Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 30 de agosto de 1936: Gómez de la Serna huye
Verás que en Argentina estaremos bien, Ramón. Ánimo.
Pero las cosas iban a peor y Ramón, escritor noctámbulo, no soportaba tener su estudio a oscuras y cerrado a cal y canto por los bombardeos.
—Verás que allí te sentirás mejor y volverás a escribir.
Ramón estaba triste. Su traje no destacaba tanto en el andén, lleno de familias burguesas, como en la calle, donde últimamente solo se veían indumentarias de obreros. Resultaba casi milagroso que hubiera podido, no solo sobrevivir, sino completar una novela larga. Por lo demás, había escrito al Pen Club argentino para anunciar su inminente viaje.
—En Madrid no se puede estar —asintió, sin ánimo para juegos de palabras. Hacía semanas que no se le ocurrían greguerías. ¿Se le habría secado la imaginación?
Un conocido se acercó a saludarlo y entrecruzaron unas frases. Viendo la adustez inhabitual de Gómez de la Serna, el hombre se alejó. Ramón pensaba en si estaba tomando la decisión correcta. Aquello lo había apuntalado un encuentro fortuito con José Bergamín a la puerta del palacio de Correos. Ramón quería enviar su última colaboración a La Nación. Bergamín, tras contarle que sacaba el primer número de El mono azul, la hoja semanal de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, y que formaba parte de una junta recién creada en relación directa con la Dirección General de Bellas Artes, para poner a salvo las riquezas artísticas de las iglesias y palacios incautados, le preguntó a qué se dedicaba últimamente.
—A lo de siempre. A escribir.
Bergamín esbozó una media sonrisa.
—Supongo, Ramón, que se habrá dado cuenta de que no es momento de greguerías. Ni usted ni yo podemos ocuparnos de un juego literario que, por noble que sea, es innecesario cuando los jóvenes mueren en el frente y la República corre peligro.
Bergamín le instó a sumarse a su unión de intelectuales. Su objetivo era constituir un bloque de apoyo al Gobierno del Frente Popular. Quería promocionar la unánime protesta de los escritores y firmar manifiestos cuyos ecos llegasen a París, a Londres, a Nueva York. Oyéndolo tan exaltado, Ramón comprendió que aquella no podría ser nunca su misión. Su compromiso con la literatura le impedía otro tipo de compromisos para los que no se sentía apto. Poco después, de vuelta en su casa, le dijo a su mujer que empezara a hacer las maletas, que se iban.
Pero en realidad, pensó, lo que le había decidido era su sequía creativa, que hubieran dejado de ocurrírsele greguerías. Ramón Gómez de la Serna no podía vivir sin sus greguerías.


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