Hace ahora treinta años, una novela de mil doscientas páginas —y cuatrocientas notas explicativas— sacudió el mundillo literario. Se titulaba La broma infinita y, haciendo honor a su nombre, tenía una estructura tan laberíntica y un argumento tan enrevesado que muchos lectores no sabían ni cómo resumirla. Su autor, David Foster Wallace, se convirtió automáticamente en objeto de culto. Un depresivo de pelo largo, gafitas redondas y bandana en la frente que consideraba que la literatura, la auténtica literatura, no debía entretener, sino exigir esfuerzo al lector. En aquel momento, La broma infinita fue considerada el culmen de la literatura posmoderna —idea que Foster Wallace repudió—, etiquetada como el Ulises estadounidense y analizada por centenares, quizá miles de escritores, críticos y académicos. Evidentemente, también se convirtió en un objeto decorativo. Decir que habías leído o estabas leyendo aquella novela te abría las puertas de la admiración. Sin embargo, según una estimación realizada por Antonio Lozano en su ensayo El libro infinito. Cómo David Foster Wallace asombró al mundo (enDebate), apenas un seis por ciento de quienes compraron aquella novela consiguió llegar a la última página.
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—¿Cómo le explicarías a un joven letraherido la importancia que tuvo David Foster Wallace hace ahora treinta años?
—David Foster Wallace fue un ovni literario, un genio con problemas mentales, un escritor que cambió las reglas del juego. En cuanto a La broma infinita, solo se puede decir que es una novela desafiante, compleja, innovadora. Puede resultar disuasoria, pero también reveladora. En realidad, cuando empiezas a leerla, no entiendes nada. Las primeras quince páginas son completamente desconcertantes y las piezas no empiezan a encajar hasta la página doscientas. Ante esto solo caben dos reacciones: pensar «esto no es para mí» y salir corriendo, o quedar atrapado preguntándote qué demonios te está proponiendo este escritor, qué clase de locura es esta y adónde quiere llevarte. El lector dispuesto a hacer ese esfuerzo, ya sea porque conoce a otros autores posmodernos, ya porque sabe que la literatura puede ser algo más que puro entretenimiento, quedará abducido.
—Hablemos primero del autor. David Foster Wallace se crio con unos padres muy exigentes en lo tocante a la cultura, se podría decir que incluso obsesivos.
—Foster Wallace pasó la infancia en un ambiente intelectual de altísimo nivel. Su padre era profesor universitario de Filosofía y su madre de Literatura. Ella era una obsesa de la gramática: cuando él o su hermana cometían un error, en vez de corregirlos verbalmente, se limitaba a toser y a mirarlos fijamente. También se cuenta que su padre les leía Moby Dick desde los cinco años. Al principio, Foster Wallace siguió el camino paterno: estudió Filosofía, obtuvo la máxima calificación y se puso a escribir ensayos, pero un profesor le hizo ver que aquellos textos tenían una evidente vocación literaria y esto hizo que lentamente se inclinara hacia la narrativa. Hay que tener en cuenta que la filosofía que practicaba, muy ligada a la lógica y al análisis, favorecía el aislamiento y el solipsismo, algo poco recomendable para alguien con sus problemas mentales. La escritura, en cambio, le ofrecía otra salida. Con todo, la filosofía dejó una huella imborrable en su obra. Basta leer La escoba del sistema (1987) para detectar la influencia de Wittgenstein.
—¿Hasta qué punto la literatura le ayudó a luchar con su depresión, sus adicciones y su obsesión por la fama?
—Quienes lo conocieron cuentan que, en la intimidad, era una persona muy alegre y con un gran sentido del humor, pero le costaba enormemente relacionarse con desconocidos. La ansiedad era tan intensa que sudaba de forma descontrolada. La famosa bandana con la que aparece en casi todas las fotografías no era un elemento estético, sino una forma de ocultar el sudor. De adolescente incluso salía a la calle con una raqueta y una toalla para que todos pensaran que sudaba porque venía de jugar a tenis, cuando en verdad acababa de salir de casa. Convivió con la ansiedad, la fobia social y la depresión desde muy joven, y todo ello acabó convirtiéndose en el gran tema de su obra. La broma infinita, como el resto de sus libros, puede leerse como la búsqueda desesperada de una conexión con los demás y un intento de escapar de esa mente solipsista encerrada en pensamientos obsesivos. Porque, en David Foster Wallace, la mente siempre es una prisión. Sus protagonistas suelen ser personas extraordinariamente inteligentes que viven su propia lucidez como una cárcel. Es el gran tema de su obra: cómo salir de uno mismo y establecer vínculos con los demás.

David Foster Wallace.
—¿Hasta qué punto el suicidio distorsiona la imagen que tenemos de él?
—El suicidio cambia inevitablemente la manera en que se lee la obra de cualquier artista. Wallace murió casi veinte años después de Kurt Cobain, pero su imagen también quedó desfigurada por esa idea de genio torturado. Aunque la enfermedad mental, la depresión y los problemas de incomunicación siempre estuvieron presentes en su obra, el suicidio sorprendió a todo el mundo. Sólo su círculo íntimo sabía hasta qué punto era grave su lucha contra la depresión. Su vida privada nunca fue de dominio público; solo se empezó a reinterpretar su obra después de su muerte.
—Mucha gente sabe más cosas de él que de sus libros.
—Es que la mayoría de la gente no ha leído La broma infinita. E incluyo a sus seguidores. De hecho, muchas personas conocen a David Foster Wallace por un discurso que pronunció en el Kenyon College, una universidad de élite estadounidense. Lo invitaron a dirigirse a los estudiantes recién graduados y él leyó un discurso que, ojo, no imaginaba que fuera a acabar circulando por todo el mundo. Hay que recordar que, en aquel entonces, las cosas no se hacían virales con tanta facilidad como hoy en día. Aun así, aquella grabación de audio se difundió de manera masiva y hoy cualquiera puede escucharlo en prácticamente cualquier plataforma o leerlo en un pequeño volumen titulado Esto es agua. Paradójicamente, ese libro es la mejor puerta de entrada a Foster Wallace, dado que ahí aparecen muchos de los temas que luego desarrollará en su obra: la necesidad de ejercer la compasión, de comprender al otro. El escritor vino a decir a los estudiantes que la felicidad depende, en buena medida, de cómo tratamos a los demás y de la mirada con la que afrontamos las pequeñas dificultades cotidianas. Y pone un ejemplo: una anciana ralentiza la cola del supermercado y tú puedes odiarla o comprenderla. Lo que viene a decir es que el bienestar depende mucho más de nuestra calidad emocional. Aquel discurso, aunque responde a los códigos del discurso motivacional, tuvo una difusión enorme. Muchísima gente conoce hoy a David Foster Wallace únicamente por esos veinte minutos. Por eso, cuando se suicida, comienza a extenderse la imagen de un Wallace santón, de una persona extraordinariamente sensible que se quitó la vida porque no soportaba la maldad del mundo. Esta santificación de su figura, sumada al mito del genio atormentado, lo convirtió en el mito que es hoy.
—En tu ensayo leemos: «Explicar de qué va La broma infinita es una tarea imposible, porque su autor no la concibió en términos narrativos convencionales y porque la pobló de tantas líneas argumentales, personajes, preocupaciones y disertaciones que la idea tradicional de argumento le resulta completamente ajena». ¿De qué va La broma infinita?
—Ese es precisamente el gran problema: que no se puede responder. Libros como el mío no son más que una puerta de entrada. Aunque probablemente La broma infinita sea la novela más estudiada de los últimos treinta años, sigue siendo un libro que admite infinitas lecturas. No es una novela normal, con su planteamiento, nudo y desenlace, sino un laberinto que muestra sus conexiones cuando ya te has adentrado demasiado en él. De hecho, Wallace quería titularla Un entretenimiento fallido, pero la editorial se negó en redondo. Por suerte, ese dato hoy nos ayuda a entender que La broma infinita es una denuncia a aquellas formas de entretenimiento que nos aíslan de los demás y nos convierten en adictos: la televisión, el alcohol, las drogas, las relaciones tóxicas… En el centro de la novela hay una cinta de vídeo tan extraordinariamente entretenida que los espectadores, no pudiendo dejar de mirarla, mueren de inanición. En una época anterior a internet, Foster Wallace anticipa las redes sociales de hoy en día.
—Hay una idea que siempre me ha llamado la atención: Wallace estaba convencido de haber escrito una novela profundamente triste y, sin embargo, la gente se reía al leerla. Da la impresión de que el propio autor no acababa de entender lo que había hecho.
—Tengo mis dudas sobre eso. Su editor en Little, Brown and Company, Michael Pietsch, definió La broma infinita como una novela hilarante sobre cosas infinitamente tristes. Creo que esa definición es muy acertada. Cuando un lector le decía que se había reído con su novela, Foster Wallace fingía molestarse, pero entendía perfectamente lo que querían decir. Debemos recordar que esta novela nace de una preocupación muy concreta: Wallace decía que, al hablar con sus amigos, percibía una tristeza y un vacío profundos. Y pensaba: «Somos personas blancas, de clase media, con estudios, familias estables y acceso a todo tipo de entretenimiento. En teoría no nos falta nada y, sin embargo, estamos profundamente insatisfechos». Así que se propuso comprender de dónde surgía ese vacío. Es verdad que la novela contiene momentos desternillantes, por ejemplo la trama de los terroristas quebequeses en silla de ruedas, pero hay páginas durísimas sobre la drogadicción, el alcoholismo y la enfermedad mental. Wallace consigue convertir situaciones profundamente trágicas en escenas cómicas sin restarles gravedad. Por eso le molestaba que alguien redujera la novela únicamente al humor.
—Tampoco le gustaba que le pusieran como el súmmum de la posmodernidad.
—Sus primeros referentes fueron claramente posmodernos: William Gaddis, Thomas Pynchon, John Barth… Además, cuando termina sus estudios y decide dedicarse a la literatura, escribe La escoba del sistema, que es una novela plenamente posmoderna. Tan posmoderna que el personaje principal llega incluso a dudar de si es una persona real o un personaje de ficción. Algo similar ocurre con La chica del pelo raro. Pero, después de esos libros, llega a la conclusión de que la posmodernidad es en un callejón sin salida. Por eso escribe La broma infinita: para construir una tercera vía. No quiere renunciar a la inventiva, a la ironía ni a la riqueza formal de la posmodernidad, pero piensa que ese modelo se ha olvidado de algo importantísimo: emocionar al lector. Pero a Foster Wallace tampoco le gusta el realismo tradicional. Considera que la novela decimonónica construye una ilusión de orden que no se corresponde con la realidad. Las novelas clásicas convierten la vida en un relato organizado, cuando, en realidad, la vida es caótica y contradictoria. Así que se propone combinar ambas tradiciones: conservar la potencia formal, la inventiva y el desafío intelectual del posmodernismo, y recuperar la emoción, el sufrimiento, el amor y la amistad de la novela realista.
—La versión que recibió Michael Pietsch en su despacho no tenía mil doscientas páginas, sino muchas más. Cuando le dijo a que tendría que cortar, Foster Wallace se puso histérico.
—Desde el primer momento, Michael Pietsch comprendió que estaba ante una obra genial, pero también ante un monstruo de mil quinientas páginas. Esa extensión era inviable a nivel económico, ya que el coste de producción sería demasiado elevado. Wallace trató de bromear respondiéndole que la novela también podía servir de step para alguien que quisiera hacer ejercicio. Pero no consiguió que el editor cediera. Así empezó un larguísimo tira y afloja. Pietsch ha contado que Foster Wallace le dejaba mensajes desesperados en el contestador diciendo: «Esta página la voy a borrar del disco duro para no recuperarla dentro de diez minutos». Y añadía inmediatamente: «Hay otras que no pienso cortar bajo ningún concepto». Y, cuando por fin entregó una versión definitiva, ocurrió algo todavía más divertido: la editorial le envió las galeradas con unas correcciones de estilo que normalizaban el texto, es decir, que suprimían las palabras inventadas, arreglaban la puntuación y estructuraban la sintaxis. Foster Wallace montó en cólera y obligó a deshacer todo aquello para que la novela estuviera igual que él la había concebido.
—El proceso de traducción tampoco fue sencillo. En España se tardó seis años en publicarla.
—Esa traducción fue una auténtica locura. El propio Wallace decía que era una novela intraducible. Estaba llena de neologismos, de registros dialectales, de variedades del inglés afroamericano, de vocabulario especializado… Recuerdo un pasaje en el que un personaje analiza la caída de un bolígrafo desde un punto de vista trigonométrico y otro en el que describe una pista de tenis utilizando conceptos matemáticos de lo más complejos. Imagino el trabajo del traductor consultando manuales especializados de todas las disciplinas posibles. Además, existe toda una leyenda en torno al primer traductor argentino, Marcelo Cobián, que encontró Claudio López Lamadrid. Es una figura casi fantasmal. Nadie sabe qué fue de él, nadie lo ha entrevistado, ha desaparecido. Se cuenta que llegó un momento en que abandonó la traducción porque ya no podía más. Dejó la novela sin terminar y, para terminarla, pusieron a Javier Calvo como director de un equipo.
—En tu libro haces una estimación sobre cuánta gente ha dejado La broma infinita a medias.
—Bueno, en realidad le pregunté a la inteligencia artificial qué porcentaje de lectores la había terminado. Me respondió que un seis por ciento, aunque tampoco me dijo de dónde salía exactamente esa cifra. En cualquier caso, no creo que vaya muy desencaminada. En aquella época, llevar un ejemplar de La broma infinita encima daba cierto prestigio. Era el libro del momento, el libro que había que tener. Pero estoy convencido de que, del millón de ejemplares que se vendieron, muchísimos lectores no pasaron de las primeras páginas.




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