La primera novela de Karim Kattan, una de las voces más singulares de la nueva literatura palestina, mereció el Prix des Cinq Continents de la Francophonie 2021 por explorar con acierto las contradicciones del compromiso político y la memoria.
En Zenda ofrecemos el arranque de El palacio de las dos colinas (Deslest-e), de Karim Kattan.
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No conozco al conductor. No me dirige la palabra. Nadie me ha preguntado nada. Viajo solo en el asiento de atrás, ni siquiera la tía Jeannette se ha dignado acompañarme al aeropuerto. Se alegran de librarse de mí. Ni que hubiera hecho algo malo. Me doy la vuelta. El valle, calcinado por completo, se aleja poco a poco. Y las dos colinas. Y el pueblo. Y el restaurante de Yihad. Me duele en el alma. Y nuestra casa, y los restos de la de Joséphine, lo que queda de sus flores. Siento náuseas. El pueblo está vacío, abandonado, tirado en la cuneta. Como si lo hubiera estado desde siempre. Como si hubiera ocurrido algo. ¿Habrán huido todos? El coche toma una curva y el paisaje desaparece. No, no ha ocurrido nada, nada de nada. Yo no he hecho nada. O como mucho en mi imaginación. Nada, un simple par de ojos dorados en mitad de la noche, y los soldados subiendo la colina bajo la llovizna. Y ahí está ahora el pueblo con sus dos colinas, nuestra casa allá en lo alto y la de Joséphine a sus pies, a merced del viento. Vuelvo la cabeza hacia el frente para no marearme y el mar se extiende de pronto ante mí, una mancha azul sin más. Enseguida, el aeropuerto. Mi primera vez en avión.
*
Debo contarte algo. Espero que tengas la paciencia de escucharme después de todo lo que ha pasado. No me atrevo a exigirte respeto, y menos aún indulgencia, con que me escuches me daré por satisfecho. Pero debo contártelo. Sí, a ti. He matado a un hombre. Un colono. Un hombre, pero un colono al fin y al cabo. Un colono, pero un hombre al fin y al cabo.
Dicho así, suena un poco dramático. Nada más lejos de la realidad. Tienes que entenderlo: apareció ante mí de repente, bajo los almendros. En realidad ya estaba muerto, así que tampoco cambiaba gran cosa. Parecía un fantasma. La luz del día, impecable, hacía temblar las sombras de los almendros a nuestro alrededor. No vio a Nawal, pero fue ella quien guio mi mano. El caso es que yo había salido de casa para tumbarme en el claro, con un revólver que había encontrado en la habitación de Nawal e Ibrahim. Salí con un vaso de limonada en la mano y el arma en el bolsillo, dispuesto a quitarme la vida en un lugar bucólico y lo más anodino posible. Hacía fresco. La estación ideal para morir, pensé. Pero el colono apareció de la nada y le disparé. Mejor dicho, Nawal le disparó a través de mí. Ella también estaba cansada. Parecía la estatua de una diosa, agotada, vencida por el tiempo. ¿De qué servía todo aquello? Un revólver, qué tontería. Seguro que me habría matado él si yo no hubiera apretado el gatillo antes. Pero no cambia nada.
Esto no es una confesión, solo quería decirte de entrada que ayer maté a un hombre. Ya está, asunto zanjado. No hablemos más de ello. Aunque sí debo reconocer una cosa: ese hombre, ese colono… era feo. Es una estupidez, lo sé, pero era feo con ganas. Lo he dejado en el sitio, ahí fuera, bajo los almendros, tampoco cambia nada… ¿Tú crees que ya habrá empezado a descomponerse? Si hubiera sido más agraciado, quizá le habría perdonado la vida. Puede ser. Tal vez habría dejado que me matara él a mí con un escalofrío de placer. Quién sabe… Si hubiera sido tan guapo como para dejar sin aliento incluso a Nawal, si hubiera sido tan guapo como para seducir a los mismísimos demonios, otro gallo habría cantado. Le habría pedido sin más que, en lugar de matarme de un disparo, me apretara el cuello con sus delicadas manos, y me habría dejado morir entre estertores de gozo, con la barbilla empapada en saliva.
Antes de que el colono apareciera, antes de que yo diera con el revólver y tomara la decisión de ir a morir bajo los almendros, Nawal me susurraba maldades al oído:
—Venga, sal, ve a su encuentro, con que uno solo su cumba a tus disparos, ya podemos darnos por vencedores; vamos, no tengas miedo, yo caminaré delante de ti, no se atreverán a dispararme, les meteré el miedo en el cuerpo. Venga, yo llevaré la delantera.
Estaba agotado, prefería morir antes que gastar más energía. La llegada del colono me ofreció un respiro. Fue entonces cuando decidí hablarte, confesártelo todo, aunque me eché a temblar solo de pensar en escribirte. Ya no me queda nadie con quien hablar, pero tengo la certeza de que sabrás comprenderme. Sí, a pesar de todo. Sé que tu primer impulso será borrar este mensaje, pero también sé que no lo harás. Claro que no, te recuerdo perfectamente. Soltarás un suspiro de hastío, pero seguirás leyendo.
Desde que vivo encerrado con Nawal —un equinoccio interminable, tres estaciones, dos meses—, siento la necesidad de hablar con alguien y, de paso, aclarar el malentendido. Escúchame, te lo ruego.
[…]
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Autor: Karim Kattan. Título: El palacio de las dos colinas. Traducción: Borja Mozo Martín. Editorial: Deleste. Venta: Todos tus libros.


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