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El último día de Borges y los seis meses de destierro en Ginebra

El último día de Borges y los seis meses de destierro en Ginebra

Imagen de portada: Borges y Maria Kodama en el Hotel Real de Santander en agosto de 1983. Foto: José María Plaza

El sábado 14 de junio de 1986, sobre el mediodía (o esa es mi memoria), los altavoces de la Feria del Libro de Madrid anunciaron la muerte del escritor Jorge Luis Borges. Fue como un latigazo para los paseantes, que unánimes se dirigieron a las casetas para adquirir algún título del fallecido, como un último homenaje. Esa mañana se agotaron su libros. Algunos recordarían que el año anterior —en ese mismo Paseo de Coches del Retiro—, un anciano pero aún verosímil Borges había estado presentando su último poemario, Los conjurados (Alianza Tres), y por la tarde no cesó de firmar libros hasta que, llegado al número 333, como un homenaje a su querido Dante, se frenó. Ya era de noche, aunque Borges llevaba treinta años viviendo en esa borrosa luminosidad que era su ceguera. No era un mal número, 333, nueve veces más que 37, que fueron los ejemplares que vendió de su libro de ensayos Historia de la eternidad, justo medio siglo antes.

Borges murió en Ginebra, solo, universalmente solo, a las ocho de la mañana, en su dormitorio del departamento de la Grand Rue 28, de la Ciudad Vieja, que había sido alquilado cuatro días antes, tras pasar seis meses entre el hotel y la clínica. En su mesilla había un libro de Heine y otro de Rilke, que Florence, una recia enfermera suiza, le solía leer en alemán.

"El día anterior a su fallecimiento entró en coma: María Kodama llamó a Héctor Bianciotti, escritor argentino nacionalizado francés, y juntos velaron al moribundo durante toda la noche"

El día anterior a su fallecimiento entró en coma: María Kodama llamó a Héctor Bianciotti, escritor argentino nacionalizado francés, y juntos velaron al moribundo durante toda la noche, en la que apareció el sacerdote católico Pierre Jacquet, que en realidad fue un espectador, ya que Borges —a diferencia de tantos ateos que abrazan la fe en su último suspiro— se mantuvo fiel a su pensamiento. Borges quería morir, llevaba mucho tiempo deseando morir, y murió de un enfisema pulmonar, tal como temía y le había anunciado a su íntimo amigo Adolfo Bioy Casares: “Temo más a la bronquitis que al cáncer”.

Fue el 20 de enero. Su amigo le llamó (lo había intentando otras veces) al Hotel L’Arbalete de Ginebra, y como María estaba fuera, ocupada en alguna de las múltiples gestiones legales, le pasaron directamente a la habitación del escritor. Borges, hundido pero resignado, le dice a su amigo que nunca volverá a Buenos Aires, le pregunta por su hermana Norah, y por sus únicos sobrinos, Luis y Miguel, con los que lleva seis años sin hablar. Está muy arrepentido, pero le empujaron a ello las circunstancias más próximas. También le pregunta por Viviana Aguilar, la joven empleada de la librería Casares, que iluminó sus últimos años en Buenos Aires, y con quien estuvo a punto de viajar a Colombia, pero María Kodama se enteró, rompió los pasajes y… (en fin, una escena muy desagradable).

Borges en el Hotel Palace de Madrid en 1984. Foto: José María Plaza

Ese mismo 20 de enero, y como había vía libre para comunicarse con Borges, le llamaron Alicia Jurado, gran amiga y su primera biógrafa, y otras personas muy cercanas. El escritor no pudo sobrellevar la alegría (y desesperación) que le produjeron las cálidas voces llegadas desde Buenos Aires. Fue tal el impacto que le produjo el reencuentro con su mundo, su verdadero mundo, que dos días después sufrió una recaída y una ambulancia lo llevó al Hospital Cantonal Universitario, donde permanecería internado 25 días para “un examen de rutina”, tal como se dijo a la prensa.

"Nunca debía haber salido de Buenos Aires. Tenía 86 años y estaba gravemente enfermo"

Nunca debía haber salido de Buenos Aires. Tenía 86 años y estaba gravemente enfermo. Su nuevo médico personal (se lo habían cambiado meses antes) no se lo desaconsejó, pero sí los doctores que le recomendaron Bioy Casares y Roberto Alifano, amigo y amanuense durante los últimos diez años. Estos médicos le dijeron que dejar el verano porteño para viajar al frío invierno europeo con su bronquitis era una locura. Borges lo sabía, pero ya no tenía libre albedrío.

Y el 28 de noviembre de 1985 —a las cinco de la tarde— Borges abandona su departamento de Maipú 994, donde había vivido desde 1944, para tomar el avión rumbo a Milán, pasar por Venecia y asentarse en Ginebra. Sus amigos pensaron que regresaría, como otras veces, pero Borges sabía que le llevaban a morir lejos del cementerio de la Recoleta. No fue un secuestro, pero algo se le parece. María Kodama lo necesitaba fuera de Buenos Aires, de su intimidad, de su familia, de sus amigos, de sus costumbres, de su cotidianidad con la fiel sirvienta Fanny, la que cuidó a su madre como si fuese su hija. Necesitaba aislarlo para controlar la situación y que todo sucediese tal como se había planeado. No tenía mucho tiempo porque Borges se moría, se le moría…

Borges en una de sus últimas visitas a España. Foto: José María Plaza

Es muy amplio, complejo, pero exacto, todo lo que sucedió el último año en la vida de Borges, desde esa feria del libro en la que presentó Los conjurados a la siguiente, en la que se anunció su muerte. Borges ya lo intuyó en su ultima visita a Madrid, y tal vez me lo insinuó; yo no supe apreciarlo. Quizás por ello es por lo que me he sentido obligado a escribir la novela El día que Borges dejó de ser Borges, a la que he dedicado más de tres años, y donde narro la desdichada vida sentimental del escritor, basándome en testimonios ajenos, una vasta investigación y los recuerdos —la memoria— de mis desayunos y paseos con Borges en 1983, 1984 y 1985. Ahí me remito también para desarrollar esos cinco momentos decisivos, definitivos, que marcan una historia personal de la infamia. Uno de ellos fue en marzo de 1986, cuando el ciego y aislado Borges firmó un poder notarial para que obraran en su nombre (ahí dejó de existir legalmente); otro —el más leve, pero el más miserable— se inició el 22 de abril en Buenos Aires y se llevó a cabo el 15 de mayo. Si se hubiese enterado Borges, que agonizaba en Ginebra, no conmemoraríamos su muerte el 14 de junio.

"Ulrica no es, por cierto y pese a lo impuesto, María Kodama, pero hubo un joven Borges y una muchacha en Lugano, junto al lago, llamada Ulrica"

Los 180 días (aprox.) que pasó en Ginebra, esos días de destierro fueron para Borges como el Purgatorio, o quizás el Infierno, camino hacia esa nada que tanto ansiaba y tanto deseó en muchos momentos de su vida. Quizás fue el compromiso moral y literario lo que mantuvo con vida a un Borges muy enfermo, muy solo y muy fatigado, pero amable con la gente que le visitaba.

Desde el 7 de enero hasta el 4 de junio, el escritor, en la habitación 309 del hotel de Ginebra, recibía periódicamente a Jean-Pierre Bernès, amigo de Bioy Casares y editor de Gallimard, quien estaba preparando las Obras completas de Borges para la colección La Pléiade (fue el primer autor vivo no francés en entrar). Durante ese tiempo el editor compartió intimidad y conversaciones literarias que grabó en 190 cintas y servirían para anotar y dar consistencia —son imprescindibles— a la obra del escritor universal. Diez días después de esta rutina literaria y amistosa, que le mantenía vivo, falleció. Poco antes recibió la visita de Marguerite Yourcenar; hablaron de literatura, hablaron de Cortázar, hablaron de la memoria y hablaron de la vejez. La autora de Memorias de Adriano le recordó que la enfermedad ya en sí era una prisión y que ella presentía sus barrotes.

Borges fue enterrado en el Cementerio Plainpalais o Cementerio de los Reyes de Ginebra. En el reverso de su humilde placa se lee una frase (en inglés del siglo XIII) de la saga Völsunga, que pone de cita en “Ulrica”, su único cuento de amor medianamente feliz, y que traducida significa: “Él toma su espada Gram y la coloca entre los dos, desenvainada”. Ulrica no es, por cierto y pese a lo impuesto, María Kodama, pero hubo un joven Borges y una muchacha en Lugano, junto al lago, llamada Ulrica.

Una vez que falleció el escritor universal, María Kodama volvió a Buenos Aires, donde falleció a los 86 años (los mismos que Borges), y fue enterrada, no en el cementerio de la Recoleta, lo que hubiera significado una macabra broma del destino, sino en el cementerio Parque Memorial, a 60 kilómetros de Buenos Aires. En esos 37 años, en los que ostentó la etiqueta de “la viuda de Borges”, se sintió marginada, perseguida, menospreciada, lo mismo que en su difícil infancia. ¿Mereció la pena?, se preguntaría muchas veces

Lápida de Borges en el Cementerio Plainpalais de Ginebra.

Le hubiera gustado que sus cenizas se esparcieran por la estepa de Mongolia (había descubierto que su familia paterna descendía de allí) o por esa estepa más cercana que es la pampa argentina. Había pensado en el Gran Salitral, una llanura blanca y extendida hacia el infinito, que es a la vez un paisaje lunar y un desierto (o un laberinto, como escribió Borges) donde nunca nadie la encontraría. Pero estaba demasiado sola (no había asistido al entierro de su madre, no se hablaba con su hermano y no sabía ni los sobrinos que tenía, y puedo dar fe de ello) y estaba demasiado devastada. Ella, que controló férreamente el legado de Borges, no se preocupó del futuro de ese legado y ni siquiera hizo testamento.

Cuarenta años después de su muerte, Borges sigue en Ginebra, como un fantasma errante, esperando volver —como siempre dijo y escribió— al sepulcro del coronel Suárez y familia, donde reposan los restos de su abuelo, el coronel Francisco Borges, de su padre, Jorge Guillermo, de su madre, Leonor, de su hermana Norah, de su sobrina nieta la niña Angélica, muerta a los cuatro años: “Cuántas posibles vidas se habrán ido / en esta pobre y diminuta muerte, / cuántas posibles vidas que la suerte / daría a la memoria o al olvido…”.

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