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No es una alucinación

No es una alucinación

«No es una alucinación». Marie, que acaba de llegar de Yunnan, en China, me lo ha dicho tal cual, a bocajarro. Porque dice que llevan todo el viaje de vuelta intentando convencerla de lo contrario. Y solo porque comió aquellas setas del restaurante unos minutos antes de que sonara el temporizador. Porque ella no es de las que dan pábulo a esas historias sobre las alucinaciones liliputienses que provoca la Lanmaoa asiática, un manjar donde los haya, con curiosos efectos secundarios. Marie dice que sigue viéndolos. A los duendes. Correteando por cada esquina. Diferentes —eso sí— a los que vio allí. Y ellos —lo sabe de buena tinta— también la ven a ella. Por eso sabe que no se los imagina. Por mucho que le digan que solo está en su cabeza, que son efecto de esos hongos y que no haga demasiado caso, que disfrute de la experiencia, que los efectos se le pasarán en unas horas o, como mucho, uno o dos días más.

No sé por qué me lo cuenta a mí. Yo no la conozco. Hemos coincidido en la cola del súper. Ella iba delante, nerviosa y con la mirada esquiva o, quizá, demasiado atenta. Alterada, eso sí. No paraba de mirar hacia uno y otro lado, de dar pequeños saltitos o respingarse cada vez que creía ver algo. Yo no soy de inmiscuirme en los asuntos de nadie, pero es que la he visto temblando a las puertas del establecimiento, encogida sobre sí misma y con las bolsas de la compra en el suelo, algunas manzanas y verduras dispersas por el piso. La he ayudado a incorporarse y he sacado una botella de agua de la expendedora que hay a la salida. Le he dado a beber y le he pedido que se tranquilice. Le ofrecí llevarla a Urgencias o a su casa. Denegó ambos ofrecimientos. Dijo que se le pasaría. Que solo estaba un poco alterada. Entonces me contó lo de Yunnan y los hombrecitos.

"Y me da qué pensar en el relato de Marie, la señora desconocida a la que probablemente no volveré a ver, y en el tipo de hongo que se ha cruzado en su camino"

Por lo visto se trata de algo muy común; lo de ver duendes corriendo de aquí para allá cuando se comen esas setas si no se cocinan bien. «Quince minutos», me dijo. Mínimo eso. Los efectos dicen que duran entre 24 y 48 horas, pero hay quienes acaban hospitalizados durante una semana. «Y también quienes no necesitan comerlas para ver a las criaturitas». No Criaturita como la de María Bastarós, que se antoja más misteriosa, oscura y grande, sino mucho más pequeñas, luminosas y, aparentemente, divertidas que las de la novela. Me habla de setas y hongos y yo pienso en lo poco que se sabe de ellos, en su potencial aún oculto. Fue contarme lo de la Lanmaoa asiática y, al llegar a casa, me he puesto a investigar como loco. Resulta que el Reino Fungi es de lo más amplio y desconocido, muy misterioso. Que se lo digan a Daniel Miguélez y sus agricultores de Umbravia. No hacen la fotosíntesis, su cuerpo real es el micelio, una red subterránea gigante de la cual solamente vemos el «fruto» y se les conoce también como los grandes recicladores del planeta. Todo, a priori, parece positivo. No obstante, no puedo evitar acordarme del Cordyceps, el parásito (real) de The Last of Us que transforma la raza humana en «Clickers» o en la red micelial de Star Trek Discovery que permite viajar por el universo. También me vienen a la cabeza la saga literaria de «Aniquilación», el Mundo de Sombras de Dungeons & Dragons, donde esos hongos gigantes iluminan lo desconocido, o el hongo psicoactivo que altera el tamaño y la percepción de Alicia en El País de las Maravillas.

Y me da qué pensar en el relato de Marie, la señora desconocida a la que probablemente no volveré a ver, y en el tipo de hongo que se ha cruzado en su camino. Porque no tiene pinta de saprófito, parásito o simbionte. Ni siquiera de psicoactivo. Porque yo he sentido el roce suave de unos dedos minúsculos cuando ella, sentada a mi lado mientras bebía a sorbitos de la botella de agua, señalaba hacia mi brazo desnudo con los ojos bien abiertos. Lo he sentido y no era una ilusión ni tampoco una alucinación. Y, por un momento, he creído ver, cuando un fugaz rayo de sol atravesaba la cristalera, el reflejo de una sombra luminosa que se movía como una exhalación y se escondía tras el servilletero de la barra lateral.

"Marie me dijo que había buscado en internet también. Que todos los que consumen esas setas ven personitas a su alrededor durante el tiempo que duran los efectos de la ingesta"

Marie me dijo que había buscado en internet también. Que todos los que consumen esas setas ven personitas a su alrededor durante el tiempo que duran los efectos de la ingesta. Algo, ya de por sí, de lo más extraño. Yo he ido un poco más allá y me he topado con teorías que hablan de los psicodélicos no como alteradores de la psique, sino como catalizadores de nuestra percepción, puertas a rangos de visión que normalmente permanecen cerradas a nuestro alrededor. Hablan de que nuestro cerebro analiza ondas de luz y sonido para interpretarlo de un modo determinado, ondas que están a nuestro alrededor y que no podemos percibir en su totalidad. Frecuencias cuyo rango se amplia al consumir estas setas chinas. Esas teorías dicen que lo que hace la Lanmaoa asiática es ponerte en contacto con esas frecuencias que, por lo habitual, son invisibles al ojo humano, mostrarte esa otra realidad que subyace en torno a la nuestra. Ni Gordon Wasson ni Roger Heim, que ya encontraron hongos con efectos parecidos en Papúa Nueva Guinea allá por los años 60, fueron capaces de explicarlo ni encontrar la molécula responsable de esta alteración. Ni Albert Hofmann, el artífice de la diletamida del ácido lisérgico, a quien enviaron muestras, ni nadie pudo averiguarlo jamás. Y no lo harán. Porque esas alucinaciones liliputienses, que es como han acabado bautizándose, no son tales. Estoy seguro. Igual que lo está Marie. Y ella solamente quiere dejar de ver los duendes, porque la ponen nerviosa. Una vez fuera de su vista, los olvidará y hará como que no ha pasado nada. Porque es más fácil pensar que nadie nos observa, que nuestra intimidad es solo nuestra y no hay nadie del tamaño de un muñeco de Playmobil corriendo bajo nuestros pies, por todas partes. Yo, por si acaso, también seguiré atribuyendo los roces fortuitos a la brisa estival o los escalofríos de entretiempo. Por mucho que vea sus manitas o sus piececitos asomando en el armarito o entre los libros de mis estanterías.

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