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7 de agosto de 1936: Cipriano Rivas Cherif

7 de agosto de 1936: Cipriano Rivas Cherif

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Viernes, 7 de agosto de 1936: Cipriano Rivas Cherif

¡Cipri!, ¡por fin volviste!

Cipriano Rivas Cherif recién regresaba de La Habana, donde estuvo de viaje con la compañía de Margarita Xirgu, gran dama del teatro, y llegaba a un Madrid muy cambiado. En el andén de la estación del Mediodía le esperaron sus hijos pequeños con sus tías (dos hermanas de Cipriano) y las hermanas de su mujer, en medio de una muchedumbre que aguardaba la salida de trenes: el éxodo era incesante.

Los niños lo recibieron con el puño en alto, al grito de: «UHP». Por su parte, Lola —hermana de Cipriano, esposa de Manuel Azaña— le puso al tanto de que se habían demorado las obras de remodelación de palacio y que ella y Manuel habían abandonado la finca de El Pardo, muy poco segura, sobre todo desde que se sublevó una guarnición cercana.

"Se nota que llevas tiempo fuera de Madrid, Cipri. A la Casa de Campo es donde los milicianos exaltados llevan a pasear a los que consideran fascistas. La inseguridad ha crecido un montón"

A Cipriano le faltó tiempo para acudir a palacio.

Esa misma tarde su coche entró por la puerta del Príncipe, al pie de la escalera que comunicaba el portalón con la planta baja, esquina a la explanada de caballerizas. Tras saludar a varios conocidos, atravesó dos habitaciones estrechas y altas de techo que hacían de antesala y despacho de ayudantes, y entró en la pieza donde sentado en un sillón esperaba el presidente de la Segunda República, no se sabía si pálido o amarillo, pero visiblemente deteriorado en su salud. Los dos se abrazaron.

—Ya ves, ya ves…

Azaña no dijo más, pero Cipriano se soltó. La conversación versó sobre los incidentes de su travesía. Relató que el barco que los trajo desde la Habana, el Colón, fue perseguido por sublevados que sabían del pasaje que llevaba.

—Es que, Cipri, solo a ti se te ocurre darle publicidad en Frente Rojo al telegrama que le dirigiste a la Pasionaria después de su discurso radiado a la América española…

—Escucha, Manolo, eso del «No pasarán» ha erizado los pelos a medio mundo. Esa mujer es una actriz maravillosa.

—Desde luego, a falta de ideas originales sabe transmitir emoción —reconoció el presidente Azaña, que soportaba mal los elogios a terceros. Añadió que cenarían con el general Masquelet, que trabajaba en la fortificación de Madrid.

Cipriano preguntó por las tan cacareadas dimisiones de Santiago Casares Quiroga y, sobre todo, de Diego Martínez Barrio. Dijo que en su pactismo tenía puestas esperanzas algún pasajero del Colón. Azaña explicó que les sucedía José Giral y que el coronel Juan Hernández Saravia, su antiguo secretario particular, era ministro de la Guerra. Cipriano aplaudió ambas decisiones, pero su optimismo no disipó la tristeza evidente de Azaña.

—No lo hice por gusto. Últimamente, Casares no me consultaba nada. Iba tan por libre que se lo hice notar. Seguramente es culpa mía, por sucumbir a la tentación del descanso campestre, allá en la Quinta, y desentenderme de los negocios de Estado que no me competían directamente…

—No pasa nada, Manolo. Por lo que he podido constatar, la gente rebosa confianza en la victoria. No es posible que dure mucho la sublevación. Todo irá bien, verás —dijo Cipriano. Pero Azaña no parecía tan confiado y murmuró que ya hablarían de ello.

—Antes, dime, ¿cómo andan tus pequeños?

—Los he dejado jugando en la calle Velázquez. Mi idea es sacarlos mañana por la mañana a pasear por la Casa de Campo —dijo Cipriano. Y le extrañó la mirada que le dirigieron los presentes.

—Se nota que llevas tiempo fuera de Madrid, Cipri. A la Casa de Campo es donde los milicianos exaltados llevan a pasear a los que consideran fascistas. La inseguridad ha crecido un montón. A mí mismo, mis escoltas apenas si me dejan salir de mis habitaciones. Hasta un paseo por el Campo del Moro les preocupa. Te voy a tener que poner al día. Pero ahora pasemos a cenar… No quiero que te retrases en volver a casa, que de noche ya no conviene andar rodando por las calles madrileñas.

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