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Historias de verano (VII): El verano de Hans Magnus Enzensberger

Historias de verano (VII): El verano de Hans Magnus Enzensberger

El profesor alemán Hans Magnus Enzensberger, poeta y ensayista, era tan buen hispanófilo como hispanista. Amén de hispanoparlante, por supuesto. Desde que visitó nuestro país por primera vez en 1955, volvió con regularidad como conferenciante y ponente en cursos y seminarios. Hispanófilo por su denodado interés en nuestra cultura y nuestras tradiciones, hispanista por la profundidad de sus trabajos académicos sobre temas españoles. Y, por si no fueran bastantes estas dignidades, además era alérgico a las filiaciones: “No valgo para camarada, soy incapaz de alinearme”, solía comentar recordando cuando en su adolescencia fue expulsado de las Juventudes Hitlerianas.

Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid y Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades, completaba su palmarés patrio la Orden de las Letras y las Artes con la que le distinguió el Consejo de Ministros en 2009. En fin, un sabio, sobradamente acreditada su lucidez respecto a los temas españoles. Yo me quedo con la inspiración que le hizo reparar en una de las singularidades de nuestra historia, consecuencia de la vena indómita que destaca entre lo mejor de nuestro carácter: aquel verano de hace ahora noventa años en el que España fue uno de los pocos lugares del mundo donde el anarquismo dejó de ser utópico. España, junto a la Ucrania de Néstor Majno, y el cantón suizo del Jura, a cuya federación dirigió Bakunin su conmovedora última carta. Una comunidad, entre las más desarrolladas del mundo, donde los relojeros son anarquistas y la democracia es tan directa que incluso ahora, en los días de los nuevos sátrapas a ambos lados del siempre abominable espectro político, todo cuando concierne al personal se sigue votando en asambleas populares, sin intervención alguna de esas despreciables sectas llamadas partidos políticos.

"Se trataba de deducir lo que fue aquel corto verano de la anarquía en la retaguardia de la Columna Durruti"

En efecto, el estío de Hans Magnus Enzensberger fue El corto verano de la anarquía: Vida y muerte de Durruti (1972). Y cualquiera diría que el profesor, sin duda consciente de aquel deseo expresado por el paladín libertario al corresponsal del Toronto Star, Pierre van Passen, en una de las pocas entrevistas que se le recuerdan —acerca de que no hablase de él, que hablase del movimiento libertario y de sus compañeros—, decidió hacer honor a la memoria del anarquista y resolvió dedicarle una polifonía, que no biografía al uso, “integrada por una recopilación de hechos y una mayor o menor sistematización y reflexión científica en torno a ellos”. Se trataba de deducir de los testimonios de aquellos que no esperaron a ganar la guerra para hacer su revolución lo que fue aquel corto verano de la anarquía en la retaguardia de la Columna Durruti.

El 19 de julio de 1936, en las calles de Barcelona yacían seiscientos cadáveres. Los heridos ascendían a tres mil. Los anarquistas, como habría de reconocer el propio Lluís Companys, habían atajado el alzamiento militar. Aquellos a los que Azaña, en 1933, durante el levantamiento de Casas Viejas había ordenado reprimir con “tiros a la barriga”, tres años después resultaron ser los salvadores de la república que les persiguió con la misma saña que la monarquía. En mayo del 37, ya con Stalin enseñoreado del gobierno de Largo Caballero, del que hizo un instrumento más para su represión del anarquismo y el trotskismo, pese a que en el Consejo de Ministros hubiese miembros de la CNT, los anarquistas habrían de pagar bien cara su ingenuidad.

Ya en julio del 36, Durruti pareció prever lo que sería que los ácratas entrasen en los gabinetes republicanos, renunciando al hacerlo al apoliticismo consustancial a La Idea. “La Idea” llamaban los anarquistas españoles a su utopía desde que Bakunin envió a Madrid al internacionalista italiano Giussepe Fanelli. Y pese a que allí nadie hablaba la lengua de Enrico Malatesta, si se entendieron algo fue por señas, por el francés que chapurreaba alguno de ellos, verbigracia Anselmo Lorenzo, cuyo afán le convirtió en el arquitecto del anarquismo español. Y la idea venía capitalizando el movimiento obrero autóctono desde entonces: la CNT contaba con un millón de militantes. Hasta que en mayo de 1937 la represión comunista en la retaguardia y el fascismo en la vanguardia pusieron fin a la utopía de los sin dios y sin amo.

"Los fusiles y pistolones, que los héroes exhibían, parecían garantizarles la victoria"

Pero en el corto verano de la anarquía, cuando la Guerra Civil, en efecto, era la última guerra romántica, porque casi todos los que combatían en ella eran voluntarios dispuestos a morir por su ideal, el paladín libertario había decidido que lo suyo no era la política del Comité Central de Milicias Antifascistas de Cataluña. Durruti quería hacer la revolución y dejar que el Comité Central se convirtiese en lo que acabó siendo: una más de las muchas cuadrillas de asesinos, que, a ambos lados de la línea del frente y en las dos retaguardias, hicieron con sus vilezas y crueldades todo un precedente de las carnicerías de la Segunda Guerra Mundial.

Ahora bien, en la Barcelona del 24 de julio del 36, corriendo aún ese corto verano de la anarquía del que nos habla Hans Magnus Enzensberger, las multitudes aclamaban a sus paladines. Los fusiles y pistolones que los héroes exhibían parecían garantizarles la victoria. Pero atravesando el desolado paisaje del camino, esa resolución con la que hicieron frente a los francotiradores que les dispararon desde el manicomio de Santa Eulalia empezaba a diluirse. Su actitud contra el fascismo seguía siendo resuelta; su gesto, severo. Mas, en medio de la nada aragonesa, empezaba a evidenciarse la alarmante precariedad de aquella tropa. Una cosa es correr a las barricadas, acuciados por el deber, acabar con un reducido número de sediciosos e incautarse de los palacios a punta de pistola; otra, muy distinta, es enfrentarse a un ejército regular. Al fin y al cabo, los milicianos no eran más que diletantes, aprendices en los procedimientos de matar, frente a un enemigo cuyas unidades, en muchos casos, se habían curtido en las atrocidades de la guerra colonial.

Hasta el cine les fue robado a los sin amo, los verdaderos revolucionarios, los grandes perdedores de la Historia. Antes de que acabase la guerra, el valiosísimo patrimonio fílmico de la CNT les fue incautado por los estalinistas del PCE y PSUC, que buscaban centralizar —léase “manipular”— la propaganda Después llegó el franquismo, al paso alegre de la paz, y arrambló con todo.

"Durruti puso en marcha su columna para ir al encuentro del fascismo y varios miles de anarquistas le siguieron sin dudar"

Pero como todo ha de pasar, setenta y tantos años después, cuando todas aquellas filmaciones se habían convertido en una mera ilustración de la historia de nuestro país en la centuria pasada, me fue dado ver en la Filmoteca, aún bajo la gestión de Chema Prados, el avance de los camiones sobre los que había leído en las páginas de Enzensberger. Rebosan milicianos, ya en ruta hacia el frente en la primera de las dos cintas tituladas Aguiluchos de la FAI por tierras de Aragón (1936). Debo confesar que aquello me asustó. La caravana de vehículos requisados, luciendo el anagrama de la CNT-FAI, no parecía la misma en su avance por la carretera de Los Monegros que en la despedida que le tributó el pueblo —que se decía entonces— en Barcelona.

Durruti puso en marcha su columna para ir al encuentro del fascismo y varios miles de anarquistas le siguieron sin dudar. Las mujeres les tiraban longanizas y otras viandas desde los balcones. Ellos, los que iban a morir, demostraban su coraje con un júbilo que visto en una pantalla de 16 mm. sólo podía entenderse fruto de un absoluto desconocimiento de lo que les aguardaba.

“Nuestros enemigos organizan sus fuerzas por el poder del dinero y la autoridad del estado, nosotros sólo podemos organizar las nuestras por la convicción, por la pasión”, escribe el Bakunin último, ya próximo su retiro suizo. Y esas palabras, junto a tantas de las recopiladas en la polifonía de Hans Magnus Enzensberger, volvían a mi memoria al ver en aquella pequeña pantalla a los aguiluchos de la FAI. “Jabatos que lo mismo empuñaban un Mauser que ponían en marcha las fábricas de Barcelona” oteaban desde los cerros un horizonte que no llegarían a conquistar. Su fuerza era el ideal. Contra ellos, el fascismo no iba a tener ni para empezar. Ni contra ellos ni contra sus rudimentarios vehículos blindados. En efecto, la última guerra romántica fue la última guerra civil de mi país. Los sin amo iban al combate calzados con alpargatas y faltos de munición.

No dejaba de darle vueltas ni a la polifonía de Enzensberger ni a la influencia que Jean Vigo, el Rimbaud del realismo poético francés, hubiera podido ejercer sobre la mirada de Adrien Porchet y Pablo Wescheuk, operadores de cámara que fueron de Aguiluchos de la FAI por tierras de Aragón, así como de La toma de Siétamo y La batalla de Farlete. Cintas, todas ellas, fechadas en 1936. Se trata de testimonios sobre la actividad de la Columna Durruti en el frente de Aragón. Los comentarios de las dedicadas a los aguiluchos no dejan lugar a dudas: son obra del periodista Jacinto Toryho, que decía ser autor de la letra de “A las barricadas”, el himno de la Confederación.

"¿Qué pintan los trotskistas, habida cuenta de que el buen Trotsky ya había sido el azote del anarquismo?"

En efecto, emociona ver a una representación de la columna Fermín Salvochea, que entonces se batía contra el fascismo en Aragón, digna de su nombre, rindiendo honores al cortejo. Ahora bien, más allá de la mera emoción, digo, el espectador, atento y anarquista, detecta algunas contradicciones. Puede concederse que la bandera estadounidense ondee a media asta ante el temor de los ocupantes del consulado de que entraran en él los libertarios y arramblaran con todo, habida cuenta de la frecuencia con que lo hacían en Barcelona cuando el “tú” sustituyó al “usted”. Mas ¿qué hace allí el presidente de un gobierno como el catalán, que meses después se aplicaría junto a los estalinistas en la represión del movimiento libertario? ¿Qué pintan los trotskistas, habida cuenta de que el buen Trotsky ya había sido el azote del anarquismo?

A los famosos hispanistas británicos, siempre afectos a ese republicanismo español, incapaz de mantener el orden público por más que reprimiera a los anarquistas con tiros a la barriga, el movimiento libertario autóctono no les merece más que desprecio. En el mejor de los casos lo toman como un pintoresquismo de nuestra tierra. Para el bueno de Hemingway —un estalinista a carta cabal, aunque la frecuencia con que visitó la España de Franco me lleva a pensar que fue un quintacolumnista— los libertarios eran gente sucia e indisciplinada. Me quedo con Hans Magnus Enzensberger y su corto verano de la anarquía.

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