Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 30 de junio de 1936: La verdad es la verdad
Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo.
Como explicó su autor en declaraciones de marzo al Heraldo de Madrid: «Hace mucho tiempo yo escribí unas notas. Data la cosa de cuando me acumularon la cátedra de literatura del instituto de Sevilla. Al ver la luz Diario de Madrid, su director, Fernando Vela, me pidió que colaborase. Le envié las viejas notas con otras nuevas. Cuando publique el libro, dejará ya de escribir Juan de Mairena en los periódicos».
Dicho y hecho. El libro estaba ya en las librerías, y en estos últimos días de junio acababa de publicar su última columna.
La circunstancia no dejaba de tener algo de melancólico, lo que entristeció al poeta según caminaba por ese Madrid provinciano, bajo balcones de donde colgaba ropa puesta a secar.
Hacía ya muchos años que Antonio prefería esas horas tranquilas de la mañana. Machado, tan amigo de los paseos, empezaba a fatigarse y se detenía a menudo. Caminaba poco y lentamente, con bastón. Cuando llegó a su oscuro portal de la calle General Arrando, las estrechas escaleras le parecieron empinadas.
El piso, que compartía con su madre y la familia de su hermano José, tenía poco exterior, y para entrar a su cuarto había que cruzar un saloncito con muebles anticuados, y empujar una puerta vidriera.
En las paredes tenía cuadros de José Machado.
No habiendo ningún ruido, concluyó que los niños seguirían todavía en el colegio. Frente al balcón y colocada de lado estaba la cama de hierro. Había un perchero en la pared, una cómoda y, sobre ella, una cabeza suya esculpida en piedra segoviana.
—Pues ya está. Terminado… —se dejó caer en un sillón frailero.
Cerca del balcón estaba la mesa con libros. En ella posó el Mairena, satisfecho. Don Antonio no podía imaginar que la figura de Mairena volvería a aparecer en escritos suyos en Hora de España y otras publicaciones durante los dos años siguientes. Pero ¿quién imaginaba en aquel verano madrileño el alcance de la tormenta que empezaba a ensombrecer la vida española?
El cuarto era una mezcla de celda conventual y habitación de estudiante. La vida de Machado estaba acorde con esa sencillez. Por las mañanas, en el café, leía pausadamente los periódicos. Se dedicaba a observar a los parroquianos. El ambiente era muy diferente al de la tarde, y él lo prefería. Tras dejar vagar el pensamiento, salía muy despacio hacia el instituto, donde le esperaban los muchachos para su curso de francés. Después almorzaba y trabajaba hasta la caída de la tarde, cuando volvía a encontrarse con su hermano Manuel en la tertulia literaria que ambos frecuentaban.
Esa era su vida: la simplicidad máxima, que siempre lleva consigo la máxima belleza moral.
Don Antonio Machado vivía como escribía.
Pero, a su alrededor, el mundo estaba a punto de reventar.


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