano del pueblo.

“¡El Niño viene! ¡El Niño arrasa! ¡El Niño nos va a dejar como torreznos!”

Luego lees la letra pequeña, —porque una es perra vieja en el oficio y ha aprendido a desconfiar de titulares que parecen escritos por un editor de e-commerce con fiebre de clickbait— y descubres que, para España, El Niño influye casi lo mismo que un horóscopo del maestro Joao. Pero claro, el susto ya te lo llevaste.

"Un eclipse que, si te descuidas, va a tener más merchandising que La Casita de Bad Bunny"

Y por si todo esto fuera poco, este verano 2026 nos trae el que ya parece el evento astronómico del siglo: El Eclipse©, así con marca registrada. No tengo ni idea de cómo se está viviendo en otros lugares, pero aquí donde yo vivo El Eclipse© parece que fuera a resolver la inflación, la sequía y la lista de espera del ginecólogo. Un fenómeno con un marketing mucho mejor que el de El Niño, dónde va a parar, que tiene a medio país comprando gafas homologadas y a la otra mitad diciendo que no se fía, que eso de mirar al cielo nunca trajo nada bueno, pero lo que importa es que todo el mundo habla sobre él.

Un eclipse que, si te descuidas, va a tener más merchandising que La Casita de Bad Bunny. Por lo pronto igual las zonas de El Eclipse© no van a ser visitadas por tanta celebrity ni tanta belleza recauchutada como la réplica de la vivienda del Benito, pero lo que sí es cierto es que los turistas se van a dejar por pernoctación una pasta igual o superior a la que se dejan los seguidores del boricua en sus conciertos. Sarna con gusto no pica, ¿o acaso El Eclipse© no vale lo que un Conejo Malo?

Aquí, en El Cabo, ya hay quien dice que el eclipse “va a refrescar”. Como si el sol tuviera un botón de pausa y la luna viniera a pulsarlo un momento, solo para que dejemos de sudar como si estuviésemos pagando una penitencia. Es difícil que a estas alturas refresque nada, ni con eclipse ni sin eclipse. De hecho, ya hay incluso iluminados que aprovechan la coyuntura para anunciar la “señal del fin de los tiempos”. Vamos, que el Apocalipsis está en camino. Sinceramente, me preocuparía si no hubiera uno de estos grupos anunciándolo.

Así que sí: tendremos eclipse. Un espectáculo cósmico, dicen. Un momento histórico, repiten.

Yo solo espero que, cuando la luna tape el sol, no aproveche ningún hijo de puta con mechero para encender su propio espectáculo.

Lo que de verdad me preocupa no es el eclipse, ni El Niño. Ni siquiera los titulares apocalípticos. Es el verano que ya conozco; el que huele a agujas secas de pino, a tojos amarillos y a tierra polvorienta. Ese verano en el que el monte gallego se convierte en un polvorín y los telediarios en un parte de guerra. Cuando todo arde y es devorado por el fuego, mientras los hidroaviones pasan tan bajo que parecen que van a tocar las tejas de la casa por descuido.

"Porque aquí, en El Cabo, ya sabemos que el verdadero eclipse no es el del cielo sino el del monte cuando arde y lo deja todo negro"

Porque aquí, en El Cabo, ya sabemos que el verdadero eclipse no es el del cielo sino el del monte cuando arde y lo deja todo negro. Mientras medio país se prepara para mirar al cielo con gafas homologadas, yo seguiré mirando al suelo, que es donde empiezan los incendios. El eclipse pasará, la luna seguirá su camino, y los titulares buscarán otro apocalipsis de temporada. Pero aquí, en mi Casita, lo que de verdad importa no es lo que se tapa en el cielo, sino lo que se enciende en la tierra.

Y aun así, cuando llegue el momento, saldré fuera. Me quedaré quieta, escuchando cómo El Cabo contiene la respiración. Miraré cómo la luz se vuelve rara, cómo los pájaros dudan, cómo el mundo parece preguntarse qué demonios está pasando. Y quizá —solo quizá— me permita pensar que todavía queda algo de asombro en este planeta que se nos está calentando como una sartén olvidada al fuego.

Luego volverá el sol, volverá el calor, volverá el miedo. Pero durante esos minutos de sombra prestada, me haré la ilusión de que todo puede enfriarse un poco. Porque a veces está bien ilusionarse con tonterías cósmicas, aunque duren lo que dura un suspiro de la luna. Aunque sea un trampantojo como una casita minúscula en un escenario gigantesco.

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