Inicio > Blogs > Ruritania > Notas sobre el devenir de la poesía: del descubrimiento a la identidad

Notas sobre el devenir de la poesía: del descubrimiento a la identidad

Notas sobre el devenir de la poesía: del descubrimiento a la identidad

Imagen de portada: El poeta pobre, de Carl Spitzweg

De entre todas las palabras, de lo visible y lo invisible, de lo íntimo y lo público, es yo la palabra que más cuesta dominar al niño.

No se trata de que sea un constructo demasiado complejo o inasible (ha vivido en el lenguaje y ha oído ese yo incontables veces). Conoce otras palabras para otras realidades igual de huidizas. Puesto que nada tiene más realidad que nada para él, cuando su cuerpo le impelía el hambre, el asco o el miedo, aprendió a nombrarlos también.

Pero el yo es distinto. A diferencia del nombre, que resulta fácil de asir como contrapuesto al mundo, el yo es deíctico, rotativo: varía según quien lo diga, a lo que se suma el hecho de que es necesario que esta palabra acote un punto de mismidad, que afine la necesidad de reconocerse como un sujeto. El yo sucede cuando se le imponen sus confines a un ego que apenas entendía lo exterior como ajeno.

El tiempo lleva al niño, sin embargo, hacia ello, movido por una ansiedad semántica por poseer, articular el mundo y domarlo. La lengua irá granulando, moldeando el mundo, complejizando la vaguedad de las palabras sueltas hasta cimentar minuciosamente un organismo articulado cuyos confines, cada día, se empujan y se alejan.

"La poesía es así, para el romántico, una forma de juego, de volver a esa ansiedad por señalar, por dar nombre, por descubrir nuevos confines de su ser"

El giro lingüístico del último siglo no ha hecho sino proponer esta misma triangulación entre el mundo, el pensamiento y el lenguaje. El hambre, hemos dicho, ya no nos invade sino que se posee. Esto lo vemos en las etimologías de incontables idiomas (Begriff / begreifen (concepto / asir), capere (apresar), comprender (asir junto a algo), aprehender / aprender…) Nombrar sostiene lo invisible.

Además de las cosas, las emociones no pasarán a ser sentimientos reflexivos en la conciencia si no hay palabras para ellas, llevando al niño a un desarrollo interior menos articulado y denso. Por ello debe aprender su yo y lo que lo compone, ser nombrado por los demás para comprender a tientas y a ciegas dónde empieza lo que siente, porque perder el vocabulario de los afectos es perder buena parte de los afectos mismos.

La alexitimia es el extremo de este lugar sin nombres, neologismo griego que significa “sin palabras para el afecto”. Para la investigadora Lisa Feldman Barrett la emoción se construye con la capacidad discriminativa de la palabra, aprendiendo a construir la experiencia y afinando el sentir para una vida emocional más rica y formada. Pero para quien no encuentra palabras, la realidad cede y hace más angostas las paredes del mundo interior, de su conocimiento de sí.

Y también, tras la ansiedad semántica del niño, llega un denso silencio. Bastarán los nombres para el día a día y el mundo habrá alcanzado una madurez provisional habitable y útil. Sin embargo la cultura ha ofrecido mecanismos de escape. Queda siempre la posibilidad de una incursión en lo inarticulado, como llama Eliot a la poesía en sus Cuatro cuartetos. La frontera que se expande, que nombra el misterio de la existencia y se asoma a los límites de lo humano es la alquimia del mundo que sucede en el verso. La poesía es así, para el romántico, una forma de juego, de volver a esa ansiedad por señalar, por dar nombre, por descubrir nuevos confines de su ser.

El poeta es un niño porque la ansiedad por nombrar se ha convertido en forma de ser en el mundo.

"Hoy la poesía no ha decaído, tampoco ha cambiado más que en su curso anterior, pero sí parece haber entrado en un régimen de uso distinto"

Con vocación existencial se nombra lo que muere, lo efímero, lo innombrado. Y la patria de lo decible, dice Rilke, el mundo articulado, se eleva y respira haciendo del canto la existencia. Como en su torso arcaico de Apolo, el arte sin rostro y sin mirada nos exorciza de nuestros propios mundos anquilosados: debes, dice cada obra, cambiar tu vida.

A grandes rasgos, la poesía ha sido históricamente un lugar privilegiado para atender a las urgencias territoriales del yo y su mundo. Ya sea la otredad del misterio que eleva sus cantos antes de la escritura, o la que nos muestra nuevos flancos de lo humano, la poesía parece haber funcionado como andamiaje de un yo que debía apuntalarse y expandirse a través de su contacto con lo que no podría decirse en el lenguaje normal. Pero este arte del contacto con lo indecible dejaba los huecos, los espacios de indeterminación exactos, para que el yo que lee pudiera experimentarse en la otredad del yo leído.

Otros géneros dan una situación que observar, un espectáculo, pero la lírica nos da lo Otro que somos. Esa incursión de Eliot, ese cambiar tu vida de Rilke, ese dar un sentido más puro a las palabras de la tribu, es lo que culturalmente ha empujado de modo más explícito al yo a nuevos territorios íntimos, expandiendo el horizonte de lo humano y señalando su complejidad.

Hoy la poesía no ha decaído, tampoco ha cambiado más que en su curso anterior, pero sí parece haber entrado en un régimen de uso distinto. Los mismos lugares donde el yo y el otro se unían para poder experimentar lo que nuestro lenguaje no alcanzaba han sido ocupados por una ansiedad de la época: la urgencia por concentrar y prestar un yo estable. Lo que fue la virtud de la poesía, la alteridad y la alquimia de horizontes, es leída frecuentemente como materia especular donde uno puede ser representado, identificarse con un yo preexistente o recibir una consigna de lo ya vivido.

"La lírica se entiende desde Hegel como el género paradigmático de la interioridad, donde vemos al yo diciéndose sin el aparato de la ficción"

Esa lectura tiene hoy un formato propio: el verso breve que circula en un carrusel de imágenes o en un vídeo de recitado, escrito para el enganche y la identificación inmediata. Poesía pasa a ser lo que aparece en formato poético, y al formato se le atribuyen las cualidades residuales de la intensidad que ya no contiene.

La lírica se entiende desde Hegel como el género paradigmático de la interioridad, donde vemos al yo diciéndose sin el aparato de la ficción. Por eso, mientras la novela refracta el yo a través de una situación, unos personajes y un mundo construido, la lírica lo da sin coartada, en primera persona y sin intermediario. Asimismo, igual que en la ciencia podemos ver la relación de la humanidad con la naturaleza en la historia, en la poesía leemos de primera mano la relación de la humanidad consigo misma a través de temas que lo exceden y obsesionan (la muerte, el amor, lo sagrado…). Por eso en el estudio de la poesía podemos leer de modo privilegiado el punto en el que se ha hallado la identidad en cada fase de la historia.

Lo que caracteriza al yo de la modernidad tardía, postradicional, es que ya no viene dado de antemano. Si en el pasado uno era lo que nacía siendo (su clase, su oficio, su religión o su patria), ese suelo hoy se ha derrumbado y el yo ha quedado tambaleándose inestable como proyecto continuo.

Con ello entendemos que en el presente la identidad debe ser construida en cada decisión, sin descanso, porque ya nada la sostiene desde fuera, ninguna instancia la legitima con solidez. Por ello pide, más que el esfuerzo inútil de la expansión del yo, un espejo donde reconocerse.

"Este narcisismo sería, pues, una defensa contra la retirada del suelo de la modernidad tardía. Es el vacío impuesto como estructura"

El sociólogo Christopher Lasch habló a finales del siglo pasado de una cultura en la que el narcisismo no es ya vanidad ni amor propio desmesurado. En lugar de ello se trata de un yo frágil y vacío que busca su reflejo convulsamente para darse un núcleo. Este narcisismo sería, pues, una defensa contra la retirada del suelo de la modernidad tardía. Es el vacío impuesto como estructura.

Para el individuo desgastado e inestable, no es la meta que un poema lo lleve fuera de sí, pero sí es necesario que lo sostenga, que le diga que existe, que él también es alguien. El lector le pide a este género (donde el yo se vehiculaba hacia otras partes) que ahora se dirija hacia él. El yo que se ha buscado en el lenguaje, ya sea en la narración autobiográfica de cada uno o en consignas extraídas de la cultura dada, halla un terreno ya preparado en la poesía para dejar de buscarse en lo otro y pasar a confirmarse en lo propio.

Es en el trato con el otro donde, para Taylor, fabricamos nuestra identidad. Aquí el testigo (el autor del lector y viceversa) es quien da la confirmación de esa narrativa personal. Por tanto, el yo debe protegerse y consolidarse en su cultura, en su lugar moral y en sus cualidades. Esta cultura, que responde a las mismas necesidades que crea, incentiva un tipo particular de obra y un régimen nuevo de recepción. Así amortigua y amuralla el yo en lo conocido, en la expectativa resuelta. Surge un relativismo blando donde el valor de todo parece residir en la sagrada urgencia de elegirse siempre.

"Toda poesía ha contenido siempre elementos de identificación. Safo, Petrarca o Bécquer fueron también espejos para generaciones enteras"

Este yo es el que reconfigura la recepción del poema. La historicidad y el contexto de las obras pasadas se evaporan por su diferencia con el lenguaje presente propio y por su finalidad disonante. Por ello el presentismo, la contundencia explícita y la amputación de lo que excede el mundo cotidiano parecen crecer conforme cae la alteridad de la obra.

Se podría objetar que la identificación siempre ha sido constitutiva de la experiencia poética: la legitimación y la necesidad de identificación no son en absoluto características nuevas. Ya los líricos griegos tomaban el aparato externo del lenguaje homérico para poner a su nivel al nuevo polités; ya la catarsis o la Einfühlung romántica nos hablan sobradamente de la empatía que producen las obras en el ánimo del receptor. Pero en esos casos el yo podía darse a su negación con la mirada fija en los horizontes-otros con los que se fundía. El espíritu romántico aspiraba a algo trascendente, como el griego, tomándose a sí mismo como receptor de una transformación mística por medio del arte. Toda poesía ha contenido siempre elementos de identificación. Safo, Petrarca o Bécquer fueron también espejos para generaciones enteras.

Pero a diferencia de los actuales, estos parecían espejos que aún abrían a algo más grande que quien se miraba en ellos. El cambio no radica en la existencia de esa identificación, sino en el desplazamiento de su peso relativo dentro de la experiencia estética.

"Por eso podemos ver en la poesía tanto un sismógrafo como un elemento propagador. Es en ella donde la contracción identitaria se ve primero en una cultura"

Pero esa inestabilidad en la que la época postradicional se mueve ya no puede rechazar el yo para mirar hacia arriba, sino todo lo contrario. La norma augusta que lo impulsaba a cambiar su vida debe ser sacrificada precisamente para afirmar la vida existente. En este clima identitario y de consumo cultural, el circuito de producción, reproducción y recepción, transforma la cultura en un caudal imparable de homogeneización hasta hacerla fácilmente asequible a un público ansioso por identificarse. La expansión del mercado y el desencantamiento del mundo disolvieron los suelos heredados y retiraron lo sagrado, la última instancia capaz de apuntar más allá del yo. El mismo proceso que disolvió los viejos suelos de la identidad provee el nuevo. Donde estaba la instancia retirada, queda el mercado.

En este circuito, quien recibe la obra desea compartirla para conformarse a los ojos del otro. La frase compartida en redes ya no dice únicamente qué he leído, sino también quién deseo proyectar ser. Es esa necesidad la que dice “yo” a través de las obras. Una necesidad ancestral por reconocerse, ser visto y consolarse, hipertrofiada ahora por la urgente falta de la época. Así, sin necesidad de apertura, de asonancia o de descubrimiento, sin búsqueda de juego, de ruptura o conocimiento, la poesía se convierte, da igual cual fuera su origen, en un arte de clausura.

La relación es la de un círculo sin causa primera. El yo causa y recibe una cultura dada. Y esta, a su vez, causa y recibe el lenguaje adelgazado y la estrechez del mundo-como-sentido de un yo sin suelo. Pero no se trata sencillamente de una caída de la poesía con mayúscula o de los lectores serios, sino de un cambio en el régimen de lectura donde los parámetros de valor han mutado desde el descubrimiento a la identificación. En este fracaso de los relatos y las esencias, lo humano se refleja sólo en lo nombrado sin descubrirse en lo inefable. Lo siempre mismo triunfa con frecuencia sobre lo Otro en una alexitimia generacional. La frontera que el niño empujaba es cada vez más pesada.

"Ese caudal tiene un suelo reconocible: el poema que se legitima por métricas de redes y el poemario que encabeza las listas"

Por eso podemos ver en la poesía tanto un sismógrafo como un elemento propagador. Es en ella donde la contracción identitaria se ve primero en una cultura. Es uno de los registros más afinados y precoces de la densidad del yo en cada época. Pero no debe entenderse el adelgazamiento como escasez, sino todo lo contrario. Como elemento propagador, es la sobreabundancia de esta poesía, su homogeneización, su caudal de masas, lo que asienta el rechazo de lo Otro y robustece lo propio.

Ese caudal tiene un suelo reconocible: el poema que se legitima por métricas de redes y el poemario que encabeza las listas. Mientras la densidad del género se empobrece, las ventas de poesía se enriquecen en proporción a la necesidad acuciante de ser visto. Es lo que, en referencia a la inteligencia artificial, se conoce como el colapso de modelo: un sistema entrenado en su propia producción pierde lo único, lo raro, lo nuevo.

Pero decir que todo es confirmación sería ya un dato desde fuera del círculo, y la frase se desmentiría al escribirse, por eso lo defendible no es que el presente esté atrapado, sino que la contracción es la tendencia dominante y más expansiva. La poesía, lugar que el adulto ancestral edificó para conducirse a lo inefable, se ha hecho espejo.

El niño empujaba la frontera para hacerse un mundo. Nosotros usamos el mismo gesto para ver nuestro rostro. El espejo responde con lo que ya existe, callando lo que hay tras él en una falsa profundidad cerrada.

5/5 (4 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios