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Volta a chuvia (Vuelve la lluvia)

Volta a chuvia (Vuelve la lluvia)

Galicia vivió un verano perpetuo y seco desde aquellas últimas gotas olvidadas en el lejano mes de mayo. Ese exilio de nubes convirtió los meses posteriores en un largo, asfixiante y agrietado desierto. La sequía no solo vacía los embalses; también seca la mirada, acostumbrando al ojo a un paisaje estático de tonos amarillentos y ocres. Pero toda racha, por implacable que parezca, está condenada a romperse. Ha ocurrido finalmente esta semana.

Tras meses de polvo acumulado, el Atlántico ha vuelto a recordar su oficio. Escribo esto mientras veo llover desde mi ventana, contemplando cómo el agua limpia el rostro de El Cabo y devuelve a las cosas su verdadero ser.

"Ahora empieza a ser la misma agua la que se convierte en nuestro amor ausente, cada vez más preciada"

La tarde invita a quedarse en casa, incluso a volver a encender la chimenea. Parece mentira que solo una semana atrás el termómetro marcara 40 grados y ahora apenas llegue a los 20. Busco refugio en mis viejos discos, y la primera aguja cae sobre la mirada galaica. Suena “Chove en Santiago” en las texturas místicas de Luar na Lubre, dando vida a los versos que García Lorca regaló a esta tierra. En El Cabo, la lluvia vuelve a sonar como entonces: una presencia eterna, un velo de melancolía —la pura morriña— que detenía el tiempo y empapaba día sí y día también las piedras de la historia. Era el agua que se contemplaba desde el recogimiento, el llanto dulce de un amor ausente que convertía el paisaje en mito. Ahora empieza a ser la misma agua la que se convierte en nuestro amor ausente, cada vez más preciada.

Pero cuando el agua no se estancaba y bajaba por la costa, iba más allá de la frontera y se transformaba con la mirada lusa. En los ojos de Mariza, la lluvia se volvió fado. Su “Chuva” es una catarsis donde las gotas del cielo se confunden con las lágrimas del alma. En Lisboa el agua no es un mito, es una herida necesaria; un elemento que limpia el dolor de los callejones empedrados y acompaña la soledad creadora de la saudade. La lluvia portuguesa se siente en el pecho. Es el destino que se padece y se acepta con dignidad poética.

As coisas vulgares que há na vida
Não deixam saudades
Só as lembranças que doem
Ou fazem sorrir

"Ya no hay rastro de la pérdida ni de la tristeza: la lluvia es fertilidad pura, hace estallar el jazmín y desborda los riachuelos libres"

Sus primeros versos nos recuerdan que lo vulgar de la vida no deja melancolía; solo permanecen los recuerdos que duelen o que hacen sonreír. Tal vez otra manera de decir aquello de “es mejor haber amado y perdido que nunca haber amado” que ya nos advirtiera Tennyson. ¿Quién no se ha dejado llevar alguna vez por la melancolía en una tarde de lluvia con las gotas repiqueteando contra los cristales?

Y sin embargo, esa misma agua, empujada por los vientos alisios, cruzó un día el océano para florecer en la mirada brasileira. Al llegar al trópico, la lluvia cambia de temperatura y de espíritu. Nos lo descubren Tom Jobim y Elis Regina en “Chovendo na Roseira”. Allí el agua pierde el tinte grisáceo del norte y se llena de luz. Ya no hay rastro de la pérdida ni de la tristeza: la lluvia es fertilidad pura, hace estallar el jazmín y desborda los riachuelos libres. En Brasil la lluvia no se sufre: se baila, se celebra y se vuelve sinónimo de libertad. Ah, você é de ninguém, cantan, recordándonos que ni el agua ni el amor admiten dueños.

Tres orillas, tres canciones y un solo elemento. Desde mi ventana en El Cabo, veo cómo la tormenta amaina. Pienso en cómo un fenómeno tan cotidiano es capaz de evocar sentimientos aparentemente tan alejados. Toda una geografía de los afectos unida por el mismo idioma del agua. Quizá la lluvia no solo cae sobre la tierra: también ordena lo que llevamos dentro.

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