Inicio > Actualidad > Entrevistas > José Ignacio Carnero: “Los intentos de derrocar a Franco son los cabos sueltos de nuestra Historia”

José Ignacio Carnero: “Los intentos de derrocar a Franco son los cabos sueltos de nuestra Historia”

José Ignacio Carnero: “Los intentos de derrocar a Franco son los cabos sueltos de nuestra Historia”

La historia reconstruida por José Ignacio Carnero en Los fabuladores (Random House, 2026) es tan rocambolesca que solo puede ser verdad: el 22 de enero de 1961, veinticuatro exiliados españoles y portugueses secuestraron un transatlántico en el Caribe con la intención de atravesar el océano, atracar en la costa africana y, aprovechando el desencanto imperante en las colonias, iniciar la revuelta definitiva contra las dictaduras de Franco y Salazar. Sobra decir que el plan salió mal, pero no por ello podemos afirmar que sus artífices fracasaron. Por dos motivos: uno, su osadía sirvió para denunciar internacionalmente las tiranías ibéricas, y dos, su intentona nos recuerda a día de hoy que no es cierto aquello de que Franco murió en la cama sin que los españoles hicieran nada para derrocarlo. Hubo mucha, muchísima gente que se jugó la vida para devolver la democracia al país. Lo demostró Almudena Grandes en sus Episodios de una guerra interminable, y ahora toma el relevo José Ignacio Carnero con Los fabuladores.

***

—¿Cómo llegaste a esta historia?

—Todo empezó al leer una noticia en un diario digital sobre el aniversario del secuestro del Santa María. Me sorprendió no saber nada sobre una historia tan extraordinaria. Entonces me puse a buscar información, primero en Wikipedia y después en Google. Y cuando agoté la vía internet, consulté las hemerotecas, seguí el rastro de las personas que habían participado en la operación o conocido a sus protagonistas, y al final viajé a Venezuela, São Paulo, Friburgo, París, Portugal y Galicia para recabar testimonios y visitar lugares claves. En el fondo, este libro narra una obsesión: la de alguien que trata de averiguar qué había en la cabeza de los tres cabecillas del secuestro.

—Tres hombres que no comparten ni origen ni ideología y que, sin embargo, se alían para secuestrar un transatlántico. Son Henrique Galvão, Pepe Velo y el comandante Sotomayor.

—Henrique Galvão, portugués, dramaturgo y anticomunista, había sido diputado del salazarismo y gobernador en Angola. Pero acabó enfrentándose al régimen, pasó entre siete y ocho años en prisión y terminó exiliado en Venezuela. Pues bien, este hombre de derechas se alió con dos gallegos exiliados del franquismo en Caracas: Pepe Velo y José Fernández Vázquez. El primero era maestro y poeta, además de galleguista, republicano e iberista. El segundo se hacía llamar comandante Sotomayor y era un militar republicano que, tras la Guerra Civil y antes de exiliarse en Venezuela, había formado parte de la Resistencia francesa, había sido detenido por la Gestapo y había conocido en primera persona los horrores de Auschwitz. Los tres se conocieron en Caracas y, muy influidos por el éxito de la Revolución cubana, concibieron la idea, tan extravagante como fascinante, de secuestrar un trasatlántico y dirigirse a las colonias africanas de España y Portugal, que consideraban el flanco más débil de ambas dictaduras, para desencadenar desde allí una insurrección.

—Y no estamos hablando de jóvenes pasionales y enérgicos, sino de tres hombres de sesenta y seis, cincuenta y siete y cincuenta años, respectivamente. Supongo que por eso lo has titulado Los fabuladores, dando a entender que se puede soñar a cualquier edad. Porque, en el fondo, lo que ellos intentaron era un disparate.

—Nos parece una historia disparatada porque la contemplamos desde 2026, pero en 1961, aunque seguía siendo una operación muy arriesgada, no era tan absurda. No olvidemos que la Revolución cubana la había llevado a cabo un grupo relativamente pequeño de personas. Además, el DRIL (Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación) era una organización muy heterogénea que se creó como respuesta antifascista al Pacto Ibérico entre Franco y Salazar. Ideológicamente era un auténtico cajón de sastre: Sotomayor era marxista, Galvão ferozmente anticomunista y Velo un republicano galleguista difícil de encasillar. Una mezcla condenada al fracaso. Aun así, emprendieron esta aventura cuando sentían que el tiempo se les acababa, a una edad en la que la mayoría de gente busca tranquilidad, en un momento en que tenían la vida más o menos solucionada. Y eso hace que empaticemos con ellos: se enfrentaron a la realidad a contracorriente y pagaron un precio muy alto. Terminaron perseguidos, olvidados o arruinados.

—Secuestran el barco durante doce días. Cuéntanos qué ocurre durante la travesía.

"Los tres líderes del secuestro sostienen un debate y, al final, deciden anteponer la vida de un único ser humano a la revolución, renunciando a su plan inicial y poniendo rumbo a tierra"

—En realidad, nunca sabremos exactamente qué ocurrió aquellos días a bordo. El Santa María cubría la ruta Vigo-Tenerife-La Guaira-Curazao-Miami, y a la inversa. En aquella ocasión, después de hacer escala en Curazao, y ya en alta mar, los secuestradores tomaron el puente de mando. Pero durante el asalto se produjo un tiroteo en el que murió un tripulante y otro resultó gravemente herido. Ese episodio abre muchas preguntas sobre la violencia, aspecto que no he querido eludir en la novela. Al contrario: me detengo bastante en ello y reflexiono sobre la legitimidad de esa violencia.

—Porque es muy fácil dejarse llevar por la épica de unos hombres que luchan por la libertad, pero al mismo tiempo hay que recordar que se trata de una acción violenta.

—Exactamente. Muere una persona y otra resulta gravemente herida. El médico del barco advierte entonces de que si no se traslada a esa persona a un hospital, morirá. Los tres líderes del secuestro sostienen un debate, y al final deciden anteponer la vida de un único ser humano a la revolución, renunciando a su plan inicial y poniendo rumbo a tierra. Esta decisión, la de ponerse del lado de la vida, marca una línea muy clara a nivel narrativo, ya que establece la idea de que puede haber heroísmo en la no acción. Según cómo se mire, la violencia es el motor de la Historia, pero el secuestro del Santa María demuestra que la no violencia también puede cambiar su curso.

© José Luis Roig

—Pero no puede decirse que fracasaran.

—No fracasaron, porque convirtieron su renuncia en una acción propagandística de denuncia contra las dictaduras. Empezaron a enviar telegramas a medios de todo el mundo para explicar su historia y, de paso, denunciar la falta de libertades en España y Portugal. Y lo consiguieron: la prensa internacional se hizo eco del secuestro.

—Incluso se vio implicado John Fitzgerald Kennedy, ¿no?

"En España, el secuestro fue presentado como un asunto exclusivamente portugués y como un simple caso de delincuencia común"

—Sí. Kennedy acababa de ser investido presidente de Estados Unidos y, en su primera rueda de prensa, tuvo que pronunciarse sobre el secuestro del Santa María. Para hacerse una idea de la repercusión que el episodio tuvo, basta recordar que Paris Match envió a Brasil, donde parecía que acabarían desembarcando los secuestradores, a Dominique Lapierre. Y también mandó a un paracaidista para que se lanzara sobre el barco y fotografiara a los secuestradores.

—Los secuestradores fueron recibidos como héroes cuando desembarcaron en Brasil. Obtuvieron asilo político y se convirtieron en una especie de celebridades.

—Sí. En Brasil acababa de ser investido presidente Jânio Quadros, un personaje bastante peculiar que había conocido a Galvão en Venezuela. Allí le había prometido informalmente que le ayudaría en todo lo que pudiera. Por eso, cuando Galvão supo que había ganado las elecciones, empezó a enviarle telegramas desde el barco y, finalmente, Quadros les concedió asilo político. Desembarcaron en Recife y, efectivamente, fueron recibidos como héroes.

—¿Cómo abordó el franquismo aquella noticia?

—En España, el secuestro fue presentado como un asunto exclusivamente portugués y como un simple caso de delincuencia común. Se habló de unos piratas que habían secuestrado un barco en alta mar, y nada más.

—En Portugal ocurriría justo lo contrario, claro.

—En Portugal no podían escapar de la dimensión política del secuestro porque Galvão era un personaje muy conocido: había sido diputado, novelista de éxito y colaborador de importantes periódicos, además de protagonista de una fuga de prisión espectacular. Todo el mundo sabía que, si Galvão secuestraba un barco, no lo hacía para robar joyas, sino por motivos políticos. Los dos españoles, en cambio, eran completamente desconocidos y eso fue lo que permitió a la prensa franquista presentar el episodio como un caso de delincuencia común.

—Almudena Grandes dedicó los últimos años de su vida a rescatar los intentos de insurrección que se produjeron durante la dictadura española, como el de la invasión de la Vall d’Aran. En ese sentido, tu libro podría ser un nuevo capítulo de sus Episodios de una guerra interminable.

"Sentía que tenía que hacer todas las preguntas posibles, aunque no obtuviera exactamente las respuestas que buscaba. A veces bastaba un gesto, una palabra o una vacilación"

—Las historias de los intentos fallidos de derrocar a Franco han caído en el olvido porque son cabos sueltos que no encajan en el gran relato histórico. Esos fracasos quedaron fuera de la memoria colectiva y sus protagonistas fueron olvidados. Para que un acontecimiento perdure, ha de insertarse en una narración más amplia. El 23-F, por ejemplo, ocupa un lugar central en nuestro pasado porque forma parte del relato fundacional de nuestra democracia. Desde un punto de vista estrictamente narrativo, secuestrar un trasatlántico en el Caribe es un hecho más extraordinario que asaltar el Congreso, pero ha quedado relegado al olvido porque no consiguió integrarse en el gran relato de la Historia reciente de España.

—La búsqueda de los protagonistas de aquel secuestro no ha debido de ser sencilla.

—Hubo algo que tuve claro desde el principio: tenía que entrevistar a los supervivientes. Era un mandato moral. Cuando fui a ver a Camilo Mortágua tenía ochenta y ocho años y murió apenas un año y medio después, durante la escritura del libro. Víctor Velo, hijo de Pepe Velo y también participante en el secuestro, vivía en São Paulo. Aquellos hombres estaban ya en el ocaso de sus vidas y era probablemente mi última oportunidad de rescatar aunque fuera un gramo de verdad. Sentía que tenía que hacer todas las preguntas posibles, aunque no obtuviera exactamente las respuestas que buscaba. A veces bastaba un gesto, una palabra o una vacilación. Además, me parecía muy improbable que otro escritor emprendiera una investigación semejante. Si yo la estaba haciendo, tenía que llevarla hasta las últimas consecuencias. Y así fue: Camilo murió poco después y, según me cuentan, Víctor vive hoy en una residencia de ancianos de São Paulo con problemas cognitivos que le han hecho olvidar incluso quién fue.

—Pero muchas veces los supervivientes guardan recuerdos distorsionados o contaminados…

—Sí, eso ocurre. Y en este caso, todavía más. Además de los problemas de memoria, en algunos casos se detectaba el deseo de preservar determinada visión de los relatos. En el caso de Víctor Velo, por ejemplo, se percibía una clara voluntad de mantener la imagen de su padre como la de un héroe. Pero, ojo, para un historiador, esos condicionantes son un problema, pero no lo son para un novelista. Porque el novelista no busca la verdad histórica, sino la literaria. Y para esa verdad sirven incluso la mentira, el silencio o las contradicciones. Por eso aquellos testimonios eran extraordinariamente valiosos, incluso cuando mentían.

4.6/5 (12 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

1 Comentario
Antiguos
Recientes Más votados
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios
Jaime Ramírez Morales
Jaime Ramírez Morales
11 horas hace

Hay historias fabulosas y también fábulas por historias, que nos son desconocidas. Gracias a Zenda por acercarnos a estos libros y darnos a conocer la Historia.