Se publica por primera vez en España uno de los libros más intensos y radicales de Annie Dillard. Un texto singular —a medio camino entre el ensayo, el diario y la meditación espiritual— que explora la belleza y el horror del mundo, así como la posibilidad de lo sagrado en él.
En Zenda ofrecemos las primeras páginas de Sagrada la Materia (Bamba), de Annie Dillard.
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Cada día es un dios, cada día es un dios, y lo sagrado se despliega en el tiempo.
Despierto en unos brazos que sostienen mi colcha, que me sostienen a mí como pueden dentro de la colcha.
Tan temprano —alguien me está besando—. Despierto. Un «oh» se me escapa.
Me incorporo sobre la almohada. ¿Por qué debería abrir los ojos?
Abro los ojos. El dios de hoy se alza desde el agua. Su cabe za llena la bahía. Él es Puget Sound, él es el Pacífico, su pecho se levanta desde los prados, sus dedos son abetos. Las islas se deslizan húmedas por sus hombros. Islas azules resbalan de sus hombros y se deslizan sobre el agua, el agua vacía y luminosa como un escenario.
El dios de hoy se alza, sus largos ojos llenos de nubes. Lanza los brazos y se abre, se arquea, ahuecando el cielo en su vientre. Se eleva de un salto, se aboveda y se despliega, sosteniéndolo todo y extendiéndose sobre mí como la piel.
Bajo las sábanas, en el hueco de mis rodillas hay una gata. Se despierta, se acurruca para mordisquear su collar metálico.
El día ya es real, siento cómo hace clic, lo escucho hacer clic bajo mis rodillas. El día es real, el cielo se encaja sobre las montañas, se ciñe alrededor de las islas, chasquea y azota la bahía. El aire encaja al ras sobre los techos de las granjas, se eleva dentro de las puertas de los graneros y frota las ventanas amarillas del granero. El aire hace clic sobre mi mano, se despliega en mis dedos, y brota en los huecos de mis oídos, completo y entero. A esto lo llamo simplicidad, la forma en la que la materia es suave y está sola.
Quito a la gata. Me pongo de pie y aliso la colcha. «Oh», pronuncio. «Oh»
Vivo al norte de Puget Sound, en Washington, sola. Tengo una gata dorada llamada Small que duerme sobre mis piernas. Por la mañana le hablo en broma a su cara inexpresiva. ¿Recuerdas anoche? ¿Recuerdas? La echo fuera de casa antes de desayunar para poder comer.
Hay una araña también, en el baño, con la que comparto cierta compañía. Su pequeño atuendo me recuerda siempre a una polilla que ayudé a matar. La araña en sí es de linaje incierto, abultada en el abdomen y apagada. Su enredo de telaraña de quince centímetros funciona, funciona de algún modo, funciona milagrosamente para mantenerla con vida y a mí, asombrada. La telaraña está en una esquina detrás del inodoro, uniendo la pared con la pared de azulejos y el suelo, en un lugar donde (debe ser) hay tráfico de olores. Bajo la telaraña yacen unas dieciséis presas muertas que ella ha ido arrojando al suelo. Los cadáveres parecen ser en su mayoría polillas, esas pequeñas criaturas como armadillos que viven para recorrer la casa a toda velocidad y mueren hechas una bola. También hay un nuevo cadáver de tijereta, tres viejas pieles de araña arrugadas y tensas, y dos cuerpos de polilla, sin alas, enormes y vacíos, cuerpos de polilla que me hacen caer de rodillas para contemplarlos.
[…]
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Autora: Annie Dillard. Título: Sagrada la Materia. Traducción: Raquel Bada. Editroial: Bamba. Venta: Todos tus libros.


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