En el centenario del nacimiento de Ingeborg Bachmann, la editorial Nórdica rescata una de sus obras maestras. Mitad novela policíaca, mitad historia de amor, mitad estudio de caso psicoanalítico, esta novela retrata a una escritora que intenta contar su propia historia en un mundo dominado por hombres.
En Zenda publicamos las primeras páginas de Malina (Nórdica), de Ingeborg Bachmann.
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Los personajes
nacido en 1935 en Pécs (antiguo Fünfkirchen), Hungría. Vive desde hace unos años en Viena y tiene un trabajo regular, en un edificio del Kärntnerring. A fin de no provocar complicaciones inútiles para Ivan y su futuro, lo describiremos como un Instituto para Asuntos de Extrema Necesidad, porque trabaja con dinero. No es el Instituto de Crédito.
Béla, András
los niños, de siete y cinco años
Malina
edad indeterminable a juzgar por el aspecto, ha cumplido ya cuarenta años, autor de un Apócrifo que ya no se consigue en librerías y del que se vendieron algunos ejemplares a finales de los años cincuenta. Por razones de camuflaje funcionario de categoría A, empleado en el Museo del Ejército Austriaco, donde una licenciatura en Historia (primera especialidad) e Historia del Arte (segunda especialidad) le permitió colocarse y ocupar un ventajoso puesto en el que asciende sin necesidad de nada, sin hacerse notar nunca ya sea por injerencias, ambición, exigencias u otras ideas ilícitas de mejora de los procedimientos y de los expedientes intercambiados entre el Ministerio de Defensa en el Franz-Josefs-Kai y el Museo del Arsenal, que, sin llamar la atención en exceso, se cuenta entre las instituciones más curiosas de nuestra ciudad.
Yo
pasaporte austriaco, expedido por el Ministerio del Interior. Certificado de nacionalidad legalizado. Ojos castaños, cabello rubio, nacida en Klagenfurt, siguen algunas fechas y una profesión, dos veces tachada y enmendada, direcciones, tachadas tres veces, y con buena letra puede leerse encima: domiciliada en la Ungargasse 6, Viena III.
Tiempo
hoy.
Lugar
Viena.
Únicamente la indicación temporal me ha dado que pensar un buen rato, porque me resulta prácticamente imposible decir «hoy», aunque uno dice, o mejor, tiene que decir «hoy» todos los días, pero si por ejemplo alguien me cuenta lo que va a hacer hoy (por no hablar de mañana), no adopto, como a menudo se piensa, una mirada ausente, sino una muy atenta, de perplejidad, tan poco esperanzadora es mi relación con «hoy», porque solo puedo atravesar este Hoy con mucha preocupación y sumo temor, y en medio de esa angustia extrema, escribir o tan solo referir lo que acontece, pues habría que destruir de inmediato lo que se escribe sobre Hoy, igual que se rompen, se arrugan, no se terminan, no se envían las cartas de verdad, porque son de hoy y ya no podrían llegar a ningún otro Hoy.
Quien haya escrito alguna vez una carta aterradoramente suplicante para luego romperla y tirarla sabe mejor que nadie lo que entiendo aquí por «hoy». Y ¿quién no ha conocido esas notas casi ilegibles?: «Venga, por supuesto si puede, si quiere, se lo pido por favor. ¡A las cinco en el café Landtmann!». O esos telegramas: «por favor llámame inmediatamente stop hoy mismo». O bien: «hoy no es posible».
Porque Hoy es una palabra que solo deberían utilizar los suicidas, para todos los demás no tiene el más mínimo sentido, «hoy» no es más que la denominación de un día cualquiera para ellos, incluso para el de hoy, tienen claro que solo tendrán que volver a trabajar ocho horas o cogerse el día libre, que harán algún que otro recorrido, que tendrán que comprar alguna cosa, leer un diario matutino y uno vespertino, se tomarán un café, se les olvidará algo, habrán quedado con alguien, tendrán que llamar a alguien por teléfono, un día, en suma, en el que tiene que ocurrir algo o, mejor dicho, en el que no sucederán demasiadas cosas.
Por el contrario, cuando digo «hoy», empiezo a respirar de manera irregular, me viene esa arritmia que ahora puede constatarse también en un electrocardiograma, solo que no puede deducirse del gráfico que la causa sea mi Hoy, siempre nuevo y opresivo, pero yo puedo presentar la prueba del trastorno, redactada en el inquieto código de los médicos, de algo que precede a las crisis de angustia, que me predispone, me estigmatiza, algo, según dicen, según piensan los especialistas, aún funcional hoy en día. Solo yo temo que es «hoy» lo que me resulta demasiado excitante, demasiado desmesurado, demasiado patético, y que en medio de esa excitación patológica para mí no dejará de ser «hoy» hasta el último momento.
Así pues, si he llegado a esta unidad de tiempo menos por azar que por una terrible obligación, le agradezco la unidad de lugar a una benévola casualidad, pues no he sido yo quien la ha encontrado. En esta unidad mucho más inverosímil he llegado hasta mí misma y me oriento bien en ella, ¡oh, y cuánto!, porque en líneas generales el lugar es Viena, en eso no hay nada de particular, pero en realidad el lugar es una calle, más bien un tramito de la Ungargasse, y eso se debe a que los tres vivimos allí: Ivan, Malina y yo. Cuando se observa el mundo desde el distrito III, cuando se tiene un ángulo visual tan limitado, naturalmente se tiende a poner de relieve la Ungargasse, a inventar algo sobre ella, a elogiarla y a otorgarle cierta importancia. Podría decirse que es una calle especial porque empieza en un lugar agradable, casi tranquilo, del Heumarkt y desde aquí, desde donde yo vivo, puede verse el Parque Municipal, pero también la amenazadora nave del Gran Mercado y la Dirección General de Aduanas. Nosotros estamos aún entre casas dignas y herméticas, y no es hasta después de la casa de Ivan, el número 9 con los dos leones de bronce en el portal, cuando se vuelve más intranquila, desordenada e irregular, aunque se aproxima al barrio de las embajadas, pero lo deja a la derecha y no tiene mucho que ver con ese «barrio noble» de Viena, como se lo llama familiarmente. Resulta útil con sus pequeños cafés y sus muchos albergues viejos, nosotros vamos al Alter Heller, entre medias hay un garaje muy práctico, el Automag, la Farmacia Nueva, también muy práctica, un estanco a la altura de la Neulinggasse, ello sin olvidar la panadería tan buena de la esquina de la Beatrixgasse, y por suerte la Münzgasse, donde podemos aparcar nuestros coches, incluso cuando no hay sitio en ningún otro lugar. A trechos, por ejemplo a la altura del Consolato Italiano, con el Istituto Italiano di Cultura, no se le puede negar cierto aire de distinción, aunque no sea mucho, pues a más tardar cuando se aproxima el tranvía o se divisa el execrable garaje de las furgonetas postales, en el que dos placas no se dicen nada entre ellas, tan solo «Francisco José I. 1850» y «Oficinas y talleres», se olvidan sus esfuerzos por ennoblecerse y recuerda su lejana juventud, la vieja Hungargasse, en la que tenían sus hospederías, sus fondas, los comerciantes y los tratantes de caballos, bueyes y heno, y así la calle discurre, como se dice oficialmente «describiendo un gran arco en dirección a la ciudad». Al describir su gran arco, por el que algunos días bajo desde el Rennweg, me detiene con detalles siempre nuevos, con novedades ofensivas, tiendas que se llaman «Vida moderna», pero que para mí son más importantes que todas las plazas y calles de la ciudad que destacan por encima de ella. Tampoco puede decirse que sea desconocida, pues se la conoce, pero uno de fuera nunca llegaría a verla, porque en ella no hay nada que visitar y aquí solo se puede vivir. Un visitante se daría la vuelta en la Schwarzenbergplatz o como mucho en el Rennweg, junto al Belvedere, con el que solo tenemos en común el honor de llevar el título de «Distrito III», y el forastero tal vez podría aproximarse desde el otro lado, desde la Asociación de Patinaje, si se aloja en el nuevo cajón de piedra, el hotel Vienna Intercontinental, y al pasear se adentra demasiado en el Stadtpark. Pero a este parque, por el que un pierrot blanco con voz de falsete ha entonado para mí: venimos como mucho diez veces al año porque se puede estar allí en diez minutos; e Ivan, que por cuestión de principios no va a pie, a pesar de mis ruegos y mis halagos, solo lo conoce de pasada, porque el parque está demasiado cerca y para tomar el aire y con los niños vamos a los bosques de Viena, al Kahlenberg, hasta los palacios de Laxenburg y Maerling, hasta Petronell y Carnutum, en el Burgenland. Con este Stadtpark, al que no necesitaríamos ir en coche, tenemos una relación de abstinencia y falta de cordialidad, y no recuerdo nada más de tiempos legendarios. De vez en cuando me percato aún angustiada del magnolio con las primeras flores, pero no siempre se puede armar un revuelo por ello; y cuando, como hoy, vuelva a decirle a Malina, carente de toda imaginación, que si ha visto las magnolias del parque, me responderá, él que es educado, con un gesto afirmativo, pero ya se sabe la frase de las magnolias.
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Autora: Ingeborg Bachmann. Título: Malina. Traducción: Isabel Hernández. Editorial: Nórdica. Venta: Todos tus libros.


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